6 métodos basados en evidencia para aumentar el consumo de verduras en niños

Una niña pequeña sentada al aire libre come una zanahoria mientras sostiene un trozo de pan en la otra mano.

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    • Autor, Melissa Hogenboom*
    • Título del autor, BBC Future
  • Fecha de publicación 7 julio 2026
  • Tiempo de lectura: 8 min

Conseguir que los niños consuman suficientes verduras suele ser un reto constante. Los foros de crianza y conversaciones entre padres están llenos de dudas del tipo: «¿Es normal que mi hijo solo coma alimentos de tonalidad beige?».

Una explicación radica en su inclinación temprana hacia sabores dulces. Incluso la leche materna posee azúcares naturales que le confieren cierto dulzor. Cuando inician la alimentación sólida, lograr que prueben brócoli o espinacas puede ser complicado.

Sin embargo, una dieta diversa con abundantes frutas y verduras es esencial para los niños. Una alimentación insuficiente impacta la cognición, el enfoque, el comportamiento e inclusive el rendimiento escolar. La obesidad infantil está en aumento, vinculándose con problemas de salud crónicos y bajos resultados educativos.

Afortunadamente, la investigación ha explorado nuevas maneras de mejorar los hábitos alimenticios infantiles y ha identificado algunas estrategias prácticas. Aquí se presentan seis métodos sencillos que, según evidencia científica, pueden implementarse en casa.

1. Exposición frecuente

Una niña pequeña está de pie junto al mesón de una cocina mientras huele un trozo de brócoli.

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Ofrecer a los niños pequeños la mayor diversidad posible de verduras desde su primera infancia —y con regularidad— puede influir significativamente, asegura Marion Hetherington, profesora de biopsicología en la Universidad de Leeds, Reino Unido. El periodo más efectivo para fomentar el gusto por las verduras es la etapa preescolar.

«Si no se incrementa la exposición a las verduras antes de los cinco años, es probable que ya sea demasiado tarde», advierte Hetherington. La investigación indica que los niños suelen necesitar varias exposiciones a un alimento antes de aceptarlo.

Aun así, la cantidad exacta de veces que un alimento debe ofrecerse para que el niño lo acepte varía, estimándose entre cinco y quince ocasiones, lo que refleja las diferencias individuales.

Asimismo, los menores de un año podrían requerir menos exposiciones que los niños preescolares (3 a 4 años), quienes generalmente muestran mayor neofobia alimentaria, o rechazo a probar alimentos desconocidos.

De hecho, este proceso puede iniciarse antes del nacimiento. Existen pruebas que sugieren que la dieta materna influye en las preferencias del feto a través del líquido amniótico.

2. Los vegetales primero

Un padre le da a su hija un trozo de zanahoria con un tenedor. Ella está sentada en primer plano y parece mostrarse reacia, vestida con una camiseta rosa.

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Presentar a los niños que un alimento es beneficioso para su salud a menudo resulta contraproducente. Tienden a preferir aquellos alimentos descritos como «deliciosos» en lugar de «saludables».

En lugar de centrarse en ese aspecto, es más efectivo considerar el momento en el que se ofrecen las verduras durante la comida.

Servir verduras al principio, cuando los niños tienen más apetito, incrementa la probabilidad de que las consuman. «Los niños suelen empezar comiendo lo que más les gusta», indica Hetherington. «Cuando llegan a los guisantes, ya menudo los rechazan». Por eso, eliminar la competencia con alimentos más calóricos puede ser de ayuda.

Incentivar el consumo de verduras antes que otros alimentos también contribuye a evitar el exceso de comida, señala Barbara Rolls, profesora de ciencias nutricionales en la Universidad Estatal de Pensilvania, EE.UU.

Aunque en las dietas occidentales las verduras rara vez se incluyen en el desayuno, no existe motivo para no incorporarlas a esa hora.

Se pueden añadir champiñones y espinacas a la tortilla o calabacín en muffins matutinos. Un estudio de 2023 en ocho centros infantiles del Reino Unido reveló que más del 60 % de las veces que se ofrecieron verduras en el desayuno, los niños las consumieron.

3. Las porciones

Si parece difícil introducir verduras en el desayuno o al inicio de la comida, otra táctica es modificar las proporciones en los platos: disminuir la cantidad de alimentos con más calorías y aumentar las verduras.

Esto puede lograrse añadiendo más verduras como guarnición o incorporando vegetales rallados, como zanahorias y calabacines, en salsas y diversas preparaciones.

