León XIV concluye en Canarias la labor iniciada por Francisco: «Los migrantes son individuos con aspiraciones, no solo números»

El Papa lanza un llamado a Europa desde el ‘muelle de la vergüenza’ un día antes de la ratificación del Pacto sobre Migración

El Papa León XIV reza ante una cruz hecha con madera de embarcaciones en las que los inmigrantes llegan a Canarias, ayer en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria).

Colocar al ser humano en el centro es el mensaje que el Evangelio ha transmitido durante siglos, y que el papa León XIV reivindica desde el inicio de su pontificado. Lo expresó en su primera encíclica Magnifica Humanitas, donde alertó sobre los peligros de subordinar al ciudadano ante el avance de la Inteligencia Artificial. Este enfoque lo ha reiterado en numerosas ocasiones durante su visita a España, visitando a personas sin hogar, encarcelados… Sin embargo, el momento más destacado se vivió ayer en el puerto de Arguineguín con los migrantes. Pese a ser breves instantes, la solemnidad del acto dio significado pleno, haciendo olvidar las horas de espera bajo el sol y la falta de descanso a los que aguardaban en el puerto unidos. «Queridos migrantes: antes de pronunciar cualquier palabra, deseo inclinarme ante su dignidad», anticipó el Pontífice.

El interés de León XIV por visitar España respondía a la necesidad de concluir las iniciativas que su predecesor, Francisco, dejó inconclusas. Por esto, en octubre pasado presentó su primera exhortación apostólica, Dilexi Te, retomando una de Bergoglio. Tenía pendiente la reunión con la migración española, que el papa argentino no pudo cumplir debido al agravamiento de su enfermedad pulmonar que ocasionó su fallecimiento.

En España, conscientes del deseo de León XIV de pisar suelo canario, extendieron la invitación al Vaticano para prolongar su viaje, y finalmente el archipiélago fue la última parada. Sin embargo, fue en la ceremonia más sencilla donde todo adquirió verdadera relevancia.

El Santo Padre aterrizó este jueves en la base aérea de Gando antes de las once de la mañana, hora local. Era la primera ocasión en que un sucesor de San Pedro llegaba al archipiélago. Prefería una jornada con poca presencia oficial, pero al pie del avión le aguardaban el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; la ministra de Defensa, Margarita Robles; y el de Política Territorial, Ángel Víctor Torres. A la comitiva, que sumó al ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, se unieron alrededor de dos mil personas en el puerto de Arguineguín, donde el 75% eran migrantes, reflejo de la realidad insular.

El puerto de Arguineguín fue denominado como ‘muelle de la vergüenza’ en 2020, cuando hasta 3.000 migrantes se apiñaban expuestos al aire libre, sin perspectivas una vez concluidos con éxito sus viajes marítimos, dejando atrás a muchos otros. Este jueves, el Papa rindió homenaje tanto a los que lograron sobrevivir como a quienes perdieron la vida. Se realizó una ofrenda floral al mar. León XIV, acompañado por dos jóvenes supervivientes de los cayucos, arrojó una corona al Atlántico y guardó un minuto de silencio en oración por los fallecidos. Luego, fuera del protocolo, se produjo el gesto más significativo del día.

León XIV se volteó, sostuvo la mirada con uno de los jóvenes—piel negra, cabello rapado con la parte superior decolorada—y colocó su mano sobre su frente. Permaneció así, bendiciéndolo, por varios segundos. Inmediatamente hizo lo mismo con el joven a su lado. Serio, cercano, pero con la autoridad que confiere ser el vicario de Jesucristo. El público respondió con aplausos y los jóvenes llevaron la mano al pecho.

No fue necesario nada más. Eso era lo que debía hacerse: situar a la persona en el centro. Así lo expresó el Santo Padre en su discurso desde el muelle, en un improvisado altar blanco. «Los discípulos de Jesús no pueden ignorar el clamor de quienes claman desde la oscuridad», inició el Papa. Subrayó la importancia de que «cuando el migrante deja de ser ‘uno más’», deja de ser solo una categoría o una cifra. Solo entonces se comprende que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y la conciencia ya no admite justificaciones». Una vez más, el Santo Padre instó a todas las naciones a un examen de conciencia. A las de origen les pidió «crear condiciones de paz, justicia y desarrollo»; a las de tránsito, «proteger y no abandonar a los vulnerables a las redes criminales»; y fue especialmente contundente en su mensaje hacia Europa: «No puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico se conviertan en cementerios sin lápidas».

En la homilía de la Misa vespertina, el Papa también solicitó «rezar juntos por quienes han perdido la vida en el mar» y dirigió un llamado al público de Arguineguín: «Que la historia no nos acuse de haber convertido el sufrimiento de los que padecen en un paisaje cotidiano de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que arriba nos cuestiona qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos protegerla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros», afirmó.

El Papa concluirá su encuentro con migrantes este viernes en el Centro de Internamiento Las Raíces, en Tenerife. Allí cerrará un ciclo que finaliza las cuentas pendientes de Francisco y reincide en poner a los migrantes en el centro.

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