El interés por el morbo en los viajes: explorar ciudades a través de la historia de sus criminales más notorios

Las rutas de Jack el Destripador en Londres, los bares de Al Capone en Chicago o los recorridos inspirados en crímenes reales en Mallorca atraen cada vez a más turistas. La psicóloga Silvia María Campos lo analiza

Foto: Una calle iluminada por la noche. (iStock)

Disfrutar de una bebida en el pub londinense que visitaban varias víctimas de Jack el Destripador (The Ten Bells), explorar los bares clandestinos de Al Capone en Chicago o rastrear en Mallorca algunos de sus crímenes más relevantes ya forman parte de la oferta turística de varias ciudades. El denominado dark tourism o turismo oscuro transforma hechos criminales reales en vivencias para viajeros atraídos por el aspecto más sombrío de la historia.

Al Capone, Jack el Destripador… son nombres que han trascendido y muchos aficionados al true crime desean recorrer las calles donde llevaron a cabo sus crímenes. ¿Qué explica la atracción hacia los lugares ligados a estos notorios criminales?

«Nos atrae porque nos permite asomarnos a lo prohibido, lo transgresor… sin estar en peligro. El crimen quiebra las normas, y eso genera un interés especial. De alguna manera, nos posibilita mirar lo más oscuro del comportamiento humano desde una perspectiva segura. Además, al ubicar los hechos en un espacio tangible, la experiencia se vuelve más intensa en términos emocionales», responde Silvia María Campos, psicóloga clínica y jefa de estudios del Grado de Psicología de la Universidad Alfonso X el Sabio.

El interés por descubrir ciudades siguiendo las huellas de criminales reconocidos o dark tourism ha crecido notablemente en los últimos años, así como la demanda de contenidos relacionados con crímenes reales en diferentes soportes: podcasts, series, películas, libros… Silvia María señala que, al convertirse el crimen en un producto cultural más, se ha logrado «convertirlo en una experiencia turística».

«El true crime no solo informa, también provoca emociones y engancha. No se limita a contar relatos, sino que los narra emotivamente, fomentando fascinación, intriga e incluso empatía. Esto hace que muchas personas deseen ir más allá del consumo pasivo y transformarse en de algún modo protagonistas de la experiencia«, añade la psicóloga.

De criminales a íconos culturales

Probablemente las rutas basadas en crímenes reales, así como las series o cualquier otro producto cultural, despiertan interés porque «responden a necesidades humanas muy básicas como la curiosidad, la emoción y la búsqueda de comprensión». Más aún, figuras como Al Capone o Jack el Destripador se han convertido en iconos culturales, en «personajes casi cinematográficos, con cierto carisma. El problema radica en que, en ese proceso, a menudo se diluye el daño real que causaron».

El exterior del Ten Bells Pub, Spitalfields, Londres (iStock)

Asimismo, preocupa a la psicóloga que este auge pueda provocar que se deje de percibir el crimen como algo real. «Puede generar desensibilización frente a la violencia o incluso promover una fascinación poco crítica, glorificando o normalizando la conducta criminal. De igual manera, podría incrementar la percepción de inseguridad y, en ciertos casos, provocar ansiedad o reactivar experiencias personales relacionadas», afirma Silvia María.

¿Este tipo de turismo banaliza el sufrimiento de las víctimas?

La banalización del sufrimiento de las víctimas es la mayor preocupación para los expertos; especialmente cuando «el foco se sitúa en el criminal como figura fascinante«. «Si no se contextualiza adecuadamente, puede deshumanizar a las víctimas y reducir hechos muy graves a una mera experiencia de consumo. Sin un enfoque respetuoso y equilibrado, se trivializa el sufrimiento y se insensibiliza al público frente al dolor de las víctimas», subraya la psicóloga.

El límite ético está donde se pierde el respeto a las víctimas. Cuando el objetivo es comprender, contextualizar y educar, hablamos de divulgación

Entonces, ¿dónde se encuentra el límite ético entre la divulgación histórica y el espectáculo? «Considero que el límite ético aparece cuando se pierde el respeto hacia las víctimas. Si el propósito es comprender, contextualizar y educar, estamos ante divulgación. En cambio, si se prioriza el impacto o el beneficio económico, existe el riesgo de convertirlo en espectáculo. Por eso, el enfoque resulta fundamental», indica Silvia María.

Por esta razón, no es igual visitar Auschwitz que la casa de Jeffrey Dahmer o la ruta de Jack el Destripador. «Cada año viajo con mis estudiantes a Auschwitz, y esta experiencia apela a la memoria colectiva, al respeto y a la reflexión. Otros lugares pueden despertar más la curiosidad individual o incluso el morbo. La diferencia no radica solo en el lugar, sino en el enfoque que se dé para que la experiencia sea educativa y reflexiva en vez de acercarse al entretenimiento», concluye.

Entre la memoria histórica, el morbo y la curiosidad humana, el turismo oscuro sigue creciendo en todo el mundo. La cuestión es si quienes recorren estas rutas buscan entender la historia… o simplemente experimentar la emoción de aproximarse, aunque sea por unas horas, al lado más oscuro de la naturaleza humana.

Disfrutar de una bebida en el pub londinense que visitaban varias víctimas de Jack el Destripador (The Ten Bells), explorar los bares clandestinos de Al Capone en Chicago o rastrear en Mallorca algunos de sus crímenes más relevantes ya forman parte de la oferta turística de varias ciudades. El denominado dark tourism o turismo oscuro transforma hechos criminales reales en vivencias para viajeros atraídos por el aspecto más sombrío de la historia.

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