Restaurante especializado en cachopo y croquetas de cabrales en el único pueblo español sin acceso para coches: “La mercancía se transportaba con burros y mulos”

Situado en el corazón de los Picos de Europa y elevado a 649 metros sobre el nivel del mar, el pueblo de Bulnes solo es accesible a pie o mediante funicular

Bulnes, el único pueblo de España al que no se accede por carretera (ShutterStock).

Una limitación que se transformó en virtud. Un aislamiento que se convierte en un reclamo turístico. Un entorno que a la vez que aleja, también atrae y causa admiración. Bulnes es una pequeña comunidad de apenas 50 habitantes situada en pleno corazón de los Picos de Europa, dentro del concejo asturiano de Cabrales, una villa escondida entre montañas reconocida como la aldea más aislada de toda España.

Este diminuto lugar está formado por algunas casas rústicas asturianas conectadas a través de estrechas calles empedradas, con una arquitectura que parece detenida en el tiempo a primera vista. Su atractivo radica no solo en su aspecto, sino también en su ubicación, que ha convertido a Bulnes en un punto turístico para aficionados al montañismo. Esta aldea asturiana es el inicio de variados senderos que adentran en los Picos de Europa, con destinos emblemáticos como el conocido Naranjo de Bulnes o Pico Urriellu.

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Bulnes, el único pueblo de España al que no se accede por carretera (ShutterStock).

Sin embargo, su ubicación tan particular —que hace de este pueblo un lugar singular, apartado y casi mágico— también representa una gran dificultad para la construcción de una carretera que lo conecte. Hasta comienzos del siglo XXI, acceder a Bulnes solo era posible caminando, por un sendero de alrededor de cinco kilómetros con un desnivel aproximado de 400 metros, formado por una subida empedrada. Actualmente, un funicular facilita el acceso a residentes y visitantes, enlazando Bulnes con las zonas circundantes por medio de raíles y cabinas.

El restaurante pionero en Bulnes

Quien suba a pie, al igual que quien prefiera la comodidad del funicular, encontrará vistas privilegiadas, acompañadas con una sidra y un buen queso cabrales. Todo esto se ofrece en el Bar Bulnes, una encantadora casa de piedra tradicional con comedor y terraza junto al río, que fue el primer establecimiento de restauración en abrir en este apartado lugar, y que se ha convertido en un referente gastronómico con más de cincuenta años de historia.

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El Bar Bulnes comenzó su actividad en diciembre de 1974, cuando un matrimonio de la zona, Celina y Marcelino, decidió abrir su hogar a los montañeros que transitaban por allí. “En aquel entonces, los productos disponibles eran escasos, casi inexistentes, pero con el paso de los años y gracias a los avances, hemos logrado que este lugar aislado se convierta en una parada indispensable”, explica hoy Adriana de la Torre, quien trabaja junto a Sergio Noriega, nieto de los fundadores, en las cocinas de este espacio culinario.

Uno de los senderos más bellos de Asturias: atraviesa montañas de un parque natural y descubre un extraordinario lago glaciar.

Celina era entonces la encargada principal del local, mientras Marcelino, su esposo, ayudaba tras terminar su jornada laboral. “Ella se ocupaba de recibir, cocinar y servir a todos los visitantes”, relata Adriana. En ese momento, la parte baja del edificio albergaba el bar y cocina, mientras que la superior servía como vivienda de la pareja y pequeño albergue para los montañeros. En una época en que el turismo era casi inexistente, fueron pioneros en ofrecer servicios de hostelería, brindando comida y hospedaje antes que nadie en Bulnes.

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Actualmente, hay cuatro restaurantes que ofrecen sus servicios culinarios en esta reducida aldea, una realidad que, sin duda, se ha beneficiado de la conectividad que otorgó el funicular desde 2001. “Hace apenas unos años Bulnes era un pueblo sin comunicación exterior. Con la llegada del funicular, sus habitantes por fin pudieron mirar más allá de sus montañas sin necesidad de horas de caminata”, recuerda Adriana. Antes de esta innovación, abastecer despensas resultaba una tarea ardua. “Toda la mercancía debía subirse por Las Salidas (nombre del camino que conecta Bulnes con Poncebos) utilizando burros y mulos”.

Durante largo tiempo, Celina y Marcelino gestionaron el negocio en solitario, hasta que sus hijos crecieron y comenzaron a colaborar. En 2024, Sergio y Adriana se hicieron cargo del negocio familiar. “Nuestro objetivo va más allá de simplemente servir comida; buscamos ofrecer una experiencia gastronómica enriquecida por el paisaje que nos rodea, con productos de calidad de nuestro municipio y un servicio atento, sin perder de vista las tradiciones familiares”.

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Postres y quesos en Bar Bulnes, el restaurante más antiguo del pueblo asturiano (Instagram / @bar_bulnes)

La propuesta gastronómica mantenida podría clasificarse como “cocina tradicional”; un término que aquí cobra auténtico sentido. “Son platos que se han transmitido de generación en generación, tomando siempre como referencia la manera en que lo preparaba Celina, la abuela; con mucha dedicación y cocina a leña. Pretendemos trabajar con proveedores locales, mostrando así a nuestros clientes la alta calidad de los productos de nuestra región”.

Siguiendo estos principios, ofrecen quesos como el Gamoneu y el Cabrales, auténticas joyas locales; sus reconocidas croquetas de jamón y de queso, la fabada asturiana y el cachopo al horno. También se preparan recetas tradicionales como tortos con piquillo, cabrito guisado, pote asturiano y cebollas rellenas de atún, entre otras especialidades propias de la gastronomía local. La sidra, por supuesto, es el maridaje ideal para todo esto. De postre, se pueden disfrutar unas natillas suaves y una tarta de queso destacada, que deleitan a los montañeros después de la experiencia.

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