El problema con la democracia en México no es político, sino económico. El sistema electoral está diseñado para legitimar la ilusión de cambiar las estructuras que sostienen la crisis con el simple hecho de tachar a un partido diferente al actual.
En tanto la gente se esperanza en el voto, el hambre no cesa, fundamentalmente, porque sea cual sea el candidato, el aparato financiero es intocable. Puede cambiar la política económica, es decir, la forma de distribuir el dinero, pero la impunidad capitalista pervive en detrimento de la clase trabajadora, y a su vez, del bienestar popular.
El esquema político mexicano apunta a la sobrevivencia de los monopolios en aras del “crecimiento económico”. Lo que se hace en cada elección es optar por un nuevo entendimiento del mismo sistema, sin que el sistema en sí cambie. Gatopardismo político. Un círculo vicioso en el que la llamada democracia mexicana ha dado vueltas por sexenios. Así, ya por la izquierda o por la derecha, todo es redundar. En pocas palabras: una farsa.
