Juan José Laborda afirma que Sánchez debería renunciar mientras tres de los cuatro pilotos de Peugeot ya enfrentaron dificultades severas.

El expresidente del Senado Juan José Laborda recibe a EL ESPAÑOL en su casa.

Juan José Laborda, expresidente del Senado y veterano del socialismo, critica el estado actual del PSOE y opina que Pedro Sánchez debería renunciar por responsabilidad política tras los casos de corrupción vinculados a su entorno.

Laborda advierte sobre la merma de relevancia del Parlamento y la degradación del debate democrático en España, resaltando la ausencia de control interno en los partidos y la dependencia del Gobierno de apoyos circunstanciales para mantenerse en el poder.

Sostiene la relevancia de la Historia en contraposición a la memoria histórica dentro del debate público y defiende la función de la monarquía parlamentaria como garante de la estabilidad democrática.

Critica la evolución del PSOE y otros partidos hacia estructuras personalistas y afirma que la falta de pluralidad interna y el dominio excesivo de los líderes agravan la crisis institucional.

Juan José Laborda (Bilbao, 1947) fue presidente del Senado (1989-1996), senador del PSOE por Burgos desde 1977 hasta 2004 y, hasta hace apenas dos años, miembro del Consejo de Estado.

Tal vez por ello conserva aún ese aire de senador, no en su sentido actual, sino en el clásico: etimológicamente, como persona mayor y respetable, similar al romano. Un hombre con amplios conocimientos, doctor en Historia y apasionado por la filosofía.

Este histórico socialista no porta toga, aunque no le es necesaria. Hace pocas semanas, el Congreso celebró un acto con los Reyes y varios intelectuales como conferencistas, y allí estuvo Laborda.

Esa misma energía le llevó el jueves a acudir al homenaje a Javier Lambán en el Senado.

Aunque se sometió a una operación en el hombro el martes anterior, que le obligará a reposar algunas semanas, sigue activo y reflexionando acerca del futuro de la democracia y del rol de las Cámaras legislativas.

Hace pocos días fue uno de los ponentes en la conmemoración de los 50 años de Monarquía en el Congreso. Finalizó su intervención con un llamado, pidiendo “por favor” a los “señores del Gobierno y de la oposición” que “hagan un punto y aparte” y dejen la Historia en manos de los historiadores.

Usted es doctor en Historia. ¿Qué grado de preocupación le genera que la Guerra Civil y el Franquismo se mantengan en el debate político diario, medio siglo después del fallecimiento de Franco?

La sustitución de la Historia por la memoria histórica es un fenómeno extendido en los países occidentales.

Tras la caída del Muro de Berlín, la Historia perdió prestigio.

Desde entonces, se ha intentado justificar esa nueva realidad mediante un adanismo, es decir, la idea de que “antes de nosotros no hubo nada”, lo cual genera errores desde una óptica científica, a pesar de lo que sostiene Santos Juliá.

Treinta años atrás, la Historia gozaba de gran prestigio y era utilizada en el debate político e intelectual. Hoy, en cambio, se prioriza la memoria.

La Historia es relativa, como toda ciencia; por el contrario, la memoria es imprecisa, subjetiva y susceptible de manipulación, especialmente cuando es usada políticamente. Esta realidad se observa en todas partes.

Otro participante, Fernando Ónega, se preguntó a raíz de su intervención: «¿Por qué los jóvenes de hoy exhiben más símbolos de rencor que quienes hace menos de un siglo se enfrentaron a muerte?»

Porque desconocen la Historia. La memoria histórica distorsiona profundamente las ideas pasadas y está protocolizada mediante leyes.

La Historia hecha por historiadores es similar a cualquier ciencia social: es científica cuando puede demostrar sus afirmaciones.

Mientras tanto, la juventud interactúa con medios rápidos como Internet, que aceptan versiones simplificadas en lugar de fomentar el estudio profundo y la lectura, una tarea más compleja.

Nuestra sociedad occidental se basa siempre en un libro como fundamento.

