Este 29 de octubre marca el aniversario de la dana, y Paiporta junto a Algemesí aún desconocen cuándo iniciarán las obras para rehabilitar sus estadios.
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Doce meses tras la dana, el temporal que devastó la Comunidad Valenciana, el fútbol amateur continúa resentido. En Paiporta y Algemesí, localidades donde el deporte era sinónimo de comunidad y sentido de pertenencia, los terrenos de juego siguen en ruinas y la esperanza ha sido sustituida por la incertidumbre.
Las autoridades prometen acciones, pero las obras no comienzan. Mientras tanto, los clubes luchan por mantenerse, atrapados en una maraña burocrática, falta de compromiso político y una realidad invisible para muchos: vestuarios ocupados, instalaciones desatendidas y familias que aguardan una solución.
Mari Carmen Sanchís, jefa de prensa y representante del Paiporta CF, rememora el día después de la dana con sentimientos encontrados de impotencia y aceptación. «Al ver el campo por primera vez, aquello era un estanque. Solo quedaba llorar, llorar y llorar», relata en entrevista con EL ESPAÑOL.
Imagen de los vestuarios del Paiporta tras la dana
Los vídeos de hace un año la regresan a aquella escena: medios grabando, ella intentando mantener la calma, aún estupefacta por la magnitud del desastre. «No fuimos plenamente conscientes hasta que pasaron los días, los meses, y el año entero. El problema sigue sin resolverse», afirma con tristeza.
A pocos kilómetros, en Algemesí, Miriam Sánchez, presidenta interina del club, experimentó una desilusión similar. «El día después, incluso semanas más tarde, ni siquiera pensábamos en el campo de fútbol. Con las casas ya teníamos suficiente», confiesa a EL ESPAÑOL.
El club reinició actividades casi un mes después, cuando las calles fueron despejadas y pudieron sacar a los niños para distraerlos y devolverles algo de alegría en medio de la catástrofe.
Al fin, cuando ambas pudieron acceder a sus campos, el impacto fue fuerte. En Paiporta, el agua transformó el área en una piscina de lodo. En Algemesí, apenas quedaron las gradas. «Ni siquiera las paredes que limitaban con la carretera permanecieron. Solo las gradas», detalla Miriam. Todo lo demás desapareció: balones, camisetas, trofeos, neveras del bar, material deportivo.
Fondos disponibles pero falta de acción
Lo más desconcertante en este caso es que el dinero está. Mari Carmen lo define con amarga ironía: «Aquí tenemos presupuesto, pero no tenemos avances. Normalmente se dice: ‘tenemos el proyecto, las ganas, pero falta el dinero’. Aquí es justo al revés», indica con molestia.
En diálogo con ambas, se confirma que Paiporta CF dispone de entre tres y cuatro millones de euros para la restauración del campo. En Algemesí, las ayudas institucionales también se han recibido. Sin embargo, a un año, las obras permanecen paralizadas.
Imagen de El Palleter tras el paso por la dana.
«Como ellos no enfrentan los partidos cargando en sus coches el agua, los balones, la ropa… como no lo sufren, no les duele», remata Mari Carmen. Su metáfora es clara: «Si vives en Madrid y tienes una casa en Pamplona, y ocurre un incidente en Pamplona, no te afecta porque estás tranquilo en Madrid. Pero el afectado es quien vive en Pamplona».
Miriam comparte este sentimiento. «Después de un año, debería haberse avanzado más. Se recibieron ayudas económicas desde todos lados. No entiendo qué están esperando». Ambas coinciden en algo: tienen los fondos, pero les falta todo lo demás. Sobre todo, la voluntad política.
Vestuarios usados como refugio
La imagen más impactante es la que relata Miriam. Doce meses tras la dana, el estadio municipal de Algemesí continúa prácticamente igual que el día del desastre. «Está igual o incluso peor», responde al consultar sobre la condición actual de las instalaciones. Lo único que cambió es que «ya no hay barro».
