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Los niños se divertían mientras sus padres conversaban en el parque. «¡Papá, mira qué genial!», exclamó el mayor mientras giraba en su triciclo. Al preguntarles si eran venezolanos, ella apretó los labios, él negó con la cabeza y ambos me miraron con miedo.
Me acerqué con ellos para conocer sus opiniones sobre la amenaza de ataques militares de Estados Unidos contra Venezuela. Nos encontrábamos en Doral, ciudad del sur de Florida que concentra la mayor comunidad venezolana en Estados Unidos.
Sin embargo, preguntar por su nacionalidad podría interpretarse como señalamiento, en medio de las redadas migratorias impulsadas por el gobierno de Donald Trump y las amenazas de revisar los permisos de residencia a migrantes en EE.UU.
El hombre se levantó bruscamente, levantó al niño por la cintura y el triciclo quedó tirado en el suelo. Ella se apresuró a recoger los juguetes de la niña más pequeña.
Meses atrás, a mediados de año, entrevisté a varias personas venezolanas que residen en Doral. Todos pidieron anonimato por temor a las autoridades migratorias, después de que el gobierno de Trump eliminara protecciones contra deportaciones para más de un millón de venezolanos y otros migrantes.

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En semanas recientes, la atención de la Casa Blanca se ha enfocado aún más en Venezuela.
Dentro de lo que el gobierno de Trump denomina una operación contra el narcotráfico, EE.UU. ha desplegado en el Caribe 15,000 efectivos militares y varios buques, incluyendo el USS Gerald R. Ford, el portaaviones más grande del mundo.
También, la Casa Blanca ofrece una recompensa de US$50 millones por la captura del presidente Nicolás Maduro, a quien acusan de liderar el Cartel de los Soles.
Recientemente, Washington designó a esta organización como una «organización terrorista extranjera», lo que concede mayores facultades a las fuerzas armadas estadounidenses para enfrentarla.
Por su parte, las autoridades venezolanas niegan cualquier vinculación con actividades ilegales y sostienen que el gobierno de Trump pretende derrocar a Maduro.
A causa de la tensión bilateral, obtener las perspectivas de los venezolanos en Doral sobre estos hechos se vuelve cada vez más complicado.

Fuente de la imagen, Armada de EE.UU. a través de Getty
«Esto es muy complicado»
Junto a mi compañero de video, comenzamos a buscar testimonios en un restaurante venezolano conocido, pero la encargada nos rechazó para evitar «molestias» a los clientes.
Nos sugirió que intentáramos hablar con la gente en la calle, aunque Doral, como otras ciudades del área metropolitana de Miami, carece de peatones porque casi todos se desplazan en automóvil.
Probamos este método en un parque del centro de Doral, pero la reacción de la primera pareja fue similar, aunque con algunas diferencias: un hombre negó ser venezolano pese a que su acento lo delataba, mientras otro se llevó las manos a la cabeza al imaginar un posible ataque a Venezuela.
«No, esto es muy complicado», respondió al levantarse apresuradamente del banco mientras esperaba el autobús. «Mi familia está allá, imagínate, ¿qué puedo decir? Ni quiero pensarlo».
En días recientes, seis aerolíneas internacionales suspendieron sus vuelos hacia y desde Venezuela debido al peligro de sobrevolar el espacio aéreo nacional debido a la actividad militar estadounidense.
En represalia, el gobierno de Maduro retiró los derechos de tráfico a Iberia, TAP Portugal, Avianca, Latam Airlines Colombia, Turkish Airlines y Gol por considerar que estas compañías se sumaron a «acciones de terrorismo de Estado promovidas por el gobierno de Estados Unidos».

Fuente de la imagen, Walter Fojo / BBC Mundo
«Apretados por aquí y por allá»
Para encontrar venezolanos dispuestos a conversar, nos posicionamos en la entrada de un supermercado.
Mientras empujaba el carrito donde su hijo jugaba a ser policía, una mujer joven afirmó que le gustaría dar su punto de vista, pero no le era posible.
«Aquí estoy involucrada en actividades políticas y allá está mi familia», explicó entre los gritos de su hijo, quien nos ordenaba quedarnos quietos. «Si no tuviera a mi hermana en Venezuela, te hablaría con gusto».
A comienzos de noviembre, más de 800 personas se encontraban detenidas por motivos políticos en Venezuela, según datos del Foro Penal, ONG que monitorea violaciones a derechos humanos.
Este grupo calcula que desde 2014, cuando se desarrolló el primer ciclo de protestas violentas contra el gobierno de Maduro, quien lleva 12 años en el poder, 18,639 personas han sido arrestadas arbitrariamente.
«Estamos apretados por aquí y por allá», añadió la mujer con una sonrisa leve, cuidando que su hijo no saltara del carrito.
El ministro del Interior venezolano, Diosdado Cabello, prometió que el gobierno perseguiría a cualquier persona que apoyara una invasión desde Estados Unidos.
«Quien apoye la invasión contra nuestro país, automáticamente renuncia a sus obligaciones como venezolano», declaró semanas atrás.
«El Estado ejercerá las acciones que considere pertinentes».

Fuente de la imagen, AFP
«Estamos en ascuas»
Antes de ingresar al supermercado, una mujer de cabello canoso se negó a dar declaraciones ante cámara.
«Ay mijita, no sabemos nada, estamos en ascuas», respondió. «¿Qué más puedo decir? Esto es una basura».
El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, manifestó en octubre que los ataques de Estados Unidos contra embarcaciones en el Caribe y Pacífico son «inaceptables» y deben ajustarse a las leyes internacionales sobre el uso de fuerza letal.
Hasta la fecha, más de 80 personas han perdido la vida en esos ataques.
Türk también expresó su preocupación por el «deterioro de la situación de derechos humanos» en Venezuela, motivo por el cual fue declarado persona non grata por el Parlamento en Caracas.
Tras las elecciones del 28 de julio de 2024, en las que Maduro fue declarado vencedor pese a denuncias de fraude por la oposición, 2,200 personas fueron detenidas durante protestas contra los resultados.
Un joven de 17 años llamado Ángel Gabriel González ha cumplido más de un año en prisión acusado de participar en ataques contra una estatua del expresidente Hugo Chávez en La Guaira tras las manifestaciones post electorales.
Recientemente, la doctora Marggie Orozco fue condenada a 30 años de cárcel —la condena máxima según la ley venezolana para delitos como homicidio, secuestro y violación— debido a críticas hacia Maduro difundidas en un audio de WhatsApp.
La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de la ONU, que investiga graves violaciones a derechos humanos en Venezuela, ha alertado sobre el aumento en la «persecución por motivos políticos» tras los comicios, incluyendo detenciones de menores.
Bajo la Ley Constitucional contra el Odio, la Convivencia Pacífica y la Tolerancia, cualquier persona en Venezuela que «promueva, fomente o incite al odio, la discriminación o la violencia» puede ser arrestada y juzgada.

Fuente de la imagen, AFP
«No creo que pase nada»
La siguiente persona que ingresó al supermercado en Doral también era venezolana. Al indagar sobre sus impresiones, quedó paralizada y sin decir palabra.
«No sabemos nada… Mi familia está allá… No sé, no puedo expresar nada».
El único que aceptó conversar fue Oscar, un venezolano de 93 años que vive desde hace dos décadas en Estados Unidos.
«No creo que ocurra nada», comentó mientras recuperaba el aliento tras caminar desde el auto hasta la entrada del supermercado. «Mi hermana vive en Venezuela y su preocupación más urgente es conseguir dinero para alimentarse».

