Transformación de Escocia: de líder en crímenes en Europa a uno de los países más seguros a nivel mundial

Un policía de uniforme está parado de espaldas en una zona acordonada: lleva una chaqueta fluorescente que dice "Police" y mira hacia la calle que se extiende frente a él.

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    • Autor, Eve Livingston
    • Título del autor, BBC Future*
  • Fecha de publicación 12 julio 2026
  • Tiempo de lectura: 13 min

A comienzos de los 2000, el riesgo de ser víctima de una agresión en Escocia superaba en más de tres veces al de Estados Unidos. No obstante, al comenzar a tratar la violencia como un asunto de salud pública, las autoridades escocesas lograron reducir drásticamente las cifras, posicionando al país como uno de los más seguros a nivel global.

No fue un juicio común.

El 24 de octubre de 2008, en el Tribunal del Sheriff de Glasgow —el órgano judicial local principal escocés para asuntos civiles y penales— no se encontraba ni jurado, ni testigos, ni acusados en el estrado.

En cambio, frente al juez —que portaba su vestimenta oficial completa— se encontraban 85 integrantes de bandas rivales provenientes del East End de Glasgow, la ciudad más poblada de Escocia.

Durante años, esa zona fue escenario de conflictos entre pandillas juveniles que luchaban por territorio, involucradas en crimen organizado y disputas por drogas y armas, haciendo que los ataques con cuchillo fueran comunes.

Aunque las pandillas mantenían una rivalidad constante, los integrantes permanecieron en silencio mientras escuchaban a diversos oradores uno tras otro.

Una madre compartió cómo su hijo, tras ser atacado con un machete a los 13 años en un incidente relacionado con pandillas, quedó irreconocible.

Un jugador de baloncesto estadounidense relató la pérdida de su hermano debido a la violencia con armas. Médicos y cirujanos describieron heridas severas y deformidades permanentes.

El mensaje era contundente: la violencia debía detenerse.

Poniendo freno a la violencia

Una calle en Glasgow, Escocia, acordonada con cinta azul y blanca de la policía. Un oficial con la distintiva chaqueta fluorescente habla con alguien que está fuera del encuadre.

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“Si hubiese sido la jefa de policía [de la Policía de Strathclyde], probablemente no habría autorizado que llevaran a cabo algo así”, reflexiona Karyn McCluskey, cofundadora y exdirectora de la Unidad Escocesa de Reducción de la Violencia (SVRU).

Este grupo especializado, creado por la policía en 2005 y ampliado por el gobierno escocés un año después, fue responsable de aquella insólita escena.

“Estoy segura de que pensaron que estábamos locos”, comenta. “Ese día había caballos policiales en el tribunal y barcos navegando por el río Clyde, porque era una iniciativa sumamente arriesgada. Pero existía un margen de tolerancia para intentar algo nuevo”.

Los resultados parecieron funcionar. A los participantes se les entregó un número telefónico para acceder a apoyo si querían alejarse de la violencia; tras diez sesiones semejantes, con la participación de 473 jóvenes, cerca de 400 realizaron la llamada.

La intervención en el tribunal fue la primera de las llamadas “sesiones de derivación voluntaria” en Escocia, parte de los esfuerzos para frenar las cifras históricas de violencia que aquejaban al país, especialmente Glasgow.

El príncipe Guillermo y la princesa Kate Middleton visitan el programa de reducción de violencia de Escocia: llevan cubrebocas porque la foto es de 2021.

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Entre 2003 y 2005, Glasgow presentó la tasa de homicidios más elevada de Europa.

La ONU calificó a Escocia como el país más violento del mundo desarrollado: la probabilidad de ser agredido era casi tres veces mayor que en EE.UU.

Los medios informaban continuamente sobre asesinatos brutales y violentas disputas entre pandillas.

Durante la siguiente década, la tasa de homicidios disminuyó un 56% en Glasgow y un 38% en el resto de Escocia.

