El base del Real Madrid regresa a sus raíces para relajarse y desconectar entre temporadas.
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El estruendo del Movistar Arena, la presión de la Euroliga y la demanda del deporte profesional se desvanecen por completo cuando Sergio Llull cruza el Mediterráneo. Al concluir cada temporada con el Real Madrid, el base menorquín busca anonimato y descanso en un espacio muy concreto de su tierra natal: Es Castell.
Este pequeño municipio, que cuenta con apenas 7.800 habitantes y 11 kilómetros cuadrados, se ha transformado en su refugio favorito, un remanso de paz que esconde una de las historias más destacadas de la geografía española.
Es Castell sobresale en el mapa por una ventaja geográfica exclusiva: al encontrarse en el punto más oriental de la isla de Menorca, es el primer lugar en toda España donde cada día aparece el sol. Para Llull, este lugar representa una desconexión plena.
Alejado del foco mediático, el deportista participa como un vecino común, disfrutando de la navegación en embarcaciones tradicionales, paseando por sus muelles o integrándose en el ambiente local durante las fiestas patronales de Sant Jaume. La relación del jugador con la localidad es tan fuerte que el propio ayuntamiento nombró la zona deportiva municipal en su honor.
No obstante, el atractivo de este refugio no radica solo en su serenidad actual, sino también en su notable pasado arquitectónico y cultural. A diferencia de otros pueblos mediterráneos, Es Castell tiene un origen marcado por la influencia inglesa.
Sergio Llull, con el Real Madrid de baloncesto Europa Press
Fue establecido por los británicos en 1771 con el nombre de Georgetown, en homenaje al rey Jorge III, originalmente concebido como un punto estratégico en las proximidades del Castillo de San Felipe.
Los ingenieros militares de la corona inglesa planificaron el pueblo desde cero con un diseño ortogonal preciso, repleto de calles rectas y amplias para facilitar el desplazamiento rápido de tropas y artillería hacia la plaza principal de armas.
Recorrer hoy sus calles equivale a retroceder en el tiempo. Las fachadas mantienen el característico «rojo inglés», un tono granate intenso que trajeron los británicos para imitar el color de sus tradicionales ladrillos.
Además, las viviendas conservan las ventanas de guillotina originales, un detalle arquitectónico poco habitual en las Islas Baleares. En las afueras, la historia militar permanece oculta bajo tierra en el Fuerte de Marlborough, una fortificación del siglo XVIII excavada completamente en la roca para pasar desapercibida ante los cañones enemigos del mar.
El centro social del pueblo palpita en Cales Fonts, un antiguo muelle pesquero transformado en un pintoresco paseo marítimo. Su particularidad radica en que los actuales restaurantes y comercios están situados dentro de antiguas cuevas excavadas en el acantilado, el mismo lugar donde los pescadores almacenaban sus embarcaciones y redes en tiempos pasados.
Es en estas terrazas, junto al agua y protegidas por la piedra, donde Sergio Llull recarga energías cada verano, demostrando que el mejor sitio para desconectar es el primer rincón de España que despierta cada día.

