Desde las localidades de Burgohondo hasta Villalmanta, miles de evacuados continúan atrapados entre las llamas y la inseguridad.

Algunos incendios solo se miden con números: hectáreas arrasadas, recursos movilizados y las personas desplazadas o confinadas. Sin embargo, existen aquellos fuegos que solo comprenden cuando se observan de cerca. El miércoles por la noche, al dirigirse hacia el pueblo abulense de Burgohondo, epicentro del desastre, el cielo se fue tiñendo gradualmente de un naranja intenso.
Al inicio era solo un reflejo distante en el horizonte, que pronto se transformó en una capa inquietante bajo la cual se desplegaba una enorme lengua de fuego sobre la sierra. Era una imagen hipnótica, casi surrealista, hasta que se entendía que detrás había viviendas, montañas y personas.
En el polideportivo municipal de Burgohondo, convertido en un refugio más que improvisado, desalojados y voluntarios compartían una mirada fija hacia la montaña. Casi no se hablaba, hasta que el silencio fue roto por el llanto de un bebé. Ese sonido fue suficiente para reflejar el miedo colectivo de un pueblo que, mientras el fuego avanzaba, no tenía más opción que esperar, sin poder hacer nada.
Hacia la madrugada, la tonalidad anaranjada de la noche persistía. Siete kilómetros más adelante, en Navaluenga, la escena cambió. El pueblo, confinado por el peligro de salir de casa, había transformado una escuela en punto de reunión. Allí, vecinos de todas las edades conversaban mientras esperaban pacientemente. Entre camiones de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y sombras de quienes optaron por pasar la noche en sus coches, coexistían risas y dudas sobre cuándo terminaría esta situación, una misma incógnita que permeaba cada charla.
El sol volvió a aparecer y el humo se hizo más perceptible. Una neblina densa se suspendió sobre el asfalto y el cielo, llegando directamente a ojos y nariz. El fuego ya no era visible, pero seguía presente. Bastaba con observar las imponentes montañas.
Con el anuncio de la declaración del nivel 3 de emergencia nacional, el incendio pasó a un nuevo estado que requería la contribución de cada persona.
A 75 kilómetros más cerca de Madrid, empezaba una nueva odisea con carreteras cerradas por la Guardia Civil y desvíos constantes, mientras el humo seguía dominando el ambiente. Villamanta, próximo destino, transformó su polideportivo en hogar temporal para cientos de evacuados de Villa del Prado y otros municipios del suroeste madrileño. Allí, la tragedia tenía rostro. Personas mayores que salieron de sus casas con lo puesto. Familias que llevaban casi dos días sin noticias sobre el estado de sus hogares ni sobre cuándo podrían regresar. Voluntarios con una consigna: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti», afirmó Ángel Ramírez, quien pasó más de 24 horas sin dormir para asistir a los desalojados en Villamanta. Incluso algunos perros, que ladraban sin entender por qué habían dejado atrás sus casas.
El calor aplastaba. El murmullo constante se mezclaba con el polvo levantado por las prisas de voluntarios que intentaban llegar a tiempo a cada causa. Descubrir esas historias ocultas tras cada litera, donde se posaba la incertidumbre.
Marlene pasó la noche sobre el suelo del pabellón. «Sí, dormimos aquí, justo en el suelo», relataba resignada. Llevaba horas aguardando una noticia que nunca llegaba. «Nos acaban de decir que aún no podemos regresar. Todo depende del incendio. Por el viento fuerte, sigue extendiéndose». Pero lo realmente pesado no era la espera, sino la incertidumbre. «Es el no saber, el no tener siquiera un… nada».
Al referirse a lo dejado atrás, no mencionó muebles ni objetos valiosos. Pensó en Nieve, su gato que quedó en casa. «Ni siquiera le hemos puesto agua. Me fui a trabajar pensando que volvería por la noche, pero después no fue posible». Mientras hablaba, intentaba convencerse de que estaría bien. Una preocupación sencilla pero devastadora.
Su relato era solo uno entre cientos que llenaban el pabellón. Todos distintos, pero atravesados por la misma angustia: salir con lo puesto y no saber cuándo podrían cruzar de nuevo la puerta de su hogar. «Nos sorprendió completamente. Tomamos la medicación, el dinero, los documentos, a la niña… y nos fuimos», relató Christian, evacuado junto a su madre, Ildefonsa, y el resto de su familia. Ella apenas puede caminar debido a un trombo sufrido hace cuatro años. Logró salir y recuperarse sin perder movilidad ni el habla. Sin embargo, tuvo que afrontar este incendio que, en sus palabras, representó un reto absoluto que superó una vez más junto a sus seres queridos.
Con el avance de las horas surgió un miedo aún mayor. Los incendios de Ávila y Madrid estaban en riesgo de unificación y todos culpaban del mismo factor: aquel viento molesto que presagiaba que lo peor aún estaba por llegar y que, en las carreteras del suroeste madrileño, hacía que las llamas continuaran propagándose incluso en zonas inesperadas.
Aparecieron nuevos focos junto a urbanizaciones, al borde de carreteras o a pocos metros de edificios donde la gente se asomaba para observar la catástrofe. Columnas de humo negro crecían rápidamente mientras peatones y conductores se apartaban para permitir el paso a los vehículos de emergencia. Nadie podía controlar ese miedo que genera ser consciente de que el fuego siempre va un paso adelante. Solo hacía falta agacharse y tocar la maleza para entender por qué todo lo que ocurría en España. Todo parecía estar listo para la chispa definitiva que encendiera todo. Era evidente que el monte se había convertido en el combustible ideal.
La jornada terminó bajo un cielo imposible de olvidar. El naranja del atardecer se mezclaba con un manto gris que cubría el horizonte. Desde la distancia se distinguía con claridad dónde estaba el peligro. Había una línea claramente visible que separaba, de un lado, la vida que luchaba por resistir y, del otro, un paisaje destinado a perecer.
En ese momento se comprende que un incendio consume la calma de quienes observan desesperados buscando su hogar, la rutina de pueblos completos que tuvieron que improvisar refugios y la certeza de que mañana permanecerá igual. Porque tras convivir con el fuego, lo más difícil no es describir las llamas, sino explicar el silencio con el que miles aprendieron a esperar mientras el monte ardía con rapidez.

