La influencia de la tradición de neutralidad en la posición internacional de México

Claudia Sheinbaum.

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    • Título del autor, Corresponsal de BBC Mundo en México
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El posicionamiento de México en el plano mundial resulta complejo de precisar. Según el criterio —ya sea cultural, político o geográfico— puede ubicarse en Norteamérica o América Latina.

Desde la perspectiva económica, es un país con recursos pero también con una considerable pobreza. En términos militares, tiene una estructura grande pero carece de un poder bélico significativo. Políticamente, es un actor de relevancia que, sin embargo, parece abstenerse de asumir un papel principal.

Algunos podrían afirmar —quizás así lo diría el fallecido escritor Octavio Paz— que este comportamiento es un rasgo idiosincrático de un pueblo “insondable”, como describió a los mexicanos en su obra “Laberinto de la soledad”.

“El mexicano excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Temeroso de la mirada ajena, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma”, expresó en su famoso ensayo publicado en 1950.

Sin embargo, al analizar el papel de México en el mundo, hay más que un simple rasgo “fantasmal”.

Existe, en realidad, una política estatal con cerca de un siglo de trayectoria que la mayoría de los gobiernos han mantenido, aunque con algunas variaciones.

Por ejemplo, en la ONU, estudios muestran que México tiende a respaldar resoluciones en asuntos poco controversiales —que representan la mayoría— y prefiere abstenerse en cuestiones polémicas. A excepción de casos muy específicos, evita exponerse demasiado.

Este año, en medio del resurgimiento de tensiones sobre intervencionismo impulsado por Donald Trump, la Cancillería publicó un extenso libro que recopila gran parte de esta tradición diplomática.

La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha destacado repetidamente.

“La política exterior de nuestro país rechaza las intervenciones y apoya la resolución pacífica de cualquier conflicto,” afirmó refiriéndose a la guerra en Irán.

Respecto a la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, declaró: “La intervención militar jamás ha generado democracia, bienestar ni estabilidad; únicamente los pueblos tienen el derecho de decidir su destino”.

¿Qué subyace a esta tradición mexicana? ¿Se trata de una cuestión de principios, una reacción a un trauma histórico o acaso una estrategia oculta?

Vicente Fox y Fidel Castro en 2002.

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En busca de un protagonismo posible y prestigioso

México salió marcado por los traumas del siglo XIX.

Después de la independencia, España intentó —sin éxito, pero con consecuencias— reconquistar el territorio. En 1838, los franceses invadieron Veracruz, lo que forzó a México a pagar una indemnización considerable. Posteriormente, la guerra con Estados Unidos entre 1846 y 1848 dejó al país sin la mitad de su territorio original. Finalmente, una segunda intervención francesa, entre 1863 y 1867, impuso un régimen autoritario bajo Maximiliano de Habsburgo.

Todo ello se debió en parte a la situación estratégica del país colindante con una potencia emergente.

Por ello, durante casi todo el siglo XX, los gobernantes mexicanos priorizaron la estabilidad, casi como una obsesión. Fue la razón principal para crear un ejército simbólicamente fuerte, aunque con escaso poder real.

“México es importante en la escena internacional, pero estructuralmente débil debido a su casi inexistente capacidad militar”, explica Humberto Beck, historiador del Colegio de México.

“Considerando que nunca podría integrarse plenamente a la política global dada su debilidad militar, el régimen surgido de la Revolución Mexicana (1910-1917) desarrolló una política exterior destinada a posicionar a México como protagonista diplomático y a ganar prestigio internacional”, añade.

Claudia Sheinbaum

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En 1918 nació la Doctrina Carranza, promovida por el presidente Venustiano Carranza, en un contexto donde persistía la amenaza constante de una nueva intervención estadounidense. Esta doctrina estableció los principios de no intervención y de igualdad jurídica entre las naciones.

Posteriormente, en 1930, surgió la Doctrina Estrada, formulada por el canciller Genaro Estrada, que plantea que México no juzga ni reconoce gobiernos extranjeros, limitando su accionar a mantener relaciones diplomáticas.

Estos principios definieron la intervención de México en asuntos internacionales.

Durante la Guerra Civil española (1936-1939), el gobierno de Lázaro Cárdenas otorgó asilo político a 40,000 refugiados, muchos de los cuales llegaron a ser figuras emblemáticas dentro de la cultura mexicana.