Pero hay un dato adicional. «Hay personas viviendo en los vestuarios. Han instalado colchones, candados. Esa zona está perdida, socialmente destruida». La declaración cae con el peso de una derrota.
Imagen actual del campo del Algemesí.
Lo que fue el centro neurálgico del fútbol local, donde los niños se cambiaban antes de salir al campo, ahora sirve de refugio para quienes han ocupado el espacio. Nadie ha intervenido ni se ha responsabilizado.
En Paiporta, aunque la situación no es tan extrema, el abandono también es claro. El campo principal continúa sin reparaciones. La Federación Española visitó las instalaciones junto a Salvador Gomar, presidente de la Valenciana, pero el concejal apareció con una noticia inesperada: «Aquí se construirá una avenida».
La complejidad urbanística, basada en un plano de 1972, ha servido de pretexto para dilatar aún más cualquier decisión. Hay que expropiar terrenos, aprobar en pleno, definir quién ejecutará las obras. Mientras tanto, el club sigue sin sede propia.
Resistencia entre la adversidad
En medio de la tragedia, existen relatos de perseverancia. Mari Carmen conserva bajo llave cinco balones. No son simples balones; fueron un regalo de una asociación de padres de Gata de Gorgos al Paiporta CF cuando no tenían recursos. Con esos balones, el equipo ganó la liga y ascendió de categoría.
«Los guardo en casa con llave. Cuando no tienes nada, valoras mucho más las cosas», relata emocionada. Esos balones representan la esencia del fútbol de barrio: comunidad, apoyo, identidad. Y también reflejan su fragilidad cuando las instituciones no responden.
Los futbolistas del Paiporta, en su último partido antes de la dana.
La solidaridad llegó desde sitios inesperados. La Fundación del CD Leganés, Levante, y el Ayuntamiento de Pinto aportaron material, equipamiento y apoyo logístico. La Fundación Opción Reva, creada por el señor Roth, facilitó fondos a la Federación Valenciana para gastos de transporte y material. Sin esas contribuciones, la temporada habría sido inviable.
En Algemesí, el respaldo también fue decisivo. «Si no fuera por las donaciones y las ayudas de la Generalitat, estaríamos en ruina total», reconoce Miriam. «Pero ese apoyo externo no puede ser la única solución. Debe existir un compromiso institucional claro y firme», añade.
Entrenamientos fuera del hogar
Ambos clubes han debido adaptarse a una realidad incómoda: jugar y entrenar en municipios ajenos. El Paiporta CF juega sus partidos en Cuart de Poblet, a unos 20 minutos en coche.
Los niños entrenan en El Terrer, un campo arreglado parcialmente pero sin vestuarios ni duchas. El primer equipo continúa en Cuart, donde han sido recibidos con cordialidad, aunque con una gran limitación: no pueden vender entradas.
«En Cuart de Poblet han sido muy amables, pero no permiten cobrar entradas. Eso es un ingreso clave», explica Mari Carmen. Ese detalle económico, aunque parezca menor, es fundamental para un club pequeño. Entradas, rifas, bar en los partidos: forman parte del presupuesto anual. Sin campo propio, esos ingresos desaparecen.
En Algemesí, la situación es más difícil. El polideportivo se restauró parcialmente —básicamente se cambió el césped— pero ahora dos clubes con todas sus categorías deben compartir un único campo de fútbol 11, dividido en dos zonas de fútbol 8. «Tuvimos que atrasar los entrenamientos un cuarto de hora para liberar un turno extra», comenta Miriam.
Los vestuarios de El Pateller tras el paso de la dana.
«Algunos niños salen del colegio a las cinco y deben entrenar a las 5:15, por lo que no llegan a tiempo. Los juveniles entrenan a las nueve de la noche. Los partidos se juegan incluso los domingos por la tarde», describe Miriam.
«Desde las instalaciones municipales no se les permite vender rifas ni operar un bar. ‘El Ayuntamiento no nos deja hacer nada. Y encima nos recortaron la subvención deportiva…’. Esa frase queda en el aire, pero resume la realidad. En el momento más crítico, el apoyo institucional disminuye en vez de incrementarse.
