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- Informa desde, Enviado especial a La Guaira, Venezuela
- Fecha de publicación 8 julio 2026
- Tiempo de lectura: 7 min
El 25 de junio, Víctor Andrea D’Orsi se encontraba con sus amigos en su restaurante Al Giorno en Maturín, aproximadamente a 500 kilómetros de Caracas, cuando se enteró del grado de destrucción provocado por el doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela el día anterior.
«Durante la noche había leído algunas noticias, pero no conocíamos la magnitud total de la tragedia. En muchos lugares se cortó la electricidad, y pasaron horas sin señal ni redes sociales tras el terremoto», comenta a BBC Mundo.
Cuenta que las imágenes lo impactaron al instante. Decidió, junto a cuatro amigos, tomar acción.
«Nos preguntamos cómo podíamos apoyar. La verdad es que no tenemos experiencia en labores manuales, solo sabemos cocinar», añade.
Señala que su objetivo era «contribuir con una pequeña ayuda para quienes estaban en la calle sin alimentos».
A la una de la madrugada del viernes recogió ollas y otros utensilios de su casa y se apresuró a tomar la carretera hacia Caracas.
Tras un viaje de un día y medio, donde sufrieron un accidente y enfrentaron diversas situaciones complicadas, finalmente arribaron a La Guaira.
Su primera parada fue en el Hospital José María Vargas de La Guaira, donde distribuyeron alimentos e insumos médicos a los niños.
«Había mucho desorden porque muchas personas querían ayudar pero no sabían cómo. Fue una situación frustrante. Nadie tenía claro qué hacer», recuerda.
Este martes, las autoridades reportaron que al menos 3.685 personas fallecieron por los terremotos, casi 17.000 resultaron heridas, y decenas de miles permanecen desaparecidas.
La iniciativa de Víctor es solo un ejemplo de las múltiples expresiones de apoyo que han surgido en Venezuela desde el sismo ocurrido hace dos semanas.

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El plan inicial de Víctor era cocinar en La Guaira, pero las condiciones sanitarias y logísticas, junto con el estado en que quedó la zona, lo llevaron a reconsiderar.
Quiso establecerse en Caracas, aunque no tenía claro el lugar ni un sitio para alojarse.
Comenzó a cocinar en plena vía pública, en un barrio acomodado del este de la capital, usando un tanque de gas que le facilitó un vecino.
Sin embargo, pronto recibieron quejas. Los habitantes indicaron que no estaba permitido cocinar en la calle.
Finalmente, alguien les prestó una vivienda desocupada que pasó a ser su centro de operaciones.
Poco a poco, más personas comenzaron a sumarse al proyecto.

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«No conocía a esta mujer, pero se ha convertido en una mano santa: todos la llamamos ‘tía’», comenta señalando a una mujer que prepara verduras en la cocina. Sostiene que el humor es fundamental para sobrellevar las jornadas largas.
Durante el día, pelan verduras, limpian y trocean la carne, preparan los alimentos, los sirven en envases plásticos, limpian y reciben donaciones que llegan desde distintos puntos de Caracas.
Al anochecer, se trasladan a La Guaira para repartir los alimentos.
Regresan de madrugada para descansar unas horas y comenzar de nuevo a las 10 de la mañana. Algunos duermen sobre colchones en el suelo.
Entre 150 y 400 comidas diarias
Es viernes y el menú del día es arroz con pollo.
Ocho personas colaboran, mientras música venezolana suena de fondo.
Algunos cortan verduras, otros preparan condimentos. También hay quienes lavan los utensilios. En el patio, «el chef Víctor», como lo llaman, remueve el pollo en una olla enorme sobre una estufa industrial.
«Un amigo me informó que un grupo que había llegado desde Maturín estaba cocinando para nuestra gente de La Guaira. Los contacté pocos días después del terremoto y me ofrecí para ayudar», narra Crismary López, la «tía» del grupo.
Ella también difundió la noticia, y algunos de sus compañeros de trabajo se unieron.
Víctor detalla que cada día colabora con grupos diferentes, algunos rotan según disponibilidad.
Él, sus amigos de Maturín y Crismary, por su parte, están presentes a diario.
Afirma que han distribuido miles de comidas, «en ocasiones entre 200 y 400 diarias, aunque los primeros días llegamos a preparar hasta 700», según lo que pueden rendir.
Las entregan a funcionarios de Protección Civil, quienes han trabajado sin descanso y con pocas horas de sueño, además de a personas afectadas y principalmente a niños.
«Llevamos sopa, costilla guisada, pasta, arroz… Comida nutritiva», afirma con orgullo.
A medida que su labor se ha dado a conocer, personas de otras áreas de Caracas lo contactan y le envían arepas, pan, agua y otros insumos para que él y su equipo los transporten a La Guaira junto con la comida preparada.
Solidaridad imponente

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Desde los terremotos del 24 de junio, la solidaridad en La Guaira ha sido impresionante. Se ven personas que han llegado desde distintos estados del país.
Algunos no tienen familiares atrapados bajo los escombros, ni vínculos directos con la zona; su objetivo es ayudar.
Mientras Víctor y su equipo preparan comida en Caracas, muchos en La Guaira se dedican a remover escombros de edificios colapsados, cuyos nombres ni siquiera conocen.
Algunos transportan agua y suministros desde la capital hacia las zonas más afectadas. Otros recolectan ropa.
Incluso hay quienes ofrecen lo poco que poseen: preparan avena y la llevan por todo el estado costero en motocicletas, o reparten café.
Asimismo, acuden a la casa desde donde opera Víctor para entregarle arepas, juguetes para niños, pañales e insumos médicos enviados por más venezolanos.
Cargan todo en la camioneta y se dirigen a La Guaira.
«Al principio no sabíamos a quién dar la comida. Llegábamos, observábamos el caos y se las entregábamos a las primeras personas que encontrábamos. Ahora la llevamos directamente a centros de acopio», explica.
Expresa que, como venezolano y ser humano, le resulta difícil asimilar el nivel de destrucción.

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«Me conmueve profundamente porque la gente recibe la comida con una alegría inmensa. Son personas que lo han perdido todo. Siento un escalofrío cada vez que damos comida», añade.
«La cantidad de personas afectadas es tan grande que nuestro aporte es apenas una pequeña ayuda», insiste.
«En ocasiones llegamos a un lugar con 200 arepas o comidas y nos dicen que hay dos mil personas. Evidentemente, no alcanza para todos».
También comenta que ha hablado con rescatistas de España y México, quienes le han dicho que esta es la primera vez que enfrentan una catástrofe de semejantes dimensiones.
Según las autoridades, cerca de 200 edificios se desplomaron por completo y aproximadamente 800 resultaron dañados.
Finalizada la jornada y su regreso a Caracas, Víctor y su equipo descansan comentando qué cocinarán al día siguiente.
«Hoy no rendimos mucho, solo preparamos 150 comidas», lamenta su socio Luis Silva.
«Tal vez mañana deberíamos cambiar el pollo por costillas, que son más costosas pero rinden más.»
Al día siguiente reanudan la cocción.
En medio de la destrucción, cada plato preparado continúa siendo un apoyo fundamental para los más de 17.000 damnificados en la región.

