La arquitectura saludable busca resolver todas estas dificultades mediante el diseño de edificios que fomentan el bienestar físico, emocional y social de quienes los habitan
Oficinas donde no es posible abrir las ventanas, edificios afectados por humedades, habitaciones cuyo ruido remite a la discoteca cercana o niños expuestos al gas radón en sus colegios. En realidad, existen estudios publicados hace dos décadas que ya señalan a pacientes con enfermedades previas que experimentan un “empeoramiento clínico” al permanecer en el edificio donde trabajan.
En años recientes, ha surgido la arquitectura saludable con el propósito de resolver todas estas problemáticas diseñando construcciones que mejoran el bienestar físico, emocional y social de sus ocupantes.
Tal y como indica a El Confidencial Rita Gasalla, presidenta del Observatorio de Arquitectura Saludable, se trata de un concepto relativamente reciente. Sin embargo, ella reconoce llevar más de 25 años aplicándolo y considera que la influencia de la medicina, sector en el que trabaja buena parte de su familia, pudo haber sido decisiva: “Los edificios en los que habitamos o desarrollamos nuestra labor no son neutrales, tienen un impacto positivo o negativo en nuestra salud”.
Añade que la mayor parte de nuestra vida transcurre en esas construcciones creadas por arquitectos; por esta razón, menciona los factores principales que determinan si un edificio es saludable. “Lo primordial es la calidad del aire interior, pues inhalamos cerca de 10.000 litros diariamente. Además, la iluminación debe ajustarse lo más posible a la luz exterior, la eliminación del ruido también es esencial, al igual que evitar humedades. Por ejemplo, en ciertas zonas de España como la cornisa norte, los edificios padecen importantes problemas de humedades que derivan en una mayor incidencia de patologías respiratorias”, detalla.
Asimismo, aborda el radón, mencionado anteriormente, un gas radiactivo natural, incoloro, inodoro e insípido, generado por la desintegración de elementos como el uranio en rocas, suelo y agua. “Representa un problema especialmente en las plantas bajas en contacto con el terreno, por eso es necesario tomar precauciones como evitar dormir en sótanos o ventilar los espacios, dado que no existe un nivel seguro frente a un gas ionizante”, explica.
En relación con los edificios inteligentes, en muchos de los cuales no es posible abrir las ventanas debido a que cuentan con un sistema de ventilación que renueva el aire viciado, detalla la transición desde los “estilos adaptados a las condiciones locales y climáticas” hacia construcciones más herméticas y aisladas, impulsada por la crisis del petróleo de 1973 con la finalidad de reducir el consumo energético.
Exactamente en la década siguiente, concretamente en 1988, se describió en un estudio el síndrome del edificio enfermo (sick building syndrome). Entre sus características, el artículo ya señalaba que los edificios “herméticos con ventilación mecánica o aire acondicionado” eran los más afectados. “Esto sugiere que la carencia de aire fresco es una causa determinante del síndrome del edificio enfermo”, concluye.
“Se manifiesta mediante un conjunto de síntomas inespecíficos, como dolores de cabeza, irritación ocular o cutánea, fatiga y dificultad para concentrarse, que a largo plazo pueden derivar en afecciones respiratorias, dermatológicas o trastornos del sueño”, explican a este medio Dolors Ramírez Tarruella, integrante del Comité de Estudio de Bioseguridad e Higiene de la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública y Gestión Sanitaria (SEMPSPGS) y Camilo García Ferris, coordinador de dicho comité.
Añaden que estos síntomas suelen presentarse en personas que permanecen durante períodos prolongados en determinados espacios interiores, como oficinas, viviendas, residencias o hospitales, y tienden a mejorar al salir de esos ambientes. “Es un fenómeno con repercusiones tanto físicas como psicológicas y de causa multifactorial, en el que intervienen aspectos ambientales, constructivos y organizativos”, comentan Ramírez Tarruella, también preventivista en el Instituto Catalán de Oncología, y García Ferris, especialista del Hospital Universitario Doctor José Molina Orosa de Lanzarote.