En Algemesí hubo un instante de esperanza. Un club de Primera División anunció que reconstruiría el estadio junto al Ayuntamiento. Fotos y declaraciones se difundieron en los medios. Pero la realidad fue diferente. «No ocurrió, no ocurre ni va a ocurrir», sentencia Miriam. Las promesas desaparecieron. El estadio sigue intacto.
«Lo que más me irrita son las promesas incumplidas. Se habló, se publicó mucho, y de cara a la gente quedó bien, pero luego no se concretó. Ese es el problema real: no la falta de dinero, sino la ausencia de compromiso auténtico. Las fotos están. Las obras, no», subraya Miriam.
Mari Carmen lo resume con claridad: «No es cuestión de apretar, sino de voluntad. Como no lo viven, como no les duele, no se mueven».
Disminución de la masa social
Las consecuencias de carecer de un campo propio exceden lo económico. El Paiporta CF ha perdido niños en su escuela de fútbol. «Si no tienes campo, ¿qué ofreces?», reflexiona Mari Carmen. Los jugadores del primer equipo dudan al fichar. «¿Dónde vamos a jugar? No es igual firmar por Paiporta sabiendo que juegas en Paiporta, que hacerlo sin saber dónde entrenarás».
También han perdido socios. El club es el cuarto más antiguo de la Comunidad Valenciana. Su base es gente mayor, de toda la vida, que asistía andando al campo. Ahora deben desplazarse en vehículo a Cuart de Poblet. Muchos dejaron de acudir. «Esto no es el Barça ni el Madrid. Nosotros recogemos a la gente para ir a los partidos».
Los horarios son inestables. Antes se sabía cuándo jugaba el equipo. Ahora depende de la disponibilidad de campos externos. Juegan los miércoles a las nueve de la noche en Picassent. «Horario Champions«, bromea Mari Carmen, pero tras la broma hay cansancio y ansiedad. «Quiero mi casa. Tengo mi hogar lleno de sudaderas, cajas de balones, material del fisio. Me da una gran tristeza».
Futuro incierto
El tiempo avanza y aún no saben cuándo podrán regresar a sus propias instalaciones. Miriam no se hace ilusiones. «Sinceramente, creo que esto llevará tiempo. El estadio debe rehacerse completamente, las gradas tampoco son seguras, hay que demolerlas. Es un proyecto de gran envergadura. Aunque se empezara mañana, no estaría listo en un año».
En Paiporta la situación es parecida. Mari Carmen desconoce cuándo tendrán de nuevo campo propio. Tres meses, un año, dos años. Nadie les da plazos. «Si te dijeran ‘en tres meses estará listo’, lo aceptarías. Pero no sabes si será en uno, dos o tres años». Esa incertidumbre es, quizás, lo más duro de sobrellevar.
Lo que ambas tienen claro es que la voluntad política es el factor clave. No el dinero, que está. No los proyectos técnicos, que se pueden elaborar. La voluntad de actuar. De priorizar. De comprender que un club de barrio no es solo fútbol: es identidad, cohesión social y orgullo de pueblo.
Imagen de El Palleter seis meses después del paso de la dana.
«Al final, todos hablan mucho de fútbol, pero para llegar a Primera hay que pasar por aquí», concluye Mari Carmen.
Un año después de la dana, Paiporta y Algemesí siguen en espera. Sus campos permanecen destruidos, sus vestuarios, ocupados o abandonados; sus clubes sobreviven a duras penas gracias a la solidaridad de otros y al incansable esfuerzo de dirigentes voluntarios.
Los militares retiraron el barro. Las ayudas económicas llegaron. Pero las obras no comienzan. Los proyectos no se aprueban. Las licitaciones no salen. Mientras tanto, los niños entrenan en horarios imposibles, los socios dejan de asistir, las familias pierden un espacio que fue suyo.
«Queremos ver hechos, no solo palabras», demanda Miriam. Es un reclamo simple, legítimo y urgente. Pero tras un año, las palabras siguen siendo la constante. La acción, como los campos, continúa devastada.

