Ha dedicado más de cinco décadas a la defensa de los derechos humanos y colectivos de los pueblos indígenas, enfocándose en la salud femenina en Nicaragua y en combatir la discriminación que enfrentan las mujeres de su comunidad
Myrna Cunningham nació en Nicaragua en 1947. Es originaria del pueblo indígena Miskito y fue la primera mujer de su etnia en obtener el título de médica, para luego especializarse en cirugía.
Además, ha dedicado más de 50 años a promover los derechos humanos y colectivos de los pueblos indígenas, centrando su labor en la salud femenina en Nicaragua y en combatir la discriminación que enfrentan las mujeres indígenas, convirtiéndose en una destacada activista reconocida internacionalmente.
Entre 2011 y 2013 ejerció como presidenta del Foro Permanente para Asuntos Indígenas de la ONU y ha formado parte de importantes entidades, como el Consejo de Administración del Fondo Global para Mujeres, la Alianza de Mujeres Indígenas de México y Centroamérica, la Red Continental de Mujeres Indígenas y el Parlamento Indígena de América, entre otros. Actualmente, Cunningham preside la Asociación para los Derechos de las Mujeres y el Desarrollo (AWID) y actúa como consultora para diversos organismos internacionales, destacando la Unesco, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem).
Aunque a lo largo de su carrera ha recibido múltiples reconocimientos, como el otorgado por Héroes y Heroínas de la Salud Pública de la OPS, esta semana ha sido nuevamente galardonada en España. En la segunda edición de los Premios Azul Zero celebrada en Lanzarote, le concedieron un premio en la categoría de Humanidades por su extensa trayectoria dedicada a los derechos indígenas y la salud pública.
PREGUNTA. ¿Recuerda alguna escena o persona que en la infancia despertara su vocación médica?
RESPUESTA. Provengo de una pequeña comunidad ubicada en las orillas del río Wangki o Coco, que actualmente marca la frontera entre Honduras y Nicaragua. Crecer en esas comunidades y observar los problemas que enfrentaban las niñas, junto con sus sueños, deseos y capacidades para superarlos, siempre fue mi mayor fuente de inspiración. Mis abuelos residían en Bilwiaskarma, donde se encontraba el Hospital de la Iglesia Morava, una iglesia protestante que fundó en 1935 la primera escuela de enfermería de Nicaragua. No estoy segura de si las niñas miskitas soñábamos. ¡Las oportunidades parecían tan lejanas! Lo fundamental era sobrevivir día a día. Quizás la visión de las enfermeras con sus uniformes blancos o la clínica de las monjas influyó, pero creo que mi vocación médica no surgió de un instante definido, sino de una experiencia vital acumulada.
Comencé como maestra impartiendo clases en mi comunidad, y fue mediante la educación que comprendí cuánto podía hacerse por la salud y el bienestar de nuestro pueblo. Recibí una beca para estudiar medicina y sentí que se abría una nueva ruta: aquella que me permitía combinar el cuidado, el saber y el servicio. No fue una vocación que haya surgido en la infancia, sino una decisión que creció a partir del amor por mi gente y el compromiso con su dignidad. Entendí que sanar es una manera de enseñar, y que ambas acciones —enseñar y curar— son profundamente transformadoras.
Mientras cursaba medicina, durante las vacaciones regresaba a Waspam, mi comunidad, para practicar en una clínica de la Iglesia Católica y visitar las comunidades del Wangki. Esa experiencia me permitió visualizar las condiciones de vida locales y la desnutrición infantil, pero también compartir su alegría y vitalidad, lo que me sirvió como motivación.
P. ¿Cómo fue su trayecto desde Waspam hasta la facultad de Medicina? ¿Por qué optó por la cirugía como especialidad?
R. El camino desde Waspam hacia la universidad fue un recorrido marcado por la perseverancia, la soledad y el sacrificio. En mi comunidad no existía escuela secundaria, por lo que tuve que salir muy joven, a los 10 años, para continuar mis estudios. No fue sencillo ser una joven mujer miskita con la aspiración de ser médica en un país con pocas oportunidades para nosotras.