De igual forma, señalan que entre los factores más relevantes que pueden favorecer el deterioro de la salud se incluyen: “Ventilación insuficiente, presencia de contaminantes químicos en el aire, contaminantes biológicos como la proliferación de hongos y bacterias, exceso de humedad, iluminación inapropiada, acumulación de polvo o partículas en suspensión, acondicionamiento acústico deficiente, temperaturas fuera del rango de confort, entre otros”.
Por esta razón, la arquitecta resalta de nuevo la importancia de la arquitectura saludable: “Es necesario equilibrar lo saludable y lo sostenible. Nuestra propuesta es aislar adecuadamente los edificios además de implementar sistemas modernos, como por ejemplo una ventilación de doble flujo con intercambiadores de calor, que permita introducir aire fresco suficiente para que las personas respiren correctamente”.
En cuanto a los conocidos «bloques cebra«, viviendas recientes con fachadas en franjas horizontales blancas y negras, Gasalla asegura que “no están en contradicción” con la arquitectura saludable. “Este patrón es cada vez más común porque facilita el cumplimiento de normativas, especialmente la de incendios. Son compatibles con el bienestar, permiten, de hecho, la apertura de grandes ventanales y buenas terrazas para disfrutar de la luz solar”, señala.
«Desde las primeras fases de diseño y planificación arquitectónica, es fundamental asegurar la calidad del aire interior»
Sobre los edificios centenarios en las ciudades, precisa que es vital enfocar las reformas necesarias para volverlos más saludables: “Por las limitaciones técnicas de su época presentan infiltraciones, no alcanzaban ese hermetismo. Esa será la meta en las reformas para reducir pérdidas de calor, aunque no basta, porque si se queda ahí, surgen muchas humedades por no ventilar adecuadamente. En los inmuebles de menor calidad, habría que considerar permitir normativas que autoricen la incorporación de terrazas”. También indica que las viviendas bajas de estas características “resultan difíciles de resolver”, pues requieren cumplir lo anterior y además, integrar iluminación similar a la luz natural mediante “iluminación eléctrica”.
La arquitecta, también CEO de su empresa Galöw, rememora con orgullo que en uno de sus primeros proyectos ya “mostraba preocupación” por la salud: “Hace aproximadamente diez años, me encontré con una clienta a quien le construí su vivienda de campo alrededor de 1998 y me dijo ‘es mi casa del bienestar, no sabes lo cómoda que me siento’”.
Finalmente, los doctores sostienen que la arquitectura sanitaria debería formar parte esencial de la medicina preventiva. “La bioseguridad ambiental y el control de la transmisión de microorganismos en hospitales constituyen su campo de actuación. Desde la fase inicial de diseño y planificación arquitectónica, es clave asegurar el cumplimiento de las normas de calidad del aire interior, el control de presiones y las renovaciones en salas sanitarias, una iluminación adecuada y la selección de materiales que mantengan espacios seguros. Todo esto contribuye a reducir riesgos, mejorar el bienestar psicológico, acelerar la recuperación en un entorno laboral apropiado y evitar el síndrome del edificio enfermo, protegiendo tanto a pacientes como a profesionales”, afirman.
Por último, destacan que “es aconsejable” fomentar el uso de materiales fácilmente higienizables, sobre todo en zonas comunes, donde la combinación de “funcionalidad, salubridad y confort ambiental” resulta decisiva para la salud de quienes ocupan los espacios. “Estas decisiones deben basarse en evidencia científica sólida, evitando intervenciones que prioricen criterios únicamente estéticos sin respaldo técnico. La estética es un aspecto importante para el bienestar, pero debe integrarse con medidas efectivas que disminuyan riesgos y favorezcan entornos saludables”, concluyen.