Armengol no mencionó a Juan Carlos durante aquel acto. Hace cinco años usted promovió un manifiesto: «Si sus acciones merecieran reproche, lo decidirán los tribunales. Pero nunca se podrá borrar la obra del Rey Juan Carlos en beneficio de la democracia y la Nación, so pena de una ingratitud social que nada bueno auguraría para la sociedad española».

No considero que las palabras de la presidenta del Congreso puedan perjudicar la realidad histórica de un reinado.

En mi discurso repasé el punto inicial de la Transición española, que originó el consenso, la ley y la Constitución.

Hay dos factores cruciales. El primero es el pueblo español, con gran valor. El otro, mencioné claramente, era Juan Carlos I.

En 1961, Juan Carlos, aún joven estudiante en Madrid y bajo la tutela del general Franco, comprendió que Europa, como idea universal, constituía el vínculo entre democracia y monarquía.

¿Qué impresión le causó el acto? Algunos asistentes criticaron la ausencia de solemnidad, al celebrarse en una sala secundaria donde la Familia Real ocupaba los asientos de Nogueras y Aizpurúa, en la diputación permanente.

No juzgo el lugar. De haber sido presidente, hubiera seleccionado otro espacio, probablemente.

Sin embargo, tiene sentido porque es la sala constitucional, con los retratos de los siete ponentes. Un lugar sobrio, con resonancia. Lo fundamental no es el espacio, sino los mensajes.

También cuenta quién estuvo presente, incluso por las ausencias.

Algunos creyeron haber logrado un gran triunfo y lo difundieron en todos lados.

No asistieron porque, según dijeron, “la monarquía es heredera del franquismo” o “no apoyan un gobierno corrupto” (aludiendo a Podemos, Sumar y Vox).

Juan José Laborda, expresidente del Senado, durante la entrevista con EL ESPAÑOL.

Esa es una perspectiva miope. Me siento orgulloso de haber sido invitado y por eso asistí.

Contrario a la ingenua idea de que la Transición y la democracia fueron obra exclusiva del pueblo español, sostengo que la Transición es una dialéctica entre el pueblo y el rey.

¿Qué sucede? Contrariamente a lo esperado, pues parecía que el rey continuaría la obra del Caudillo, desde el inicio Juan Carlos I renunció a su poder, impulsando un cambio profundo en la sociedad española.

Este jueves reapareció en el Senado, su antigua casa, en el homenaje a Lambán. Asistieron muchos socialistas históricos, pero nadie del Gobierno, ¿le sorprendió?

Me informaron que Pilar Alegría se excusó por compromisos previos y mostró especial afecto y emoción por el respeto que siente hacia Lambán.

El resto son solo especulaciones. La verdad es que desconozco dónde se encuentran.

En cambio, Feijóo sí estuvo presente.

Así es, motivado por la misma razón. La opinión de Feijóo lo llevó a resguardarse bajo la sombra de un acto organizado por la fundación Fernando de los Ríos.

En los discursos, Felipe González destacó la gravedad de mantener una prórroga presupuestaria y que el Gobierno la minimice, alegando dependencia de Puigdemont. Usted fue miembro del Consejo de Estado, ¿cómo es posible que el Ejecutivo no logre aprobar Presupuestos y sobreviva?

Es la pura esencia de lo que enfrentamos.

En primer lugar, no existe un gobierno de coalición, sino un gobierno compuesto por añadidos. Quienes apoyan al Ejecutivo, dentro o fuera, lo hacen por intereses electorales particulares o privados.

En segundo lugar, el Parlamento tiene su origen en el presupuesto. En la Inglaterra del siglo XVII, los diputados de la Cámara de los Comunes decían al Rey: “No impuestos, sin representación”.

Es decir, a cambio de que su voz sea escuchada, los diputados garantizan al Rey la aprobación de los presupuestos: “No taxation, without representation”.

Por tanto, estamos siendo testigos pasivos de una alteración de la lógica democrática.

«El Parlamento surge del Presupuesto:`No taxation, without representation`»

¿Cómo es posible que aún tengamos los presupuestos prorrogados de la legislatura anterior?

Recuerdo claramente el último año en que presidí el Senado.

Cuando Jordi Pujol anunció su retirada del apoyo presupuestario, Felipe González informó públicamente que disolvería el Parlamento una vez aprobado el Código Penal. Así sucedió.