En general, los crímenes violentos se redujeron casi un tercio en todo el país entre 2006 y 2015.

Actualmente, los homicidios en Escocia están en su nivel más bajo en más de dos décadas.

Las estadísticas muestran un descenso similar en agresiones graves e intentos de asesinato.

Aunque estas cifras no reflejan las historias individuales tras cada acto violento, representan un cambio significativo y destacable.

Hoy Escocia se sitúa en un rango intermedio entre los países europeos en tasa de homicidios, con índices per cápita menores a los de Suecia, Francia o Inglaterra y Gales.

¿Cómo logró una nación, que antes sufría violencia con cuchillos, pandillas y asesinatos, efectuar un cambio tan profundo?

En esencia, modificó su enfoque frente a la violencia: pasó de verla solo como un asunto penal a contemplarla también bajo el prisma de la salud pública.

Enfoque de salud pública

Una foto de una calle brumosa de Glasgow, con varios carros estacionados.

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“Escocia tenía a comienzos de los 2000 la fama de ser territorio de hombres rudos y bebedores, con una historia específica de pandillas y crímenes con cuchillo que data de siglos atrás, hasta las bandas armadas con navajas del siglo XVIII”, detalla Will Linden, subdirector de la SVRU y uno de sus primeros integrantes.

En 2003, Linden se desempeñaba como analista policial bajo la dirección de McCluskey —entonces responsable de Análisis de Inteligencia en la Policía de Strathclyde— cuando se le encargó el informe para reducir homicidios.

“Al examinar la información, descubrimos que la mayoría de los homicidios ocurrían casi de forma fortuita”, comenta Linden.

“No eran planificados ni ligados al crimen organizado; normalmente, surgían de peleas entre dos personas donde una sacaba un cuchillo y apuñalaba a la otra.

Entendimos que no se podía concebir una estrategia para reducir homicidios sin contemplar la violencia globalmente, yendo más allá de acciones policiales puntuales”.

La crisis era tal que el jefe de policía William Rae les dio vía libre a McCluskey y a John Carnochan —subjefe de Investigación Criminal— para experimentar con soluciones.

Rae fundó el equipo que se transformaría en la SVRU dentro del cuerpo policial, aunque manteniéndolo algo independiente; así la policía podía atribuirse los logros y deslindarse de los fracasos.

“Nos dieron cierto margen y la libertad para fracasar”, dice McCluskey.

“Había la convicción de que, ante un problema tan grave, era necesario reinventar completamente el abordaje”.

Karyn McCluskey, una mujer pelirroja con una gabardina negra, vista en contrapicado en medio de dos casas en Glasgow.

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Desde su inicio, la SVRU adoptó un punto de vista de salud pública frente a la violencia, definiéndola más como una enfermedad que como un delito.

Decidieron enfocarse en la prevención y la intervención temprana, en lugar de reaccionar solo tras los hechos.

McCluskey compara esta estrategia con el control del sarampión: tratar a los enfermos, vacunar grupos vulnerables y evitar la propagación en la comunidad.

Esto resultó fundamental para el éxito futuro.

De modo simplificado, un enfoque de salud pública para la violencia comienza con la recopilación de datos para reconocer y entender el problema, luego examina los factores que incrementan el riesgo y aquellos que actúan como protección.

Casi dos tercios de la violencia afectan solo al 1% de la población escocesa.

Entre los factores de riesgo están ser hombre joven en áreas socialmente desfavorecidas, además de desempleo, pobreza y crecer en hogares inestables.

Factores que protegen incluyen seguir estudiando y mantener relaciones sólidas con los padres.

Luego se desarrollan intervenciones —como las sesiones del Tribunal del Sheriff de Glasgow, grupos de apoyo entre pares, programas educativos y colaboración con trabajadores sociales, médicos y docentes— para disminuir riesgos y fortalecer protecciones.

