Ely, mujer de 64 años, cumple su sueño de terminar una maratón tras más de 7 horas de esfuerzo

Elisabeth Osorio mostrando la medalla que ganó al terminar la maratón.

Fuente de la imagen, Cortesía @antoniovalencia_h

    • Autor, Cecilia Barría
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • Fecha de publicación 1 julio 2026, 09:38 GMT
  • Tiempo de lectura: 6 min

Ely completó la carrera en 7 horas, 18 minutos y 34 segundos.

Ni la artrosis en las rodillas, ni las escasas horas de entrenamiento por semana frenaron su avance en los 42 kilómetros. Tampoco las cuatro horas diarias de viaje en bus para ir y volver del trabajo, la reducción natural de resistencia física a los 64 años, ni haber iniciado a correr en una edad avanzada, a diferencia de otros que han dedicado toda su vida al deporte.

O quizá sea justamente por esas dificultades –como criar prácticamente sola a sus tres hijos o vivir en un área con bajos recursos económicos– que desarrolló una fortaleza inquebrantable.

El domingo de abril, cuando Elisabeth Osorio se levantó a las cinco de la mañana para participar en la Maratón de Santiago de Chile, nada de eso le preocupaba; su único objetivo era alcanzar la meta.

Su intención no era obtener un récord, sino terminar la carrera y regresar a casa con la medalla de maratonista. Sin embargo, al ser mucho más lenta que los otros 33,000 corredores, se enfrentó a situaciones imprevistas.

Por ejemplo, se quedó sin agua y, siendo tarde, los puntos de hidratación ya estaban cerrados. En otra ocasión, se desorientó durante el recorrido.

Una vez que retomó la ruta, agotada y casi sin aire, continuó al ritmo que le permitía. El público, las cámaras y los otros participantes habían desaparecido.

Elisabeth Osorio corriendo en la maratón.

Fuente de la imagen, Cortesía @antoniovalencia_h

¡Vamos Ely, dale Ely!

La competencia se consideraba terminada tras la llegada de miles de corredores provenientes de 43 países y la premiación al keniano Cornelius Chepkok, que registró un tiempo de 2:09:48 en la categoría masculina, y a la etíope Tigst Belew, que marcó 2 horas y 27 minutos en la femenina.

Pero en realidad la carrera seguía con Elisabeth Osorio ocupando la última posición. Frente al palacio presidencial, en la meta, solo permanecían los empleados encargados de desmontar el evento.

Cerca de allí, varios comensales en un restaurante notaron que alguien corría hacia ellos.

¿Corriendo? Sí, corriendo. ¿Una maratón? Sí, una maratón.

Al acercarse, distinguieron que la mujer vestía una camiseta morada con el número 7613, la bandera chilena y su nombre en letras blancas: Ely.

Elisabeth Osorio en un sillón con parte de su familia.

Fuente de la imagen, Cortesía Elisabeth Osorio

“¡Vamos Ely, dale Ely!”, le gritaron entre aplausos, acompañados por transeúntes que presenciaron la escena.

Así fue como, después de siete horas, Elisabeth Osorio se convirtió en la última corredora en cruzar la meta.

“Llegué última, pero me siento ganadora”, relata emocionada. Afirma que “es imposible describir la alegría que uno siente en el pecho”.

“La carrera fue extremadamente larga, pero la terminé. Me sentí tan feliz, tan satisfecha… escuchar la euforia de la gente, las vuvuzelas, es una emoción enorme que nunca pensé experimentar”.

Ese día, Ely, la última campeona del maratón, volvió a su hogar con una medalla.

“Piensan que todos somos delincuentes”

Su vivienda se encuentra en Bajos de Mena, una zona perteneciente a la comuna de Puente Alto.

Históricamente segregado, este barrio se ha vuelto peligroso debido al incremento de delitos ligados al narcotráfico y la delincuencia común. Aunque según Ely existen diferencias entre sectores, en general es un lugar con altos índices de pobreza donde los residentes suelen encerrarse en sus casas y muchos jóvenes no concluyen sus estudios.

Sin embargo, a la maratonista le incomoda la estigmatización de quienes habitan allí.

“Donde sea que vaya y menciono Bajos de Mena en Puente Alto, asumen que todos somos delincuentes. Pero no todas las personas son así. Quienes trabajan se levantan temprano para cumplir sus labores. No hace falta ser delincuente para vivir aquí”.

Por este motivo, para Ely, correr la Maratón de Santiago fue más que un reto personal. Representó un acto simbólico de reivindicación social, que la llena de orgullo por sus raíces y el esfuerzo realizado para que sus hijos triunfaran.

Relata cómo cada uno de ellos encontró su camino y expresa su deseo de que otros jóvenes de su barrio sigan ese ejemplo. “Quisiera que los jóvenes practicaran más deporte”, comenta.

Una sensación de libertad

Comenzó a correr recién a los 55 años, pues un día se percató que correr le brindaba felicidad. Hay otro factor que la motivó a iniciar esta aventura deportiva después de los 50: “Estoy convencida de que, después de criar a los hijos, empiezas a vivir tu propia vida, disfrutando aquello que te gusta, incluso si para otros parece una locura”.

Elisabeth Osorio con los brazos en alto al final de la maratón.

Fuente de la imagen, Cortesía @antoniovalencia_h

Esa sensación de libertad la impulsó a redescubrir a la mujer que durante años no tuvo tiempo para dedicarse a sí misma. Ahora, siendo bisabuela, siente que la vida aún tiene mucho por delante y que cuenta con la energía necesaria para cualquier reto.

¿Y la artrosis?, preguntan. “El doctor me dijo claramente que no dejara de moverme porque si dejo la actividad mi cuerpo se atrofiará”, explica. “Mientras pueda seguir en movimiento, lo haré”.

Le diagnosticaron la enfermedad a los 42 años y, en una consulta con el traumatólogo en febrero, este se mostró sorprendido por su buen estado de salud.

Después de la maratón, continúa corriendo distancias de cuatro y diez kilómetros, y ha vivido muchas experiencias positivas. Un chileno residente en Alaska le regaló un par de zapatillas, y una empresa le obsequió un reloj y la inscripción para sus próximas dos competencias. Asimismo, recibió un homenaje de la municipalidad y felicitaciones de vecinos y amigos.

“Me siento victoriosa por haber cruzado la meta, y eso para mí tiene más valor que cualquier tiempo conseguido”.

En lo personal, confieso que su historia me conmovió profundamente. Probablemente porque crecí cerca de su barrio. Tal vez porque alguna vez tomé el mismo bus para llegar a mis destinos, y porque, al igual que mi madre, ella trabajó arduamente para educar a sus hijos.

Al concluir la videollamada —ella en Chile y yo en Estados Unidos— le expresé que estaba orgullosa de haber conocido a una vecina como ella, cuya historia representa la de muchas mujeres anónimas que, con esfuerzo y perseverancia, alcanzan sus metas. Y le agradecí por permitirme conocerla.

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