Casas encaladas, un río que cruza el pueblo y el aroma a lavanda en el aire convierten este rincón manchego en un refugio ideal
Entre montañas, ríos y un silencio roto solo por el sonido del agua, Salobre se encuentra oculto en la Sierra de Alcaraz, al suroeste de la provincia de Albacete. A poco más de cien kilómetros de la capital, este pequeño tesoro castellano-manchego parece extraído de un cuento de hadas: calles escarpadas, casas encaladas, fuentes de aguas claras y una historia tan antigua como sus pozos de agua salada, de los cuales recibe su nombre.
Salobre está rodeado por un entorno natural extraordinario. Dos ríos —el Salobre y el Ojuelo— cruzan su fértil valle, irrigando una vega que conserva aún el sabor de la vida tradicional rural. Sus aguas minerales, reconocidas desde hace siglos por sus propiedades terapéuticas, dieron lugar a dos balnearios: el de Benito, en el centro urbano, y el de La Esperanza, en la pedanía de Reolid. Ambos lugares transmiten tranquilidad, tradición y un aire puro que invita a desconectar.
Muy cerca, el Nacimiento del río Mundo, con una cascada de más de 80 metros que parece brotar desde el corazón de la sierra, se presenta como una visita obligada para aficionados al senderismo. Y en las cercanías se encuentra el Estrecho del Hocino, una microrreserva natural donde la cabra montesa y la nutria habitan libremente entre desfiladeros rocosos y bosques de robles y enebros.
Una historia oculta bajo las aguas salinas
Aunque reducido —con apenas 600 habitantes—, Salobre posee un pasado fascinante. Evidencias arqueológicas del neolítico confirman su ocupación hace miles de años. Posteriormente, íberos, musulmanes y cristianos dejaron su legado en estas tierras que, durante largos siglos, dependieron del Concejo de Alcaraz. El municipio prosperó gracias a su industria metalúrgica en el siglo XVIII, periodo en el que llegó a contar con una fábrica de hojalata vinculada a la de Riópar, cuyas ruinas todavía pueden visitarse junto al río.
Recorrer sus calles es adentrarse en un museo al aire libre. Su ermita de la Virgen de la Paz, del siglo XVI, conserva valiosas tallas religiosas, mientras que en Reolid sobresale la iglesia de Santo Domingo, con un artesonado mudéjar que resulta una joya escondida en plena sierra.
A pesar de su tamaño, Salobre rebosa vida y tradiciones. En verano, las fiestas en honor al Sagrado Corazón llenan el pueblo de música, procesiones y verbenas junto al río. También se preservan costumbres ancestrales como las hogueras de San Juan o las romerías de San Isidro, cuando los vecinos salen al campo a compartir alimentos, vino y canciones. En Reolid, sus celebraciones de agosto son cita fundamental para quienes buscan autenticidad.
A lo largo del año, asociaciones culturales, juveniles y de mujeres mantienen activa la vida social del municipio. La biblioteca, la ludoteca y los pequeños talleres locales conforman el núcleo social de esta villa que resiste el paso del tiempo sin perder su identidad.
Salobre es perfecto para quienes anhelan naturaleza, historia y sosiego. Miradores como el de Las Colmenicas o la Piedra del Águila ofrecen panorámicas impresionantes de la sierra, mientras que los senderos que rodean la Herrería o el Puntal de la Mina permiten recolectar plantas aromáticas como tomillo, poleo o lavanda, una delicia para los sentidos.
Con su combinación de tradición y paisaje, Salobre es uno de esos municipios que aún conserva el espíritu de Castilla-La Mancha, un rincón discreto que parece vivir fuera del tiempo.
Entre montañas, ríos y un silencio roto solo por el sonido del agua, Salobre se encuentra oculto en la Sierra de Alcaraz, al suroeste de la provincia de Albacete. A poco más de cien kilómetros de la capital, este pequeño tesoro castellano-manchego parece extraído de un cuento de hadas: calles escarpadas, casas encaladas, fuentes de aguas claras y una historia tan antigua como sus pozos de agua salada, de los cuales recibe su nombre.