La efectividad de esta medida radica en que estudios indican que la gente consume un volumen similar de comida, pero incrementa el consumo de verduras al modificar la proporción entre carne y vegetales.

Además, se ha evidenciado que aumentar en un 50 % la cantidad de frutas y verduras en el plato de un niño incrementa la cantidad consumida de estos alimentos.

Otros análisis revelan que los niños preescolares comen más verduras y menos alimentos poco saludables cuando durante las comidas pueden elegir entre varios tipos de vegetales.

Un niño pequeño sostiene un tomate grande e intenta darle un mordisco

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4. La apariencia importa

Modificar la percepción que tienen los niños sobre los alimentos también puede resultar útil.

Es importante tener en cuenta que el deseo de comer se activa en gran parte por lo visual. Ante varias opciones, los niños suelen optar por alimentos que les resultan familiares y agradables a la vista.

Por ello, cambiar la presentación de los alimentos podría facilitar que los niños consuman más verduras.

Un grupo de investigadores observó que los niños probaban con mayor frecuencia alimentos novedosos cuando se presentaban de forma creativa en el plato. Otros estudios mostraron que al cortar frutas y verduras en formas divertidas, como mariposas, flores o ositos de peluche, aumentaba su consumo, demostrando que una apariencia lúdica incrementa su atractivo.

También se ha comprobado que la accesibilidad y visibilidad de los alimentos saludables promueven su ingesta.

Por ejemplo, se evidenció que niños de 10 a 13 años consumían y elegían más verduras cuando estas estaban juntas en un solo recipiente y ya en porciones, comparado con cuando se servían en platos separados.

Asimismo, niños preescolares incrementaron en un 36 % su consumo de verduras al formar parte de un plato dividido en compartimentos con diferentes alimentos.

Trozos hexagonales de zanahoria y rodajas de pepino reposan sobre una tabla de cortar formando la forma de un pino.

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5. Comer juntos

Los hábitos alimenticios de los padres influyen decisivamente en lo que los niños consideran normal en su dieta. Si los padres consumen snacks poco saludables con frecuencia, es probable que los hijos imiten ese comportamiento. Igualmente, padres que frecuentemente comen comida rápida o se saltan el desayuno tienden a tener hijos con patrones similares.

Un estudio realizado en Nueva Zelanda con niños en edad escolar indicó que aquellos cuyos padres mantenían una dieta más saludable consumían menos pasteles, chocolates y snacks salados. Asimismo, se ha comprobado que los niños cuyos padres sirven de modelo con hábitos sanos disfrutan más las frutas y verduras.

Compartir la comida en familia al menos tres veces por semana está asociado con un peso más saludable, mejores hábitos alimenticios y mayor posibilidad de que los niños adopten conductas sanas siguiendo el ejemplo parental.

Un estudio longitudinal complementario halló que quienes comían en familia mostraban mejores niveles de condición física y consumían menos bebidas azucaradas.

Un niño pequeño con el cabello recogido toca un pimiento rojo sobre el mesón de una cocina, mientras una mujer corta verduras a su lado.

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6. Hacerlo divertido

Gran parte de los alimentos que consumimos está determinada por la relación que mantenemos con la comida.

Los expertos advierten que presionar a los niños para que coman ciertos alimentos puede reducir su disfrute y llevar a dietas menos equilibradas.

De igual forma, premiar con golosinas o productos poco saludables puede incrementar la preferencia por estos alimentos.

No obstante, según un estudio, dejar que los niños manipulen los alimentos contribuye a disminuir la neofobia alimentaria, o miedo a probar nuevos productos.

Los investigadores invitaron a los niños a tocar, oler y examinar ingredientes como remolacha, garbanzos y bok choy sin exigir que los comieran. Como resultado, mostraron mayor apertura hacia esos alimentos y disposición para probarlos posteriormente.

Involucrar a los niños en la preparación de las comidas también incrementó su interés por alimentos desconocidos.

El chef experimental Jozef Youssef, colaborador del estudio, explica que la clave está en cambiar cómo los niños experimentan la alimentación.

«Transformar la comida en un juego y usar actividades sensoriales tiene un gran impacto en los niños», dice. «En un ambiente relajado, sin presiones, los niños están más dispuestos a explorar, probar e interactuar con la comida».

Con algo de suerte, estas estrategias ayudarán a que los niños amplíen sus hábitos más allá de alimentos beige.

*Melissa Hogenboom es corresponsal sénior de salud de la BBC y autora de los libros Breadwinners y The Motherhood Complex. En Instagram aparece como @melissa_hogenboom

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