Todos entendieron esa realidad. Lo que ocurre ahora es el déficit de respeto por las normas y la democracia, y las leyes son esas normas. Eso lleva a que la ciudadanía ignore la situación.

Me parece increíble que el PP, por ejemplo, no utilice el pleno para declarar que, aun perdiendo una moción de censura, esta situación no puede continuar.

La incapacidad de aprobar Presupuestos refleja la pérdida de peso del Parlamento en España, teniendo en cuenta que nuestro Estado es una monarquía parlamentaria.

La última esperanza de Sánchez para extender la legislatura radica en conseguir que Puigdemont regrese amnistiado a España a comienzos de 2026, con la intención de recuperar a Junts. ¿Su opinión?

Me causa tristeza, no incredulidad, pues ya me he acostumbrado a todo.

Me asombra la sentencia del Tribunal Constitucional de este verano, que valida la ley de Amnistía, porque jurídica y técnicamente la ley es insostenible, aunque el Tribunal la avale.

Nuestra democracia no es militante, en parte porque nuestro Jefe del Estado es el Rey, que siempre muestra una actitud conciliadora. Pero la Constitución sí es militante.

Entre otras razones, porque la asamblea constituyente rechazó que la amnistía fuera mencionada en la Carta Magna.

Lamentablemente, lo que no se reconoce es que esta ley solo tiene una explicación: siete votos. Eso es determinante.

Felipe González también habló de la reunión de Sánchez y Santos Cerdán con Otegi, adelantada por EL ESPAÑOL y confirmada por Koldo García y José Luis Ábalos. ¿Su opinión al respecto?

No concedo credibilidad a las declaraciones de Koldo y Ábalos.

Si es verdad, sería una más, pero no me atrevó a asegurar su veracidad.

Casi al mismo tiempo, en una vistilla, el juez ordenó el ingreso en prisión de Ábalos, segundo secretario de Organización de Sánchez encarcelado en menos de seis meses. ¿Es sostenible esta situación?

Hace tiempo, un veterano socialista de Eibar llamado Benigno Bascarán, que había sido socialdemócrata en la II República, solía decirnos a jóvenes socialistas del norte (yo desde Burgos):

“Compañeros, elijan a los mejores y vigílenlos como si fueran ladrones”. Eso es control.

El expresidente del Senado Juan José Laborda, durante la entrevista con EL ESPAÑOL.

Hoy día no sabemos de dónde procede el dinero. Además, las primarias generan un poder monárquico, en sentido etimológico: “poder único”.

Lo que sucede es que fácilmente los sin escrúpulos, aquellos que acceden a la política para prosperar y no para servir al bien común, prevalecen.

Lo que ocurre es que el Gobierno y el partido creado por Sánchez aceleran ese proceso.

De las cuatro personas del Peugeot, tres han pasado por “la perrera”, lo que evidencia que la aceleración de los desastres es cada vez mayor. Al final será una hecatombe.

«Las primarias generan un poder monárquico»

Usted experimentó el tardofelipismo como presidente del Senado. Aunque algunos comparan la situación actual con aquella época, jamás se encarceló a dos secretarios de Organización del PSOE: fue un director de la Guardia Civil, un secretario de Estado y un ministro del Interior.

Sin embargo, Sánchez asegura que terminará la legislatura y Felipe González convocó elecciones tras el estallido del ‘caso Filesa’.

Lo que ocurrió en los últimos años del gobierno de Felipe González también fue consecuencia de la falta de control.

En ese momento, Felipe González era producto de la Transición, con un poder carismático, como Suárez, Pujol y Juan Carlos, cuyo poder surgió antes de la Constitución.

Pero la democracia implica pluralidad y no puede depender de una sola persona; debe apoyarse en instituciones.

No fuimos capaces de pasar de un poder partidario carismático a uno racional.

La realidad es que todos los partidos políticos en España y en gran parte de Occidente aún sufren un déficit de control.

Ese es el problema actual. La política partidaria está obsoleta.

Y ahora enfrentamos un choque con el Supremo, ministros incitando manifestaciones contra la sentencia a García Ortiz y Sánchez alentándole a recurrir ante el Constitucional, que funciona como un tribunal de casación.

