El técnico salmantino afronta su destino públicamente con la profunda decepción de no haber logrado títulos en su paso al primer equipo.
Más información: Arbeloa contempla el futuro del Madrid sin su figura: «Mourinho es el nº 1, ‘uno di noi’. Si regresa, estaré orgulloso de verle de vuelta en casa»
«El día que todo esto termine me iré con la conciencia tranquila». Álvaro Arbeloa declaró esto el sábado en rueda de prensa con la calma de quien ya ha aceptado lo que le espera.
No fue un comentario pasajero. En esencia, era una despedida. Sutil, sin histerismos y guardando la compostura que ha marcado cada una de sus apariciones públicas desde que en enero aceptó un reto que pocos se habrían atrevido a afrontar.
El salmantino asumió el banquillo del Real Madrid en condiciones casi imposibles. El equipo estaba fragmentado internamente, con Xabi Alonso a punto de salir y las relaciones con tres figuras clave del vestuario –Vinicius, Valverde y Bellingham– en una crisis difícil de entender.
Arbeloa, que semanas atrás dirigía en Primera RFEF, aterrizó en la institución futbolística más grande del planeta sin tiempo para descansar, con un calendario extremadamente apretado y la obligación de apagar incendios antes de poder implementar su propio estilo. Partidos a ritmo de tres días. Sin pretemporada. Sin espacio para fallos. Y con la atención mundial puesta en él.
Es indiscutible que logró calmar la situación inicial. Los tres jugadores con quienes la convivencia se había vuelto tensa recuperaron su nivel, y el vestuario, al menos exteriormente, retomó el pulso que había perdido.
Este fue su primer gran triunfo, discreto y jamás reconocido públicamente, fiel a la máxima que reiteró el sábado: «Lo primero que aprendí es que lo que sucede en el vestuario, debe quedarse ahí».
Esta regla, que ha aplicado desde sus días como futbolista, se convirtió en su protección y en su forma de dirigir.
Un conflicto tras otro
Las polémicas no dejaron de suceder. Una tras otra, casi sin descanso. La tensa relación con Dani Carvajal debido a la gestión de sus minutos, que puso en riesgo su participación en el Mundial -al que ya confirmó que no irá-. El choque con Raúl Asencio. La ruptura definitiva con Ceballos, quien solicitó al técnico no mantener contacto con él y aceptó su salida en verano.
Y la filtración que más afectó a Arbeloa y también al propio Florentino Pérez: el incidente entre Tchouaméni y Valverde, un conflicto interno que trascendió a la prensa y que el técnico intentó minimizar, aunque dañó la imagen de cohesión que tanto quería mantener.
En la recta final, el desencuentro con Mbappé por la suplencia en el último partido en el Bernabéu. En todas esas situaciones, Arbeloa mantuvo la misma postura: defendió públicamente a sus jugadores y se mantuvo en absoluto silencio sobre los detalles reales.
Mbappé entrando al campo durante el Real Madrid – Oviedo. EFE
Esta coherencia tuvo su precio y Arbeloa lo afrontó. El vestuario, pese a sus intentos, escapó a su control en múltiples momentos, lo que empaña un balance positivo. El técnico admitió sin adornos cuál fue su mayor frustración: «Cuando no se gana».
Le duele no haber logrado ayudar al club y a sus jugadores a lograr la única meta que en el Madrid importa: conquistar todos los títulos. Aun así, atribuir el fracaso colectivo solo a la gestión del vestuario sería injusto hacia un entrenador que también sufrió ataques desde fuera.
Golpeado por los árbitros
La polémica expulsión de Camavinga en el partido frente al Bayern en Múnich, que condicionó la eliminatoria europea, fue solamente el caso más visible de varias decisiones arbitrales que el Real Madrid criticó insistentemente a lo largo de la temporada.
El club ha señalado que se le han arrebatado entre 16 y 18 puntos en La Liga por errores arbitrales, una cifra que habría cambiado radicalmente el curso del campeonato.
Arbeloa nunca usó esos datos como justificación, pero tampoco los dejó pasar por alto. Al mencionar «circunstancias como la de Girona» -el penalti no señalado a Mbappé, que terminó con una ceja rota- hacía referencia precisamente a ese entorno adverso que el equipo ha enfrentado semana tras semana en la competición nacional.
Con todo esto en consideración, el futuro de Arbeloa continúa siendo una incógnita. El salmantino se despedirá, cuando el club oficialice la noticia, como entrenador del Real Madrid y de la Primera División.
Se trata, sin duda, de un gran avance en su trayectoria, algo que él mismo reconoció: «Estos cuatro meses han sido una experiencia extraordinaria, un aprendizaje inmenso. El estar a diario aquí ha supuesto un crecimiento significativo, un máster».
Si permanecerá dentro de la estructura del club o comenzará de forma independiente su carrera en los banquillos tras su debut en el escenario más grande, aún no está decidido. Lo que sí es seguro es que el Madrid seguirá sin él.
El regreso del maestro
Porque el camino hacia el retorno de José Mourinho está marcado y Arbeloa fue el primero en apoyarlo. «Es el número 1. José es y será siempre uno di noi. Si está aquí la próxima temporada, estaré encantado de verle de regreso en casa».
Sus palabras fueron claras y contundentes. El discípulo abriendo la puerta a su maestro.
Mourinho encontrará un equipo con una misión difícil y clara. Su prioridad principal será lograr la armonía definitiva entre Kylian Mbappé y Vinicius Júnior, dos talentos cuya convivencia en el campo no ha terminado de fluir con la consistencia necesaria para un proyecto ganador.
En segundo lugar, fortalecer una defensa que ha encajado demasiados goles y que enfrentará el verano con varias incógnitas en su formación, sobre todo en los sectores derecho y central. En tercer lugar, aunque posiblemente el más crucial, recomponer la unidad de un vestuario que ha mostrado fracturas durante las últimas dos temporadas.
José Mourinho, en el banquillo del Benfica. Reuters
Porque lo que Mourinho hallará en Valdebebas no es solo un plantel lleno de talento excepcional. Es también la acumulación de cicatrices tras dos años turbulentos: la decadencia y salida forzada de Ancelotti, el breve paso de Xabi Alonso y los cuatro meses en los que Arbeloa intentó mantener un equipo con muchas grietas.
El portugués conoce mejor que nadie lo que implica manejar egos en el vestuario más exigente de todos. Lo hizo entre 2010 y 2013 logrando resultados excepcionales en el campo, aunque no siempre con armonía interna.
Arbeloa, que fue jugador en aquel vestuario, se despide ahora desde el banquillo con la certeza de haber hecho todo lo posible. Con la conciencia en paz, como afirmó. Y con la satisfacción de haber servido al club en el momento en que nadie más quiso aceptar el reto.

