Miles de trabajadoras salieron a manifestarse para denunciar una precariedad que no es temporal, sino que ya está profundamente arraigada.

En la esquina de la calle Ferraz, un mar de camisetas amarillas cubría la acera frente a la patronal estatal ACADE. Con Pollo Pepe, figura central en los libros preferidos de los más pequeños, transformado en un emblema de resistencia, cientos de educadoras infantiles se congregaron para proclamar que cuidar también representa trabajo. Aunque se considere una profesión esencialmente vocacional, educar a niños de cero a tres años no es solo un acto de ternura, sino un oficio sostenido por ratios inalcanzables, sueldos paupérrimos y un desgaste constante.
Silbatos y banderines marcaron la protesta organizada por la Plataforma Laboral de Escuelas Infantiles junto a sindicatos como CCOO, dentro de una jornada de movilizaciones que tuvo lugar por toda España. De Zaragoza a Murcia, de Lleida a Madrid. Miles de trabajadoras del primer ciclo de Infantil salieron a las calles para denunciar una precariedad que ahora definen como estructural, lejos de ser algo puntual.
Una vocación al borde del colapso
Mientras frente a la patronal resonaban cánticos como «la patronal no cambia ni un pañal» o «menos discursos y más recursos», se entreveían historias como la de Ana Berta Martínez en medio de la multitud. Desde 2003 dedicada a la educación infantil, lleva veintitrés años cuidando aulas y aprendiendo a multiplicar sus esfuerzos para luchar contra la precariedad del sector.
«Esa es la recompensa que uno recibe. Claro que existe la satisfacción personal por los abrazos de los niños cada día, o por el apoyo de algunas familias; sin embargo, el desgaste psicológico, físico y emocional no está cubierto de ninguna forma», reflexiona, y señala que incluso fuera del horario laboral debe mantener siempre la atención en los niños.
También ha denunciado una situación salarial que le impide afrontar el pago de un alquiler. «Es imposible, estoy obligada a vivir con mis padres», expresó la educadora.

Condiciones salariales precarias
A poca distancia, Judith Tébar observa la manifestación desde la primera fila. Relata la experiencia de trabajar en aulas con más de veinte niños, siendo testigo de situaciones en las que compañeras de oficio han tenido que dejar solos grupos completos para atender a un niño que se había lastimado.
Narrrra vivencias que «se repiten diariamente», mientras comenta que su salario, inferior a mil euros, la obliga a depender parcialmente del sueldo de su pareja, quien trabaja como funcionario.

Esta realidad no es un caso puntual. Nieves Circobos acumula casi tres décadas en el sector. “Llevo 28 años aquí, he comprobado mi nómina y hay una diferencia de 250 euros”, afirma, asegurando que el amor por los niños es el motor que alimenta su vocación.
No obstante, la precariedad salarial representa un serio obstáculo para ella y para miles de educadoras en España: “En varias ocasiones mi pareja me ha sugerido cambiar de sector porque con el salario mínimo es imposible afrontar una hipoteca, cubrir la alimentación y cuidar a dos hijas”, explicaba Nieves.

«No cesaremos hasta que bajen las ratios»
Desde la Asamblea de Madrid, Rosa Marín, portavoz de la Plataforma Laboral de Escuelas Infantiles, atiende a EL MUNDO para denunciar una situación de «maltrato institucional».
La portavoz, que está «sola, en custodia compartida y con tres hijos», asegura que, al principio de su carrera como educadora, ganaba poco más de mil euros, y que hace un año su salario aumentó a 1,200 euros, aunque con muchas más responsabilidades.
Marín ha hecho un llamado a «llenar Madrid de amarillo» hasta que las instituciones consideren las demandas del sector, como la reducción de las ratios en las aulas. Además, anunció su intención de mantener la huelga durante los meses de verano.
«O presentan un plan centrado en la infancia, o de ningún modo detendremos nuestra protesta«, concluyó mientras sus compañeras apoyaban su mensaje, desde las puertas de la Patronal y desde diversos puntos del país.

