Entre muros de roca y praderas salpicadas de cabañas, un estrecho sendero conduce a uno de los miradores menos conocidos y más reveladores de Cantabria
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El Mirador de Covalruyo, ubicado en el entorno del puerto de Lunada, brinda una de las vistas más asombrosas de los Valles Pasiegos, aunque no está dirigido a todos: es necesario subir 133 escalones que serpentean la ladera hasta su cima. Sin duda, el esfuerzo es recompensado. Desde lo alto, se despliega ante el visitante un escenario moldeado por siglos de historia geológica y cultural, en el que conviven la marca del hielo cuaternario, el mosaico de fincas pasiegas y el indómito hayedo de La Zamina.
El acceso resulta sencillo, aunque requiere algo de resolución. Para alcanzar el mirador de Covalruyo, basta con seguir la carretera CA-643 desde San Roque de Riomiera en dirección al puerto de Lunada. Tras una curva cerrada, justo antes del collado, comienza la escalera de piedra que conduce a este punto suspendido entre los valles. El trayecto no está aconsejado para quienes padecen vértigo, y se recomienda usar calzado adecuado ya que el terreno puede resultar resbaladizo según la temporada.
Glaciares, bosques y cabañas pasiegas
Desde este lugar elevado es posible observar claramente el valle en forma de artesa esculpido por glaciares durante las fases frías del Cuaternario. Las morrenas que bordean la zona aún retienen pequeñas lagunas y humedales, formando un ecosistema distintivo donde el agua queda atrapada por antiguas barreras naturales. La vista de estas estructuras geológicas representa una lección de tiempo y relieve, moldeados por milenios de hielo.
Además de este legado glacial, el visitante se encuentra con el hayedo de La Zamina, que ocupa la vertiente meridional de Los Picones de Sopeña. Este bosque ha resistido los impactos de la actividad humana gracias a la naturaleza caliza del terreno, abundante en lapiaz y relieves inclinados que dificultan la agricultura. La diferencia en pendientes entre el lado del Pisueña, más escarpado, y el del Miera, más suave, permite comprender cómo un mismo estrato geológico ofrece dos caras radicalmente distintas.
El alma del paisaje pasiego, desde las alturas
Uno de los grandes atractivos del Mirador de Covalruyo es su capacidad para visualizar con claridad y detalle el modelo de ocupación pasiego. Desde la cima se distinguen las fincas cerradas, los muros de piedra seca y las cabañas dispersas que integran el entramado cabañal, una estructura de uso ganadero y agrícola heredada de generaciones anteriores. Este modelo, tan típico del mundo pasiego, se ve modificado por algunas pistas abiertas en fechas recientes, reflejo del impacto de las segundas residencias en el ámbito rural.
Covalruyo no busca impresionar con grandilocuencias, y tal vez por ello alcanza su propósito. Desde su cima, Cantabria se revela sin artificios: abrupte, serena, compleja. Subir hasta allí es, en esencia, sumergirse en el corazón de un paisaje que aún sigue latiendo con fuerza propia.
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