Estas medidas se prueban, implementan y expanden cuando tienen éxito, dando inicio a nuevos ciclos.

No obstante, gran parte de lo aplicado por la SVRU se basó en experiencias internacionales.

La idea de tratar la violencia como problema de salud pública surgió en EE.UU. durante la década de 1970.

Fue adoptada por la Organización Mundial de la Salud en 1996, cuando declaró la violencia como un grave problema global de salud pública.

Un aspecto esencial para la SVRU fue adaptar las enseñanzas internacionales a la realidad de Escocia.

Las sesiones de derivación voluntaria se inspiraron en un programa antibandas de Cincinnati (Ohio), que a su vez derivó del Proyecto de Prevención de la Violencia de Chicago.

Este último también usó un enfoque de salud pública para abordar la violencia en una ciudad con un alza drástica en homicidios, más de la mitad relacionados con bandas.

Expandiendo la estrategia

Un graffiti que lee: "Una hermana desconsolada, un amigo en shock. Sin cuchillos, vidas mejores". Es parte de la campaña en contra de los cuchillos en Escocia.

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“Nuestra especialización real fue adaptar ideas a la realidad específica de Escocia”, explica Linden.

“No se pueden copiar literalmente programas que funcionan en Chicago o Finlandia y aplicarlos directamente en Glasgow, ni transferir algo de Glasgow a Edimburgo. Es fundamental entender la escala y naturaleza del problema local para que funcione”.

Para la SVRU esto implicó salir de las comisarías y trabajar en hospitales, escuelas, servicios sociales, programas juveniles y comunidades.

Incluso formaron a dentistas para intervenir: aprendieron a identificar lesiones causadas por violencia, registrarlas y derivar a pacientes a recursos de ayuda sin que estos tuvieran que salir del sillón.

De igual forma, convencieron a autoridades educativas para reducir las expulsiones escolares: en el curso 2022-2023, hubo menos de 12.000 expulsiones en Escocia, comparado con el pico de casi 45.000 en 2006-2007.

A medida que la iniciativa ganó terreno, más actores se sumaron.

En 2008, la cirujana oral Christine Goodall y dos colegas fundaron la ONG Médicos contra la Violencia.

Cuando Goodall comenzó en cirugía maxilofacial en Glasgow a finales de los 90, los hospitales estaban saturados por pacientes con traumatismos faciales causados por violencia.

Décadas antes, la ciudad había dado nombre a una lesión específica: la “sonrisa de Glasgow”, una herida provocada al cortar la boca de la víctima hasta la oreja.

A comienzos de los 2000, el NHS colaboró con la SVRU en programas como el apoyo para el consumo de alcohol en trauma.

Goodall señala que estas medidas funcionaron, pero que creía que se podía hacer más.

“Solo dirigirse a pacientes con heridas es como cerrar el establo después de que el caballo se escapó”, comenta.

Médicos contra la Violencia lanzó un programa educativo en escuelas y el de Orientadores Hospitalarios, donde personal capacitado interviene al acudir a urgencias pacientes con lesiones por violencia.

Ambos programas continúan vigentes.

El cambio cultural más amplio siguió a medida que la SVRU reorientó el debate sobre violencia hacia la salud pública, según Alistair Fraser, profesor de Criminología en la Universidad de Glasgow.

La estrategia obtuvo apoyo creciente entre responsables de salud, educación, comunidades y el gobierno SNP inicial.

“La SVRU cambió los términos del debate y logró que todos actuaran acorde a ello”, apunta Fraser.

Este cambio se alineó con marcos vinculados a derechos y bienestar infantil, y con la identidad escocesa de solidaridad, igualdad y orientación social reforzada tras la creación del Parlamento escocés en 1999.

El éxito escocés en reducción de violencia es ahora un modelo admirado internacionalmente, seguido de cerca por sus vecinos.

