
Fuente de la imagen, Getty Images
En el cuerpo humano se esconde un tributo a un anatomista italiano que falleció hace siglos, y no es el único. Nuestros huesos, cerebros y órganos recuerdan a desconocidos cuyos nombres permanecen imborrables.
Algunos apelativos suenan a leyenda. Por ejemplo, el tendón de Aquiles, ubicado en la parte trasera del tobillo, homenajea a un héroe griego que murió alcanzado por una flecha en su único punto vulnerable.
La nuez de Adán hace referencia a la mítica mordida de la fruta prohibida en la Biblia.
Sin embargo, la mayoría de estas denominaciones provienen de personas reales, principalmente anatomistas europeos de épocas pasadas, cuya influencia persiste cada vez que se abre un manual médico.
Estos nombres se conocen como epónimos: estructuras anatómicas nombradas tras individuos en lugar de describirse por su función o aspecto.
Por ejemplo, las trompas de Falopio son conductos pequeños situados entre los ovarios y el útero, descritos en 1561 por Gabriele Falloppio, un anatomista italiano interesado en los tubos, quien también dio nombre al conducto de Falopio en el oído.

Fuente de la imagen, Getty Images
O el área de Broca, nombrada por Paul Broca, médico francés del siglo XIX que conectó una parte del lóbulo frontal izquierdo con la capacidad para producir el habla.
Quienes han estudiado psicología o conocen a personas que sufrieron un accidente cerebrovascular, seguramente están familiarizados con ella.
También está la trompa de Eustaquio, un pequeño conducto que se abre durante un bostezo, por ejemplo, en un vuelo.
Recibe su nombre de Bartolomeo Eustachi, médico papal del siglo XVI.
Estos hombres han dejado una marca indeleble en nuestra anatomía, no de forma física, sino a través del lenguaje.
¿Por qué han perdurado estos nombres durante siglos? Porque los epónimos representan algo más que datos médicos curiosos.
Están íntimamente ligados a la tradición anatómica.
Muchos estudiantes los repiten en clase y los anotan en sus cuadernos. Los cirujanos los usan en quirófano como si hablaran de viejos conocidos.
Son breves, claros y familiares. Mencionar el «área de Broca» toma apenas dos segundos, mientras que su alternativa descriptiva, «giro frontal inferior posterior», suena más bien a un hechizo mágico.
En ambientes clínicos dinámicos, la concisión suele ser fundamental.
Además, los epónimos llevan asociadas historias, lo que facilita recordarlos.
Los estudiantes retienen el nombre Falloppio porque evoca a un músico renacentista. Aquiles permanece fresco en mente por su conocida vulnerabilidad.
En el ámbito de términos latinos, que a veces puede resultar abrumador, una historia humana se convierte en un recurso valioso.

Fuente de la imagen, Getty Images
El lado oscuro
Por supuesto, la tradición pesa mucho. El vocabulario médico se fundamenta en siglos de aprendizaje académico. Para muchos, eliminar los epónimos equivaldría a borrar parte de la historia misma.
Sin embargo, esta fascinación lingüística tiene su contraparte negativa. A pesar de su atractivo, los epónimos frecuentemente fallan en cumplir su función principal.
Casi nunca ofrecen información sobre qué es una estructura o cuál es su función. Por ejemplo, «trompa de Falopio» no sugiere ni su función ni su ubicación, mientras que «trompa uterina» sí lo hace.
Además, los epónimos reflejan una perspectiva histórica sesgada.
La mayoría surgieron durante el Renacimiento europeo, momento en que el «descubrimiento» anatómico a menudo implicaba apropiarse de conocimientos existentes en otras culturas.
Las personas homenajeadas son, en su mayoría, hombres blancos europeos.
Las aportaciones de mujeres, académicos no europeos y culturas indígenas quedan prácticamente ausentes en esta nomenclatura.
También existe una realidad incómoda: algunos epónimos honran a personas con trayectorias reprobables.
Por ejemplo, el «síndrome de Reiter» lleva el nombre de Hans Reiter, un médico nazi que llevó a cabo experimentos atroces con presos en Buchenwald.
Actualmente, la comunidad médica emplea la denominación neutral «artritis reactiva», un gesto pequeño pero significativo para rechazar homenajear a alguien que causó tanto sufrimiento.
Cada epónimo representa un pequeño monumento. Algunos son pintorescos e históricos, mientras que otros son memoriales que preferiríamos dejar de venerar.
Por otro lado, los nombres descriptivos son simplemente prácticos: claros, universales y funcionales. No exigen recordar quién descubrió algo, sino solo dónde está y qué rol cumple.
Si escuchas «mucosa nasal», infieres inmediatamente que está dentro de la nariz. En cambio, si pides localizar la «membrana de Schneider», probablemente recibirás una mirada confundida.

Fuente de la imagen, Getty Images
¿Qué hacer con ellos?
Los términos descriptivos facilitan la traducción, la estandarización y la búsqueda. Hacen que la anatomía sea más accesible para estudiantes, profesionales de la salud y el público en general. Y, lo más importante, no exaltan a persona alguna.
Entonces, ¿qué debe hacerse con estos antiguos nombres?
Existe un movimiento creciente que promueve la eliminación gradual de los epónimos o, al menos, su uso combinado con términos descriptivos.
La Federación Internacional de Asociaciones de Anatomistas (IFAA) impulsa el empleo de términos descriptivos en la enseñanza y la documentación, colocando los epónimos entre paréntesis.
Esto no implica borrar los libros de historia, sino agregar contexto.
Así, se puede enseñar la historia de Paul Broca reconociendo simultáneamente el sesgo que subyace en la tradición de nombres.
Y recordar a Hans Reiter, no por perpetuar su nombre asociado a una enfermedad, sino como una advertencia moral.
Este enfoque doble preserva la historia sin permitir que esta dicte el camino a seguir. Hace la anatomía más transparente, equitativa y honesta.
El lenguaje anatómico no es solo jerga científica: es un mapa de poder, memoria y legado grabado en nuestra propia carne.
Cada vez que un médico menciona «trompa de Eustaquio», evoca el siglo XVI. Cada vez que un estudiante aprende «trompa uterina», busca precisión e inclusión.
Quizá el futuro de la anatomía no sea eliminar los antiguos nombres, sino entender las historias que porta cada uno y decidir cuáles conservar.
* Lucy E. Hyde es profesora de anatomía en la Universidad de Bristol. Este artículo fue publicado en The Conversation. Puedes leer el original en inglés aquí.