Al graduarme, regresé para servir en el hospital misionero Moravo, el único en una región que abarca más de 34.000 kilómetros cuadrados. Allí me formé como cirujana, porque deseaba atender las urgencias más graves que afectaban a mi pueblo. No contaban con otras opciones, ya que en casos de emergencia debían recorrer grandes distancias. Convertirme en cirujana me permitió salvar muchas vidas. No obstante, con el tiempo comprendí que curar heridas o realizar cirugías no era suficiente: era necesario transformar las condiciones que provocaban las enfermedades. Por eso, también me acerqué a la salud pública y a los saberes tradicionales, buscando un enfoque más integral y humano.
P. En los años 60, ser mujer, indígena y estudiante de medicina suponía un triple desafío. ¿Sintió discriminación?
R. Por supuesto. Si ser mujer era complicado, ser indígena proveniente de una comunidad aislada ubicada a más de 700 kilómetros de la capital lo hacía aún más difícil. Al recordar las discriminaciones, vienen a la mente diversas formas de manifestarse. Las personales, por ser pobre, mujer, indígena o provenir de una comunidad remota, fueron dolorosas; sin embargo, las más intensas residían en las barreras estructurales. En mi opinión, la más dura fue el acceso a la educación formal.
Cada fase de mi formación profesional fue un reto. El primer día que asistí a la escuela primaria, la única en mi comunidad, todos los niños y niñas que no hablábamos español fuimos rechazados. Ante esa situación, mis padres y otros miembros promovieron la creación del primer colegio público que aceptara a menores no hablantes de español; recuerdo que recibíamos clases en el pasillo de la casa de la maestra. Para cursar la secundaria, no había escuela en toda la región Caribe Norte de Nicaragua, por lo que busqué una beca para estudiar en un internado religioso ubicado a más de 500 kilómetros. Posteriormente, para ingresar a la universidad, conseguí una beca en la única escuela de medicina del país, donde solo admitían a 50 estudiantes.
Además, sumaba la discriminación por ser diferente, no dominar el español, la pobreza y tener rasgos fenotípicos distintos. En aquella época, en mi país, las expresiones de racismo contra las mujeres jóvenes costeñas eran frecuentes.
P. Fue la primera médica miskita. ¿Cómo fue retornar a su comunidad con una formación «occidental»?
R. Al terminar la carrera en 1973, decidí trabajar en Wangki. En ese entonces, solo había médicos misioneros norteamericanos en el pequeño hospital perteneciente a la Iglesia Morava. Un grupo de cuatro graduados nos organizamos, negociamos con la universidad y el Ministerio de Salud para realizar nuestro primer año de prácticas en el Hospital de Bilwaskarma; aceptaron, aunque sin remuneración, pero estábamos felices de poder trabajar con las comunidades. Esto me permitió demostrar que, cuando se brindan oportunidades, las mujeres indígenas pueden acceder a la universidad y colaborar con médicos tradicionales, complementando los sistemas de salud. Así comenzó mi vinculación con la medicina tradicional.
Regresar a mis comunidades fue un acto de compromiso. Lo hice con orgullo por mi formación, pero también con humildad al reconocer que el conocimiento occidental no lo es todo. En Waspam volví a aprender a escuchar: a las parteras, curanderos y ancianos expertos en leer signos del cuerpo y el espíritu. Mi tarea consistió en tender puentes entre esos dos mundos, porque, para nosotros los pueblos indígenas, la salud implica equilibrio y armonía, no solo la ausencia de enfermedad.
Si no contábamos con antídotos para picaduras de serpiente, recurríamos a los curanderos y sus remedios naturales
P. ¿Qué rol desempeñan las parteras y curanderos en la salud comunitaria del Caribe nicaragüense?
R. Al regresar de la universidad, noté que no había aprendido sobre enfermedades indígenas ni sobre los sistemas de terapias propias del pueblo Miskitu. Comprendí rápidamente la necesidad de trabajar con parteras y médicos tradicionales para conocer sus saberes y prácticas de salud.
Por ejemplo, aprendí sobre el Blakira, una enfermedad Miskitu que afecta sobre todo a mujeres jóvenes y solo puede tratarse mediante sukias, especialistas que se comunican con espíritus protectores. También me enseñaron a bailar el Usus Mairin, Miskitu Kukia nani y otras danzas, entendiendo que debía apoyar esa lucha.
