La precariedad laboral limita a miles de españoles en su posibilidad de vivir en pareja debido a restricciones financieras.

Un análisis de Funcas revela de qué manera las condiciones materiales afectan la posibilidad de construir un proyecto de vida en pareja

Una camarera joven prepara café en una máquina industrial. Sobre el mostrador hay vasos de cartón, servilletas y un teléfono móvil que muestra un corazón rojo.

“Los ricos y los pobres no aman de igual manera. Los pobres aman con las manos”, escribía Gata Cattana, señalando cómo las circunstancias materiales nos atraviesan hasta los rincones más íntimos de nuestra vida personal. En esos espacios se esconde el deseo de querer y ser querido, de crear un proyecto de vida y de establecer un hogar. Una meta sencilla y fundamental —dado que somos seres sociales— que a menudo se ve truncada por la constante precariedad que permea toda la sociedad.

Lo que la poetisa y rapera intuyó, Funcas lo concreta en datos: en España existe una correlación clara entre convivir en pareja y el empleo inestable. Su estudio más reciente señala que las mujeres sufren un mayor impacto cuando el trabajo es precario. De hecho, sin importar su nivel académico, si el empleo es inestable, sus posibilidades de formar un hogar con su pareja disminuyen significativamente.

PUBLICIDAD

Las universitarias con empleo inestable tienen un 32% menos de probabilidad de vivir con su pareja en comparación con las que cuentan con un empleo estable; mientras que entre mujeres sin estudios universitarios, esa reducción alcanza el 29%. No se trata solo de cifras, sino de las condiciones que habilitan o dificultan transformar el amor en una vida compartida.

Las condiciones materiales del amor

Aunque ellas sufren en mayor medida esta desventaja, ellos también enfrentan obstáculos para convivir con su pareja. En particular, cuando se conjugan dos factores: empleo precario y bajo nivel educativo. Según Funcas, los hombres sin estudios universitarios y con inestabilidad laboral tienen un 23% menos de probabilidad de comenzar a convivir en pareja que aquellos que poseen empleo estable y educación universitaria.

PUBLICIDAD

Compartir la vida con otra persona implica afrontar pagos de alquiler o hipoteca, asumir gastos de servicios, amoblar el hogar, depositar fianzas, realizar la compra, coordinar desplazamientos y planificar el futuro. En un mercado laboral caracterizado por la temporalidad, bajos salarios e incertidumbre, especialmente entre los jóvenes, formar un hogar resulta prácticamente un desafío económico.

El estudio se basa en datos del CIS de enero de 2025, diferenciando a la población entre laboralmente estable e inestable. En el primer grupo se incluyen asalariados permanentes, autónomos y empleadores; en el segundo, temporales, desempleados y personas dedicadas a labores del hogar. Con esa clasificación, Funcas examina cómo la situación laboral y el nivel educativo influyen en la transición hacia la convivencia en pareja.

PUBLICIDAD

La conclusión es desalentadora: las desigualdades económicas no se limitan al salario. También afectan los proyectos de vida: quién puede independizarse, quién puede compartir gastos, quién es capaz de sostener una convivencia y quién queda atrapado en una espera indefinida.

La precariedad no priva a los trabajadores de su capacidad para enamorarse, pero sí dificulta que una relación evolucione hacia un hogar compartido.

Miles de personas marcharon en las calles de Madrid para conmemorar el Día Internacional de los Trabajadores. Bajo el lema 'Salarios, vivienda y democracia', los manifestantes reclaman mejores condiciones laborales y el fin de la precariedad.

La treintena como etapa decisiva

Aunque la precariedad afecta en todas las edades, su peso se intensifica al sumarse la presión social para constituir una familia. Funcas ubica la treintena como un momento crucial. Es la etapa en la cual suelen consolidarse los proyectos de vida, cuando el grado de ‘adulto funcional’ se mide a través de tener vivienda, pareja, estabilidad y perspectivas. Sin embargo, también es el periodo donde se acentúan las diferencias laborales y educativas.

PUBLICIDAD

Entre los 30 y 44 años, el 70% de los hombres universitarios con empleo estable vive en pareja, en contraste con el 52% de aquellos sin estudios universitarios y con empleo inestable. En el caso de las mujeres en esa franja, la probabilidad de convivir en pareja alcanza el 75% entre universitarias con empleo estable, disminuye hasta el 64% entre las universitarias con empleo precario y es del 71% entre quienes no poseen estudios superiores y enfrentan una situación laboral inestable.

En términos prácticos, el estudio muestra dos dinámicas diferentes. Para los hombres, el principal impedimento surge cuando se combinan precariedad y bajo nivel educativo. Para las mujeres, la inestabilidad laboral tiene un impacto más transversal: afecta tanto a las universitarias como a las sin estudios superiores.

PUBLICIDAD

El amor también requiere un hogar donde arraigar

Además del bloqueo laboral, se suma la crisis de la vivienda. Sin un espacio propio, el amor puede que nunca complete su transformación: pasar de un vínculo afectivo a un hogar compartido. En España, esa evolución permanece fuera del alcance de muchos jóvenes.

Los datos oficiales permiten comprender esta situación. Aparte de ser tardío y precario, el empleo juvenil suele ir acompañado de salarios muy ajustados. Los menores de 25 años ganaron en promedio 1.372,8 euros brutos al mes en 2024, cifra que representa 14,6 euros menos que el año anterior, según el decil de salarios del empleo principal del INE. Fue la primera disminución salarial en esta franja etaria en una década y el único retroceso detectado entre todas las categorías analizadas.

PUBLICIDAD

Con ese salario se deben afrontar los gastos básicos y, si es posible, encontrar un hogar donde empezar a construir. Pero la vivienda no se vuelve accesible: el Índice de Precios de Vivienda del INE indica que los precios aumentaron un 12,7% de media en 2025, marcando el mayor incremento anual desde 2007. La vivienda nueva subió un 11,3% y la de segunda mano un 12,9%.

Cuando los ingresos no alcanzan para cubrir esos costos, muchas relaciones permanecen en estado de crisálida: existen y laten, pero no encuentran un espacio donde desplegar sus alas y emanciparse.

PUBLICIDAD

Scroll al inicio