La verdad sobre cómo un médico descubrió que mi madre me enfermaba a propósito durante años

Nina Blom cuando era pequeña.

Fuente de la imagen, Gentileza Nina Blom

    • Autor, India Rakusen

    • Autor, Radek Boschetty
    • Título del autor, BBC Outlook*
  • Fecha de publicación 14 julio 2026
  • Tiempo de lectura: 10 min

Nina Blom se percibía como una niña común que disfrutaba de cantar y bailar mientras jugaba.

Sin embargo, su madre llegó a convencerse de que Nina estaba gravemente enferma. La llevaba frecuentemente a hospitales para realizarle diversos exámenes y tratamientos: un total de 16 ocasiones en apenas unos años.

Nina, que pasó su infancia en los Países Bajos durante las décadas de 1970 y 1980, debió utilizar silla de ruedas pues su madre le aseguraba que padecía una enfermedad muscular sin cura.

Diversos médicos examinaron a la niña sin poder identificar la causa de su condición.

Solo un clínico astuto pudo reconstruir la historia de Nina y revelar la verdadera y oscura fuente de su enfermedad: su propia madre.

La falsificación de enfermedades infantiles también se conoce como “enfermedad fabricada o inducida” o “síndrome de Munchausen por poder”.

Se trata de un tipo de maltrato a menores donde el cuidador —usualmente uno de los padres— exagera o provoca intencionalmente una afección en el niño.

Las causas que originan esta falsificación en enfermedades pediátricas no están del todo claras y siguen siendo objeto de estudio.

De adulta, Nina relató sus vivencias en un libro titulado “Eres un niño horrible”, inspiración para una novela gráfica juvenil llamada “Vas a morir”, obra de Margreet de Heer y Nina Blom.

El programa de radio BBC Outlook la entrevistó.

“Yo era una niña muy alegre”

“Guardo bonitos recuerdos con mi hermana en el ático de casa, donde teníamos nuestro propio espacio para jugar”, comenta Nina.

Amaba la música, el baile, y solía ser una niña feliz.

Pero esos momentos eran excepcionales; casi nunca su madre permitía que saliera a la calle. A los 8 años comenzó a sentirse cada vez más enferma y quedó bajo el estricto control materno.

Sufría constantes molestias estomacales y perdió considerable peso.

“Recuerdo que mi madre me infundía mucho miedo diciéndome que debía ir al hospital”. En esas visitas le ofrecían jugo de manzana y sopa, y curiosamente, se sentía mejor.

El médico comentaba: “Nina está bien, ahora está estable, no hay nada más que hacer, puede irse a casa”, relata.

No obstante, la madre insistía en regresar al hospital y le ordenaba decir al médico que le dolía el estómago.

Nina Blom

Fuente de la imagen, Gentileza Nina Blom

En una ocasión durante unas vacaciones, mientras Nina nadaba con su hermana en la piscina, se quejó de un dolor muscular tras nadar demasiado.

Entonces su madre le afirmó que tenía una enfermedad muscular y le dijo: “Debes ir al hospital por unos días”.

Nina contestó que no sentía ningún malestar al volver de las vacaciones y la madre replicó: “No me hagas quedar mal. Sientes dolor y se lo vas a decir al médico”.

Para la niña todo resultaba muy confuso porque no comprendía lo que ocurría.

“En el hospital me sentía culpable porque había otros niños con cáncer, que realmente estaban muy enfermos”, relata.

“Pensaba que conmigo no pasaba nada malo”, recordaba recostada en la camilla.

“A mi lado había un niño que falleció debido a su grave enfermedad”.

En ocasiones, su padre se cuestionaba qué tenía su hija, pero seguía la versión materna. “No hizo nada para protegerme”.

“Era despiadada”

Nina Blom y su madre

Fuente de la imagen, Gentileza Nina Blom

En el hospital, le realizaron múltiples exámenes, incluso algunos muy dolorosos como una biopsia de médula ósea, sin hallar ningún padecimiento.

“Mi madre estaba siempre presente y parecía disfrutarlo”, cuenta Nina.

La madre le exigía que no llorara y que mostrara valentía.

