Vivir en piso compartido disminuye la soledad, pero afecta negativamente la salud: personas sin pareja que cohabitan tienen peor bienestar que quienes viven solos

Un estudio muestra que compartir vivienda sin pareja se vincula a mayor depresión, más dolor y peor salud que vivir solo, aunque los factores determinantes son el nivel de ingresos y el apoyo social

Compañeros en el salón de un piso compartido. (Freepik)

Compartir un piso con otras personas, pero sin convivir en pareja, está asociado a peores indicadores de salud que vivir de forma individual, según revela un análisis publicado en la revista Panorama Social, número 43 de Funcas. Mientras que en quienes residen solos o con pareja la salud depende previsiblemente del apoyo social y los recursos económicos disponibles, estos factores no generan diferencias significativas en quienes cohabitan con amigos, familiares o desconocidos, quienes habitualmente afrontan entornos relacionales y financieros más inestables.

La investigación, realizada por Álvaro Suárez Vergne, investigador posdoctoral del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), compara tres tipos de convivencia (con pareja, en solitario y compartiendo hogar con otras personas sin vínculo de pareja) a través de cuatro variables: salud autopercibida, presencia de cuadros depresivos, dolor severo o extremo y limitaciones en la vida diaria por motivos de salud.

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En las cuatro dimensiones, quienes viven con personas que no son su pareja muestran una desventaja igual o mayor a la observada en personas que viven solas, según los datos de la Encuesta de Salud de España 2023, elaborada por el Ministerio de Sanidad y el Instituto Nacional de Estadística (INE).

Por su parte, quienes conviven en pareja obtienen los mejores resultados en todos los indicadores estudiados. Sin embargo, la diferencia entre este grupo y los otros dos no es la esperada. Compartir vivienda con otras personas no mejora la salud en comparación con vivir solo y, en aspectos como la salud autopercibida y las limitaciones funcionales, quienes conviven sin pareja presentan una situación aún más desfavorable que quienes residen en solitario.

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Tener pareja no es determinante

El factor clave no es simplemente tener compañía en casa, sino el tipo de vínculo y las condiciones asociadas. Vivir en pareja suele combinar, con más frecuencia que otras formas de convivencia, apoyo emocional disponible, recursos económicos compartidos y hábitos cotidianos más saludables. Estas tres dimensiones, y no la mera convivencia, explican las diferencias observadas.

El estudio verifica esta hipótesis mediante un segundo modelo estadístico que incluye variables de apoyo social, ingresos del hogar y comportamientos relacionados con la salud. Al considerar estos elementos, la desventaja de quienes viven solos se atenúa o desaparece en varios indicadores. Pero la desventaja de quienes conviven sin pareja persiste casi sin cambios. Ni el apoyo social, ni los ingresos, ni los hábitos saludables justifican por qué este grupo muestra peores resultados que los que viven solos.

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Esto indica que compartir hogar no sustituye la convivencia en pareja y puede representar, en bastantes casos, un indicador de vulnerabilidad. El grupo que reside sin pareja incluye situaciones muy diversas: personas que viven con hijos, familiares, amigos o compañeros de piso. En algunos casos, esta convivencia refleja dependencia, cuidado de otros o falta de alternativas residenciales, circunstancias que el análisis no distingue con precisión, pero que apuntan a perfiles con mayor riesgo de dificultades materiales y relacionales.

Los ingresos y el apoyo social explican las diferencias

El apoyo social juega un papel especialmente importante en las diferencias de salud mental: al controlar esta variable, la brecha en la sintomatología depresiva entre quienes viven solos y quienes conviven en pareja se acorta notablemente. Por otro lado, los ingresos del hogar explican mejor las diferencias en salud autopercibida y limitaciones funcionales. Los hábitos saludables demuestran una capacidad explicativa más reducida cuando se analizan de manera aislada.

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No obstante, el estudio señala sus limitaciones. Al basarse en datos transversales, no es posible determinar la causalidad entre convivencia y salud. Las personas con mejor salud tienen mayor probabilidad de formar y mantener una relación de pareja, lo que implica que parte de la ventaja observada podría deberse a un proceso previo de selección y no a un efecto protector directo de la convivencia. El propio investigador indica que futuros estudios deberían incluir variables relacionadas con la calidad de la relación, el nivel de conflicto, la distribución de cuidados o el grado de autonomía dentro del hogar.

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