Es inaudito y superficial. Habiendo sido ministro o fiscal, manifestarse como un ciudadano común parece una forma de coacción.

¿Opina que el fiscal general del Estado debería haber renunciado antes de sentarse en el banquillo?

Creo que sí. Pero se debe aplicar lo mismo a todos, empezando por el presidente del Gobierno. Comparo con Portugal.

Cuando dos colaboradores del entonces primer ministro Antonio Costa fueron acusados por la Fiscalía portuguesa de irregularidades, renunció rápidamente. Aunque después su partido sufrió una derrota electoral, esa es la democracia.

¿Y Sánchez debería actuar igual y dimitir?

Por supuesto. No acuso a Sánchez de corrupción, pues no existen pruebas.

Pero políticamente, la culpa in vigilando es antigua y pertenece a los principios morales de una persona comprometida con las instituciones.

¿Qué opinión tiene sobre la confrontación entre el Congreso, donde el Gobierno perdió la mayoría, y el Senado, con mayoría absoluta del PP?

No hay razón para dramatizar mucho si una Cámara se opone a la otra. Eso es posible.

En política, lo auténtico hoy es lo que surge del acuerdo.

Todas las verdades son opiniones, según Nietzsche. Tras él, muchos autores sostienen lo mismo.

Me adhiero a quienes creen que la democracia futura se basa en acuerdos.

Ante el desconcierto, la inseguridad y la incertidumbre política, donde no hay certezas, es difícil encontrar puntos de apoyo.

El expresidente del Senado Juan José Laborda, durante la entrevista con EL ESPAÑOL.

Ante esto, existen dos opciones. Una es el autoritarismo populista, dirigido por un líder, con el poder similar al Gran Hermano, y donde la gente se somete voluntariamente.

La otra es la democracia representativa, que solo sobrevivirá y crecerá respetando la pluralidad y situando el acuerdo como la vía primordial para resolver conflictos.

Recientemente, Timothy Garton Ash manifestó dos ideas clave: primero, que “la democracia está en peligro”, y segundo, algo que me agradó, “tenemos que proteger las monarquías parlamentarias porque son los únicos jefes de Estado inmunes al populismo”.

La última vez que Pedro Sánchez participó en una sesión de control al Gobierno en el Senado fue el 12 de marzo de 2024. ¿Ignora a la Cámara Alta?

Tengo una opinión personal, basada en una lectura estricta de la Constitución: el Senado no debe replicar el control al Gobierno del Congreso.

El Senado debe transformarse en una Cámara territorial que vincule las comunidades autónomas con el Estado.

No tiene sentido que controle al Gobierno, porque el Senado no mantiene relación directa con el Ejecutivo.

¿Y por qué ese cambio pendiente? Siempre se habla del Senado como Cámara territorial, pero nunca se materializa.

Muy sencillo, de forma directa: porque el poder reside en los diputados, quienes no desean que el Senado tenga una dinámica propia.

Además, el problema territorial en España no es cultural ni una cuestión de diferenciación nacional, como se quiere hacer creer.

El problema son los partidos políticos.

El conflicto catalán es un problema político de los partidos catalanes, así como lo fue en su día el problema vasco con Ibarretxe.

«El poder político lo tienen los diputados y no quieren que haya un Senado que tenga una dinámica propia»

¿Cómo se origina el conflicto en Cataluña? Artur Más enfrentó un problema y necesitaba un triunfo.

Cuando fracasó, elevó las demandas y exigió a Mariano Rajoy un concierto económico porque cada vez que disolvía el Parlamento catalán perdía diputados.

¿Existe alternativa a Sánchez en el PSOE? ¿Cómo imagina el postsanchismo?

Quien crea que unas primarias generarán otro líder acertará a corto plazo pero a medio plazo la situación empeorará.

Un partido moderno es un colectivo que, pese a sus diferencias, logra consensuar una oferta electoral para la ciudadanía.

Eso implica pluralidad, libertad de expresión, respaldo a los creadores y eliminar la idea de que el militante o representante es un luchador incansable.

Actualmente se eligen ministros porque son buenos soldados leales, no por sus conocimientos.

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