Los datos más recientes indican que Europa está en camino de recibir dos tercios de sus importaciones totales de gas natural licuado (GNL) desde EEUU este mismo año. Según las proyecciones, para 2028 Europa podría depender en un 80% de Estados Unidos para sus importaciones.

A pesar de los discursos oficiales que promueven la soberanía energética y los esfuerzos europeos para presionar económicamente a Moscú, la situación real dista mucho de esas intenciones. En su intento de desconectarse de los gasoductos rusos tras la irrupción del conflicto bélico, Europa se ha volcado en la adquisición de gas natural licuado (GNL), combustible transportado por enormes metaneros oceánicos. Sin embargo, esta estrategia ha provocado que Europa dependa en gran medida del GNL estadounidense y, paradójicamente, sus importaciones de gas ruso hayan aumentado. España se encuentra en el centro de este complejo escenario económico.
De acuerdo con los datos más recientes del European LNG Tracker y el EU Gas Flows Tracker del Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero (IEEFA), España se ha consolidado como el segundo mayor importador de GNL dentro de la Unión Europea. España registró un incremento interanual del 8% en la entrada de este combustible durante el primer trimestre de 2026. Pese a la intención de abandonar proveedores del Este europeo, las compras españolas de GNL ruso aumentaron un 43% en los tres primeros meses de 2026 respecto al mismo periodo del año anterior. Este notable crecimiento llevó a que el 26% del gas natural licuado consumido en España provenga directamente de Rusia.
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España incluso alcanzó un récord histórico en importaciones mensuales de gas ruso durante marzo pasado. En términos económicos, en 2025 el país destinó aproximadamente 1.300 millones de euros para financiar la compra de este hidrocarburo ruso.
La dependencia del GNL estadounidense
«Argelia es un proveedor estable, confiable y constante de gas», destacó el ministro de Exteriores español.
Más allá del comercio con Rusia, sorprende también la relación con Norteamérica. En el primer trimestre de 2026, el 55% del gas natural licuado importado por España provino de Estados Unidos, un aumento en comparación con el 45% registrado un año antes. La factura que España desembolsó a los productores estadounidenses en 2025 alcanzó cerca de 3.700 millones de euros.
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Este panorama español refleja una tendencia a nivel continental. Los informes señalan que la Unión Europea está encaminada a obtener dos tercios de sus importaciones de GNL desde Estados Unidos en este año. De acuerdo con las previsiones, para 2028 Europa podría depender en un 80% de Estados Unidos para sus compras de gas natural licuado, considerando que el GNL estadounidense es el más caro para los compradores europeos.
Ana María Jaller-Makarewicz, principal analista de energía para Europa en IEEFA, afirmó que “el cambio de Europa del gas por gasoducto al GNL buscaba garantizar seguridad en el suministro y diversificación”. Sin embargo, la analista advierte que “las interrupciones causadas por la guerra en Oriente Medio y la dependencia excesiva del GNL estadounidense indican que el plan europeo ha fracasado en ambos aspectos”.
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La trampa de las regasificadoras
A este complejo panorama geopolítico se suma lo que podría convertirse en una nueva burbuja de infraestructuras energéticas. Las terminales regasificadoras, que se encargan de convertir el gas licuado nuevamente a estado gaseoso, están funcionando muy por debajo de su capacidad. Mientras que las políticas climáticas de la UE anticipan una disminución del 23% en la demanda europea de GNL para 2030, varios países de la región continúan apostando por la construcción de más terminales, lo que podría generar una capacidad instalada hasta tres veces superior a la demanda real hacia el final de la década.

En España, durante el primer trimestre de 2026, el nivel medio de uso de las regasificadoras fue apenas del 31%. Destaca el caso de la terminal de El Musel, en Asturias, que presentó un índice de actividad del 13,9%, situándose como la segunda terminal de menor utilización en toda la Unión Europea. Por fortuna, a diferencia de países como Alemania o Francia, España no tiene planes inmediatos para construir o ampliar sus instalaciones gasistas.
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