Odegaard comenta que junto a su padre entrenaban entre 15 y 20 horas semanales sin importar si hacía frío o nevaba.

Martin Odegaard, durante su etapa juvenil en Noruega. El mediocampista noruego mostró su talento desde temprana edad y a los 16 años fue fichado por el Real Madrid.

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La idea del talento innato es un mito que el fútbol profesional desmiente constantemente. Tras cada control preciso, cada pase que atraviesa defensas y la visión de juego que presenta hoy Martin Ødegaard en los principales escenarios globales, no existe ningún don genético.

Detrás hay un método riguroso, un compromiso decidido y miles de horas dedicadas bajo el frío cielo de Drammen, la ciudad noruega donde nació este prodigio. Para comprender la evolución futbolística del actual capitán del Arsenal y figura clave de la selección de Noruega, resulta indispensable revisar su niñez.

En un ambiente en que las bajas temperaturas suelen incentivar la retirada, Ødegaard levantó su propio espacio de entrenamiento sobre el césped artificial cercano a su domicilio. Su padre, Hans Erik Ødegaard, exjugador profesional, fue el artífice de ese proyecto, consciente de que la excelencia técnica demanda un rigor casi militar.

El mismo jugador resumió aquella etapa de preparación intensa: «Mi padre y yo entrenábamos entre 15 y 20 horas a la semana. No importaba el frío ni la nieve».

Esta afirmación no es una exageración sentimental; constituía la estricta rutina de un niño que, mientras sus compañeros disfrutaban con videojuegos, prefería perfeccionar el toque hasta que la oscuridad noruega cubría el campo.

Martin Odegaard, celebra en este Mundial 2026.

Martin Odegaard, celebra en este Mundial 2026. REUTERS

Hans Erik no pretendía formar un deportista basado solo en fuerza física, sino una mente muy activa durante el juego. Los entrenamientos infantiles de Martin estaban centrados en la repetición constante y la rapidez mental.

La práctica consistía en observar por encima del hombro antes de recibir el balón, repitiendo ese gesto miles de veces por sesión, hasta que escanear el espacio se volviera automático.

El balón se convirtió en una prolongación de su cuerpo: lo llevaba de ida y vuelta al colegio, desafiando nieve y hielo. Esto explica por qué a los 15 años Martin ya competía en la primera división nacional frente a adultos y por qué grandes clubes europeos saturaron con llamadas a su familia.

Cuando el Real Madrid lo fichó siendo adolescente, muchos pensaron que había surgido una estrella por casualidad. Sin embargo, el temprano éxito de Ødegaard es el resultado lógico de un compromiso laboral inquebrantable.

Hoy, en la plenitud de su carrera, cada movimiento suyo en el campo es un tributo a esas largas jornadas bajo el frío intenso donde se forjó su leyenda.

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