Recuerdo que cuando atendíamos mordeduras de serpiente y carecíamos de antídotos, recurríamos a los curanderos que utilizaban medicamentos naturales para salvar vidas. Sus plantas, métodos y confianza en la naturaleza complementaban nuestro trabajo.
Los curanderos, sukias y parteras han sido esenciales, empleando hierbas medicinales, rituales y prácticas espirituales para sanar diversas dolencias. La responsabilidad de prestar servicios de medicina tradicional Miskitu recae en personas generalmente denominadas médicos tradicionales, aunque en realidad existen varias especialidades.
Las parteras y curanderos son el corazón vivo de la salud comunitaria; representan una sabiduría ancestral que ha sostenido a nuestros pueblos mucho antes de la existencia de hospitales o ministerios de salud. Son guardianes de la vida: acompañan nacimientos, alivian dolores y equilibran cuerpo y espíritu. Por generaciones, han cuidado a las familias con conocimiento, respeto y compasión.
Durante la pandemia, por ejemplo, continuaron apoyando a las comunidades mediante plantas medicinales, infusiones, oraciones y su presencia, lo que contribuyó al resurgimiento de la medicina tradicional. Su labor recuerda que la salud no solo se mide en medicamentos o estadísticas, sino también en la fuerza de los lazos que mantienen unida a una comunidad.
Nicaragua fue uno de los primeros países en América Latina que reconoció la diversidad multiétnica de su población, estableciendo las bases para abordar la salud de los pueblos indígenas de forma coherente.
Comprendí que sanar no implica imponer, sino dialogar, y que la verdadera medicina nace cuando el conocimiento crea puentes entre mundos en lugar de levantar fronteras que los separan.
P. ¿Cómo integró la medicina tradicional con los protocolos hospitalarios?
R. En la organización de la oferta sanitaria del Caribe de Nicaragua, se garantiza la universalidad, gratuidad y continuidad de la atención. Se respeta la organización comunitaria y territorial, priorizando la atención comunitaria y familiar, y aplicando modalidades que respetan la diversidad cultural y la ubicación geográfica de la población indígena.
En cuanto al sistema de vigilancia intercultural, existe una desagregación étnica en los registros en las zonas habitadas por pueblos indígenas, y ciertas enfermedades Miskitas, que son endémicas y graves, se han incorporado a la lista de enfermedades de notificación obligatoria.
Un avance importante ha sido la implementación de Escuelas para la formación de médicos, enfermeros y psicólogos interculturales en las universidades comunitarias de las Regiones Autónomas. Esto favorece el acceso cultural, ya que el personal de salud conoce la cultura y los idiomas locales.
P. Usted ha hablado de la «autonomía corporal» como un derecho político. ¿Qué significa eso desde su experiencia?
R. Mi trabajo se centra en el derecho a la libre determinación de los pueblos indígenas, especialmente su autonomía como forma de ejercer la libre determinación. Este derecho se fundamenta en que cada pueblo indígena posee sus propias normas, instituciones, usos, costumbres y procedimientos. Además, cuentan con métodos propios de control y regulación social, que forman parte de su historia cultural, su cosmovisión espiritual y mitología, sus sistemas de parentesco, así como sus formas de propiedad, uso, aprovechamiento y conservación de territorios colectivos y recursos naturales.
El autogobierno representa una forma de resistencia política y cultural, reivindicación de derechos, encuentro y reconciliación con los mandatos ancestrales, control territorial y motor de sus planes de vida y permanencia. El ejercicio de estos derechos se conoce como autonomía indígena y se entiende como el control que cada pueblo ejerce sobre su territorio, desarrollo y preservación cultural, mediante la creación, establecimiento o mantenimiento de instituciones propias con normas y procedimientos destinados a mantener la dignidad, derechos e identidad.
El racismo, los estereotipos discriminatorios, la marginación y la violencia de género son violaciones interrelacionadas que afectan la autonomía individual, libertad, seguridad, privacidad e integridad de las mujeres y niñas indígenas, afectando también al colectivo y su bienestar.
En su dimensión individual, esta discriminación adopta formas interseccionales y es ejercida por actores estatales y no estatales, incluidos aquellos en la esfera privada, por motivo de sexo, género, origen, raza, etnia, discapacidad, edad, idioma, situación socioeconómica y estado serológico respecto al VIH, entre otros factores.
