El centrocampista argentino, pretendido por el Real Madrid, proviene de una familia modesta de San Martín.
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En medio del frenesí del Mundial, mientras Argentina busca conservar su título y el Real Madrid lo sitúa como prioridad en su lista de incorporaciones, Enzo Fernández continúa rememorando sus raíces: una vivienda sencilla en San Martín y un padre que salía a trabajar en bicicleta antes del amanecer.
Con 25 años, establecido como un mediocampista clave para la Albiceleste y el principal objetivo del renovado Madrid de José Mourinho, el argentino prefiere definirse con una imagen alejada de los focos y los rumores del mercado: «Mi padre trabajaba a 25 cuadras de casa y salía en bicicleta a las 6 de la mañana».
Esta declaración forma parte del documental ‘Campeones, un año después’, donde Fernández repasó sus orígenes familiares y la influencia de sus padres en cada uno de sus logros.
En esta entrevista, realizada tras coronarse campeón del mundo en Qatar 2022, el jugador detalló el silencio de la casa cuando su padre se levantaba para ir a trabajar, el gesto de despertarse solo para asegurarse de que ya había salido, y la certeza de que ahora es él quien sostiene a sus «viejos» como ellos le sostuvieron en su momento.
El contexto es esencial: el joven que hoy acapara portadas como un posible fichaje por más de 100 millones nació en una familia obrera, con Raúl dedicado a la pintura y Marta trabajando como empleada doméstica, y aprendió de ellos el verdadero significado del esfuerzo.
El fútbol, según su relato, se integró en esa escena como una extensión de la vida barrial. Enzo comenzó a jugar en La Recova, el club local donde su padre entrenaba a una categoría mayor.
En San Martín, su infancia fue sencilla pero no marcada por la pobreza absoluta: enfrentando el impacto económico de la crisis del 2001, las «changas» (trabajos temporales) de Raúl para mejorar los ingresos, y tardes interminables en el potrero, donde el anhelo de llegar a Primera coexistía con la necesidad de apoyar en casa.
Enzo Fernández, junto a Leo Messi, durante un partido del Mundial.
Su padre resumió en alguna entrevista: «Somos una familia humilde. He trabajado toda la vida y eso es lo que le inculqué: que con humildad se puede todo y que nunca deje de soñar».
El niño que pateaba la pelota para respaldar a sus compañeros, que se convirtió en futbolista entre viajes en colectivo, entrenamientos y tareas familiares, es el mismo que hoy dirige el mediocampo de la Albiceleste en el Mundial mientras su nombre figura entre los grandes activos del mercado.
A pesar de ello, cada vez que evoca su historia, Fernández insiste en que la imagen que debe definirle no sea la de un cheque, sino la de una bicicleta.
En el mismo documental, reafirma que sus «viejos» son «unos cracks» y que su esposa e hija completan el núcleo principal de todo lo que es importante para él.
En medio del constante rumor sobre su posible llegada al Bernabéu y la presión de un Mundial, el mediocampista construye su propia narrativa: la de un hijo de un trabajador que se levantaba a las seis de la mañana, que se hizo futbolista observando cómo su padre recorría 25 cuadras cada día, y que hoy, mientras el mercado vibra con su nombre, valora el éxito como la posibilidad de que esa bicicleta ya no se vuelva necesaria.