Modelo de exportación

Desde 2019, con apoyo de la SVRU, se han establecido unidades de reducción de violencia (VRU) en 20 jurisdicciones policiales de Inglaterra y Gales, incluida Londres, que en 2025 concentró casi un tercio de los crímenes con arma blanca en ambas naciones.

Las evaluaciones iniciales indican una caída en las formas más graves de violencia en áreas con estas unidades.

Christine Goodall, cirujana oral, lleva una chaqueta azul y una camisa azul de pepas blancas. Tiene las manos en los bolsillos y mira directo a la cámara.

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Hoy, la SVRU forma parte de la Policía de Escocia y recibe US$1,45 millones anuales del gobierno escocés.

Kelly, de 30 años, enfrentó problemas físicos y mentales tras ser madre.

Creció en un ambiente familiar complicado, con dificultades para manejar el estrés y sus emociones, factores que aumentan el riesgo de violencia.

La BBC modificó el nombre de Kelly para proteger su identidad.

En 2024, buscando un ambiente más pacífico en su hogar, Kelly se unió a un grupo de apoyo de padres con hijos en edad preescolar, organizado por la SVRU como parte de su trabajo en intervención temprana para romper el ciclo intergeneracional de violencia.

“Antes de unirme, me sentía muy aislada”, cuenta.

“A menudo estaba abrumada, con poca autoestima y pasaba mucho tiempo en casa, lo que dañaba mis relaciones con mi pareja, mis hijos y quienes me rodeaban”.

Con el tiempo, notó cambios: “El grupo me ayudó a entender cómo mis experiencias previas afectaban a mi familia y a mí”.

“Comencé a procesar aspectos que antes no había enfrentado… Ahora sé que romper esos patrones puede generar un entorno mejor para mis hijos”.

Kelly relata que su relación con su pareja y madre mejoró.

Siente más apoyo en casa y menos aislamiento gracias a conexión con otros padres.

Ahora aspira a retomar su trabajo y quiere ayudar a otros en su comunidad.

Queda camino por recorrer: un estudio de 2024 indicó que la reducción de violencia grave se ha desacelerado, en parte por la carencia de “espacios seguros” para jóvenes.

Jimmy Paul, director de la SVRU desde 2023, señala además los retos de las redes sociales, las secuelas duraderas de la pandemia covid-19 y que casi uno de cada cuatro niños en Escocia vive en la pobreza.

Una persona que duerme en la calle en carpas en Edinburgo.

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“Podemos avanzar más; creemos que la violencia es evitable y no un destino fatal, por lo que debemos actuar frente a estos retos”, indica Paul.

Destaca el trabajo continuo en escuelas, asociaciones para personas sin hogar y el uso de datos por parte de la SVRU para identificar zonas críticas de intervención.

“Seguimos siendo catalizadores de este ‘creciente coro de voces’, ayudando a otros a reconocer su rol en la reducción de violencia”.

McCluskey actualmente lidera Community Justice Scotland, órgano independiente con financiamiento del gobierno escocés basado en evidencias, encargado de la justicia comunitaria.

Coincide en que hoy la mayoría de acusados de asesinato tienen entre 30 y 40 años, distinto a antes, cuando predominaban adolescentes y jóvenes adultos.

Esta tendencia podría implicar nuevas intervenciones, aunque reconoce el enorme cambio experimentado.

Además, señala que, aunque recuerda los nombres de muchas víctimas de violencia, ha perdido la cuenta de cuántas vidas han cambiado gracias al movimiento escocés.

A veces, camina por Glasgow y reconoce a alguien antes involucrado en violencia.

“Puede que nos crucemos sin hablar,” explica.

“Luego me envían un mensaje diciendo: ‘Mira, ahora tengo otra vida: nueva pareja, un hijo y trabajo’”.

Y concluye: “No decimos nada en ese instante, solo nos miramos y reconocemos que formamos parte de algo juntos”.

Esta es una adaptación al español de una historia publicada originalmente en inglés por BBC Future. Para leer esa versión, haz clic aquí.

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