“Era una niña feliz y sonriente, pero cuando mi madre me veía sonreír se enfadaba y me castigaba”, explica. “Se comportaba como si quisiera que padeciera dolor”.

La castigaba destruyendo sus libros preferidos y, al ser más mayor, recurría a sanciones físicas y psicológicas. “Era cruel, no tenía sentimientos”.

En una ocasión permaneció cuatro semanas hospitalizada hasta que los médicos decidieron enviarla a casa.

Al regresar, su madre la confinó en una silla de ruedas.

La hizo abandonar la escuela y trasladaron su cama a la sala. “No se me permitía dormir en mi habitación”.

Pasaba la mayoría del tiempo en la cama, aislada del mundo exterior.

“Me gustaba escuchar música, pero cuando mi madre se dio cuenta, me la quitó”.

Nina aprendió a callar sus emociones. En ese período, su sueño era que alguien la rescatara.

Se mudaron varias veces y la madre buscaba siempre médicos nuevos para examinarla, reiniciando así la pesadilla repetidamente.

Para pasar las horas, Nina tejía y un día mencionó a su madre que le dolían las manos. La reacción fue inmediata: indicó que algo terrible le sucedía y vendó sus brazos con vendas tan apretadas que le entumecieron los dedos.

“No puedo describir lo horrible que era ver a mi madre esperando que sintiera dolor. Ella lo disfrutaba”.

“Vas a morir”

Nina blom

Fuente de la imagen, Gentileza Nina Blom

Con el tiempo, la madre modificó la narrativa: “Si detecto que no tienes dolor y que todo es mentira, te haré daño”.

Como niña, Nina estaba cada vez más desconcertada.

Luego de estar postrada y con los brazos vendados por tanto tiempo, Nina fue perdiendo fuerza. Los médicos la enviaron a una clínica para recibir fisioterapia.

Al enterarse que Nina estaba sola en esa clínica, su padre la retiró de allí.

No obstante, Nina fue enviada a otra clínica donde aprendió a caminar nuevamente y se enamoró de un niño que también estaba internado.

Después de un tiempo, comenzó a ser feliz otra vez, hasta que los médicos decidieron que podía visitar su casa los fines de semana.

Cuando su madre fue a recogerla, le ordenó: “Debes ponerte las vendas de nuevo”.

“Secretamente, me daba pastillas y no me permitía caminar en la casa”, recuerda Nina.

La situación se repitió tal como antes. “Fue horrible”, comenta.

Finalmente terminaron las visitas a casa y Nina fue devuelta a vivir con sus padres de modo permanente.

A los 12 años, su madre enfermó. Por entonces, Nina no tenía permiso para caminar, pero sí para gatear, lo que le permitía cierta libertad que disfrutaba tras la ausencia materna.

Cuando la madre regresó, el padre tuvo una crisis emocional.

Su madre acusaba dolores de estómago y culpaba a Nina por sus problemas físicos.

Durante una discusión familiar, el padre, ya imprevisible y agresivo, en un ataque de ira lanzó una taza con café caliente al pie derecho de Nina.

En ese momento, la violencia ya no provenía solo de su madre, sino también de su padre.

Con el paso del tiempo, la madre seguía descubriendo supuestas nuevas enfermedades cardíacas y de otras partes del cuerpo.

Hasta que un día le dijo: “Vas a morir”.

“Fue la primera vez que me sentí realmente sola, como si estuviera cayendo a un agujero negro”, recuerda. “Fue desgarrador, de verdad lo fue”.

“Queremos la eutanasia, ¿puede ayudarnos, doctor?”

Nina Blom comiendo un helado

Fuente de la imagen, Gentileza Nina Blom

No obstante, algo estaba a punto de cambiar para Nina.

Durante una nueva hospitalización conoció a un pediatra llamado doctor Vrienten.

Al entrar a su habitación, el médico le comunicó que intentaría encontrar un lugar donde la ayudarían a mover sus extremidades y articulaciones para que recuperara la capacidad de caminar.

La niña, confundida y desconfiada, no entendía qué sucedía.

Su madre le había dicho que tenía una enfermedad muscular y que moriría. Aunque en su mente siempre persistía alguna duda, no se atrevía a cuestionar nada.