P. ¿Considera que la medicina sigue siendo patriarcal?
R. Parto del hecho de que la salud se aborda y gestiona desde distintos sistemas cohabitando: público, privado, seguro social, indígena, popular o afrodescendiente, entre otros. El problema es que la medicina tradicionalmente se ha estructurado respondiendo a un único sistema de conocimiento, por lo que ha sido racista, patriarcal y excluyente. Creo que estamos en constante lucha contra esas realidades. Por ejemplo, en 2007, tras más de dos décadas de negociaciones, los pueblos indígenas logramos la adopción de la Declaración de la ONU sobre nuestros derechos.
Dicha declaración reconoce el derecho de toda persona indígena a la salud en todos los niveles de especialización; además, reconoce el derecho colectivo para organizar sus propios sistemas sanitarios según sus conocimientos, prácticas y terapias. Para aplicar estos derechos, hemos impulsado sistemas de salud interculturales en nuestros países. Buscamos que los servicios de salud reflejen la diversidad de sistemas de conocimientos vigentes, incorporen a todos los portadores de conocimiento y sean accesibles para todas las personas. Hemos señalado que la accesibilidad debe ser integral —económica, geográfica, cultural y libre de discriminación.
Los sistemas de salud indígenas se basan en sus saberes tradicionales y se entienden como el resultado de relaciones armónicas entre el ser humano consigo mismo, su familia, comunidad, naturaleza y espíritus; la enfermedad se define como la pérdida del equilibrio en esas relaciones. Este concepto incluye aspectos físicos, mentales, espirituales y emocionales, e involucra dimensiones políticas, económicas, sociales y culturales; forma parte de las normas transmitidas entre generaciones y aplicadas por los miembros de las comunidades, que sustentan sus sistemas de gobernanza propios.
Un ámbito adicional en nuestro trabajo es la formación de personal propio. En la región Caribe de Nicaragua contamos con una escuela de medicina intercultural donde más del 60% de las estudiantes son mujeres. Estamos avanzando hacia la despatriarcalización de la medicina, con un enfoque interseccional.
P. Desde su labor con la OMS y la OPS, ¿qué ha intentado modificar en el diseño de políticas de salud para pueblos indígenas?
R. Mi meta ha sido que dejemos de ser vistos simplemente como destinatarios de políticas, y que se nos reconozca como actores principales en los saberes y acciones en salud. En espacios como OPS y OMS, he trabajado para demostrar que nuestros sistemas de salud tradicionales no son un complemento folclórico, sino pilares fundamentales del bienestar comunitario.
He promovido el diálogo entre ambos sistemas —occidental e indígena— para elaborar políticas interculturales donde las decisiones se tomen escuchando las voces de quienes habitan los territorios, en su lengua y con su propia cosmovisión. También hemos impulsado la formación de profesionales en salud intercultural, capacitados para transitar entre ambos conocimientos con respeto y sensibilidad.
En OPS y OMS se han logrado avances importantes. Por primera vez, en 2026, la OMS aprobará un Plan global de salud para los Pueblos Indígenas, fruto de años de trabajo colectivo.
P. ¿Qué consejo daría hoy a una joven indígena con el sueño de ser médica?
R. Le diría que no tema, ya que sus raíces constituyen su mayor fortaleza. El camino puede ser largo, pero cada paso allana el sendero para las que vendrán. Ser médica no solo implica aprender a curar cuerpos, sino defender la vida en todas sus formas. Insistiría en que recuerde que el conocimiento más valioso es aquel que se comparte con amor y propósito.
Hoy enfrentamos las consecuencias de decisiones tomadas por jóvenes en momentos clave de la historia. No se dejen convencer por el cliché de ser simplemente «el futuro». Lo que cada una haga o deje de hacer definirá su vida, y por ello deben actuar ahora. Para los pueblos indígenas, la acción debe ser colectiva, no solo individual. Es indispensable integrarse en procesos de acción. Hay que tomar la vida en serio, vivirla integralmente, con determinación y estando inspiradas por su capacidad de generar cambios profundos, vivir con alegría y asumir sus responsabilidades plenas como ciudadanas del mundo. Lo que se haga en el hogar, en la comunidad o el país influye en todo el planeta.