En la década de 1960 y 1970, en plena Guerra Fría, México desempeñó un papel crucial en iniciativas de desarme nuclear: en la Ciudad de México se firmó el Tratado de Tlatelolco, que prohibió el desarrollo de armas nucleares en América Latina y llevó al canciller Alfonso García Robles a recibir el Premio Nobel de la Paz.

Durante los conflictos en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Chile y Colombia, México actuó como mediador clave para facilitar acuerdos de paz y transiciones democráticas.

Más que evitar participar en la política internacional, México procura mostrar una imagen de neutralidad, incluso en ocasiones donde no es así.

Fue, por ejemplo, el único país latinoamericano que no rompió relaciones con Cuba tras la revolución de 1959.

Desde entonces, México usó esa relación como un baluarte para equilibrar su relación con Estados Unidos: como recientemente, con la suspensión del suministro petrolero a la isla, México ha ajustado su apoyo a Cuba “buscando conservar su soberanía y suavizar la relación con Washington”, comenta Beck.

Esta política mediadora, que se jacta de no tomar partido mientras respalda un régimen calificado como dictatorial, es tanto un principio como un mecanismo para contrarrestar la presión constante de Washington.

En la práctica no es una política de abstención absoluta sino una postura funcional al papel que México desempeña en el mundo.

Grupo de países mediadores de la paz en El Salvador

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La 4T, la versión más "extrema"

Para Rafael Rojas, historiador cubano con una destacada trayectoria académica en México desde hace tres décadas, el carácter mediador de México tiene relación con su situación geográfica, el trauma histórico de las intervenciones del siglo XIX y la necesidad de convivir con la potencia mundial.

Sostiene que en los últimos ocho años, durante las administraciones de Andrés Manuel López Obrador (Amlo) y Claudia Sheinbaum, la tradición de no intervención no ha sido abandonada, pero sí intensificada hasta su expresión más radical.

“Lo ocurrido en los dos últimos gobiernos es una exageración de los equilibrios; la 4T (la Cuarta Transformación, proyecto político de Amlo y Sheinbaum) ha tenido que lidiar simultáneamente con Trump en Estados Unidos y con Maduro en Venezuela, por mencionar dos ejemplos situados en los extremos de la frontera que representa México”, explica.

En efecto, México continúa siendo la frontera entre Estados Unidos y América Latina, lo que lo convierte en un actor clave, aunque limitado para tensar las relaciones, debido a que es el país más expuesto por su cercanía.

Mural de Palestina en México

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No obstante, no todos coinciden con la valoración de Rojas: para numerosos críticos, la 4T ha instrumentalizado la política de no intervención.

En 2019, durante la crisis política en Bolivia, cuando la presión social, policial y militar tras un cuestionado recuento electoral forzó la renuncia y exilio de Evo Morales, Amlo envió un avión de la fuerza aérea mexicana para evacuar al expresidente.

En 2022, en Perú, México ofreció asilo al presidente izquierdista Pedro Castillo luego de su destitución y calificó de “usurpadora” a su sucesora, Dina Boluarte, incluso citando la Doctrina Estrada. Las relaciones diplomáticas permanecen cortadas y Sheinbaum fue declarada persona non grata en Perú.

Asimismo, en 2023, México brindó refugio al exvicepresidente ecuatoriano izquierdista Jorge Glas, condenado por corrupción, en su embajada en Quito bajo el argumento de persecución política, lo que llevó también al rompimiento de relaciones con Ecuador.

Andrés Rozental, exembajador de México en Reino Unido y Suecia, representante ante la ONU y subsecretario de Exteriores, con 35 años en el servicio diplomático previo a la 4T, opina que la doctrina de no intervención se ha vaciado de contenido, transformándose en una pose utilitaria: “Actualmente es más un instrumento retórico; una manera de aparentar neutralidad interesada en ciertos temas mientras se ejerce soberanía en otros”.

Agrega: “Es una política exterior esquizofrénica, si puede decirse así, que al mismo tiempo defiende principios universales y los contradice cuando le conviene”.

Por convicción o por conveniencia, la doctrina de no intervención ha sido un recurso que responde a la particular posición de México en el mundo: la necesidad de dialogar diariamente con la mayor potencia global, enfrentándose a presidentes con posturas más o menos intervencionistas.

No es, como sugería Octavio Paz, que los mexicanos eviten tomar partido; sino que, al hacerlo, poseen mucho en juego.

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