Cuando su madre supo que el doctor quería derivarla a un centro de rehabilitación, estalló en cólera y le dijo: “¿Qué clínica? Te vas a morir”. Por eso, la niña tuvo que regresar a casa.

Una vez en casa, la madre la obligaba a juntar las piernas formando una X y usaba almohadas para mantenerlas en esa posición. Le quitó la comida, le colocó una sonda de alimentación nasal y la forzaba a tomar 20 pastillas diarias.

Nina volvió otra vez al hospital, como había sucedido en múltiples ocasiones. En esta ocasión, su madre permanecía con ella las 24 horas y, cuando las enfermeras pedían tomarle la temperatura, ella sumergía el termómetro en agua caliente para falsificarla.

Durante una consulta médica, la niña se encontraba tumbada y con dificultad para respirar. En ese momento, escuchó cómo su madre le decía al médico: “Queremos la eutanasia, ¿puede ayudarnos, doctor?”

Nina recuerda que, agotada por tantos años de padecimiento, incluso ella misma expresó esa petición.

Le dijo al médico: “Doctor, quiero morir. ¿Podría ayudarme?”.

“En ese instante”, narra Nina, “el médico dio un paso atrás, habló con mi madre y recetó 24 horas de morfina”.

“La mantendremos sedada”, explicó el doctor. Tras esa respuesta, la niña pensó que ya no había esperanza.

Estaba segura de que jamás alguien la creería.

El rescate

Nina Blom

Fuente de la imagen, Gentileza Nina Blom

Sin embargo, el doctor Vrienten comprendió la situación y decidió contactar a los servicios de protección infantil.

Un día, una mujer entró en su habitación y le dijo: “Hola, Nina, soy del servicio de protección de menores y estoy aquí para ayudarte. Te llevaré a un hospital diferente”.

Al oír la palabra hospital, Nina exclamó: “Oh no, por favor, déjenme morir. No quiero volver a un hospital”.

La niña notó que su madre entró en pánico. Dos policías custodiaban la operación.

Poco después, dos hombres la subieron a una ambulancia y la trasladaron a un hospital.

“Me quitaron las vendas de brazos y piernas, y una cámara de video estaba instalada en la pequeña habitación a mi derecha. Durante dos días no vi ni a mi padre ni a mi madre, pero luego vinieron a visitarme por primera vez”, relata.

“Recuerdo que en esa primera visita les repetí hasta 18 veces que no estaba enferma. Mi madre olvidó que la cámara grababa y se enfureció cada vez que decía que no estaba enferma”, continúa.

“Eso sirvió como evidencia y revelación de lo que realmente me sucedía”.

Finalmente, Nina fue liberada de su sufrimiento.

Con el tiempo se entendió la verdad: Nina fue víctima del síndrome de Munchausen. “Mi madre me enfermó durante 14 años”.

Este síndrome es una forma de maltrato en la que el cuidador, generalmente un padre, inventa o induce enfermedades en el niño.

Las causas de esta falsificación siguen sin estar claras, pero sus consecuencias pueden ser graves.

“Se enfermaba para obtener la atención médica”, señala Nina. “Y también se automedicaba una y otra vez. Se sometió a más de 50 cirugías”.

Nina dejó de tener contacto con sus padres. Le tomó años recuperar cierta normalidad en su vida.

Primero permaneció en una clínica para terapias físicas y psicológicas, luego vivió en una residencia asistida y finalmente se estableció en otra ciudad con una identidad diferente.

Se graduó en una academia de arte, consiguió trabajo y amor. Su hermana también se alejó de los padres y cortó todo vínculo con ellos.

“Lo que hicieron mis padres fue un delito. Es una forma grave de maltrato infantil, y logré sobrevivir apenas”.

En 2009 se dio cuenta de que sus padres no fueron castigados ni reconocieron lo que le hicieron a la niña.

Después de meditarlo, decidió dejar ese pasado atrás y reconstruir su vida.

“Estoy muy feliz de haber sobrevivido. Hay muchas cosas por las cuales vivir”.

*Esta nota es una adaptación de un episodio del programa de radio en inglés Outlook de la BBC.

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