Desalojados por el incendio en Los Gallardos: «Mi madre pasó la Dana en Paiporta, yo recién operado y ahora enfrentamos esto»

Agradecen la generosidad de los ayuntamientos y la labor realizada por la UME y los bomberos, aunque expresan su descontento por la información desactualizada proporcionada por la Junta de Andalucía.

Moisés y su madre, junto a los hijos de este, ayer, en una habitación del convento de Antas, Almería

Parece que nadie logra comprender completamente por qué el incendio de Los Gallardos (Almería) ha provocado un saldo tan devastador. «Mi cuñado me comentaba esta mañana que ayer al volante lo vio«, señala una mujer en el convento de Antas, preparado ahora por el Ayuntamiento para alojar a las personas evacuadas. «Decía que parecía que con una chaqueta o una manta se podía extinguir. Pero bueno, así estamos ahora«, añadía. Ese “así” representa 12 cuerpos calcinados en vehículos —»No sé si es cierto, pero se escuchaba que había un coche con una familia abrazada«, susurra una voluntaria en el pabellón de Garrucha—, 23 personas desaparecidas y más de 1.400 evacuadas.

Moisés y su familia son algunos de los que aún estaban buscando ayer por la tarde. Mientras dialoga con EL MUNDO, recibe una llamada de una vecina de Bédar preguntando por su ubicación. Son cinco (su esposa, sus dos hijos de cuatro y cinco años, y su madre Loli) alojados en una habitación del convento, enfrentándose a las preguntas típicas tras un incendio, reflexionando sobre las vueltas de la vida y mostrando un profundo agradecimiento hacia una comunidad que está volcándose completamente con quienes han perdido sus hogares.

El pensamiento que ronda a Moisés es la paradoja de cómo una situación, que podría haberle costado la vida, terminó siendo la causa que le permitió salvar a su familia. Su abdomen está suturado con grapas tras una operación para corregir las secuelas de una colectomía previa. Fue dado de alta solo 24 horas antes del incendio. «Si el fuego se hubiese declarado cuando estaba hospitalizado, creo que hubiese muerto solo al imaginar cómo mi esposa, que no sabe conducir, habría salido con los niños», asegura. Todos se encuentran bien, aunque ella es reservada y rechaza ser fotografiada.

Moisés menciona una de las inesperadas coincidencias que ahora le atormentan. Otra ocurrió en el momento en que se dieron cuenta de que algo malo sucedía el jueves por la tarde. Estaban a punto de salir al parque cuando al abrir la puerta, el pequeño Musa, de cuatro años, percibió el humo. Poco después escucharon el sonido inusual de las campanas y el golpeo de las palmas de sus vecinos, alertándose mutuamente. Luego vino esa prisa que, en las urgencias graves, reduce la vida a una o varias bolsas. «Si lo pienso, no sé cómo pude conducir con el dolor», confiesa.

«Mi madre vivió la DANA estando en Paiporta y ahora esto», continua, encogiendo sus hombros tatuados. Su piel refleja parte de la historia de su vida combativa como «luchador». Conoció la dura Valencia de finales del siglo XX y comienzos del XXI, junto con la realidad de las gradas del fútbol. «Traje a mis hijos [de Marruecos] a Bédar para que no vivieran la Valencia que viví yo, y míranos ahora», dice frente a su familia. «Pasé meses comiendo solo pan con arroz para costear los papeles y trámites burocráticos». En su brazo izquierdo lleva tatuado «amor y familia», y en la mano, la luna creciente y la estrella, emblemas que representan la protección del hogar y el renacer, simbolizando también la historia personal de Moisés.

«Dejé los pájaros que criaba allí y, aunque mucha gente no comprenda el cariño hacia los animales, a mí me importan«, dice. Su madre rememora que, debido a la prisa —que les hizo llevar solo dos bultos para cinco personas—, dejaron las ventanas y puertas abiertas, lo que le afecta al recordarlo. «Por la carretera por la que vinimos, dicen que es donde aparecieron los coches con los fallecidos«, afirma Moisés, y es la única vez en esta charla que casi suspira, pero no lo hace: «No sé si volveremos a nuestra casa», comparte, «tenemos una orden de desahucio para dentro de unos meses». En ese momento, las lágrimas recorren su mejilla. «Tengo una pensión muy baja con la que mantenernos e intentar pagar el alquiler».

En la planta baja del convento aguardan novedades Samantha y Eric. Son dos británicos a quienes se les cree la nacionalidad solo por fe, dado que hablan un español tan perfecto que parece aprendido al revés: primero los matices y luego las palabras, algo que contrasta con la mayoría de extranjeros -cerca de 2.000- que residen en la zona.

Ambos viven en Los Chopos, una pedanía próxima a Los Gallardos. «En la noche del jueves, las actualizaciones del Infoca [portal oficial de la Junta de Andalucía para emergencias de este tipo] llevaban ocho horas sin modificarse», señala Eric. «¿Cómo es posible que no haya alguien en una oficina o un sistema automático que renueve los datos?«, añade Samantha.

«La orografía del lugar donde vivimos es complicada, no se veían las llamas detrás de las crestas de los valles y las montañas», explica Samantha. «Pero a lo lejos se observaba el cielo iluminado de naranja en la oscuridad«.

Decidieron marcharse ayer por la mañana tras haber dormido fragmentos de una hora durante la noche. Buscaron otra alternativa al pabellón habilitado en Garrucha porque ya han experimentado un desalojo por incendio y el calor habitual en este tipo de instalaciones, debido a un efecto invernadero, no es apto para su perro, Chomsky, de 15 años y con varios problemas cardíacos, como recordó Samantha durante el desalojo en 2012 por otro incendio en Bédar. En aquella ocasión, vivían alquilados temporalmente en una casa que probablemente esté gravemente afectada ahora. Por eso, Samantha evita contactar con su ex casero. En aquel incendio, ella actuó como intérprete improvisada para alertar puerta por puerta a los extranjeros e intentar que se unieran a un convoy para evacuar el pueblo.

«Tanto entonces como ahora, según lo que sé, las cosas se están gestionando relativamente bien en cuanto a los avisos para desalojar«, opina. «La generosidad y disposición de los ayuntamientos cercanos, además del trabajo de los bomberos y la UME, son lo que nos está salvando y por lo que debemos estar agradecidos».

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