La selección portuguesa, después del empate frente a RD Congo, se juega este martes una difícil partida contra Uzbekistán en un encuentro que puede ser una trampa.
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Joao Neves marcó el gol que inauguró el marcador frente a la República Democrática del Congo, corrió hacia el córner y celebró ante una afición portuguesa que ya respiraba con alivio.
Sin embargo, lo que sucedió luego —un empate insuficiente, un Cristiano Ronaldo gesticulando sin conseguir anotar, y una frase dicha casi en susurros en la zona mixta— colocó a Portugal frente al reflejo de sus mayores temores.
«Ahora mismo no es diferente a nosotros. Solo es un jugador más», declaró el centrocampista del PSG sobre su capitán. Tres palabras —«un jugador más»— fueron suficientes para que el entorno de CR7 desatara la polémica, la prensa portuguesa hablara de «guerra civil» y el perfil de Instagram de Neves acumulara más de 240.000 comentarios en pocas horas.
Portugal llega al martes y a su segundo encuentro contra Uzbekistán en Houston como uno de los favoritos del Mundial, al menos en teoría, pero con evidentes fracturas internas. Así se percibe desde el exterior.
El fútbol está familiarizado con este tipo de divisiones internas. En la historia reciente de los Mundiales, hay numerosos ejemplos de equipos ilustres que acudieron al torneo con el vestuario ya fragmentado y que regresaron antes de lo previsto, incapaces de separar las distracciones del juego.
El problema que enfrenta Portugal no es novedoso. Es, de hecho, uno de los más antiguos en el fútbol: cómo manejar la presencia de la figura más dominante del equipo cuando esta genera tanto ruido como luz.
La autodestrucción francesa en 2010
Roberto Martínez no dispone de tiempo para repasar el pasado, aunque sería aconsejable que lo hiciera. En Sudáfrica 2010, la selección de Francia, vigente subcampeona mundial y uno de los principales favoritos, salió de la fase de grupos sin ganar un solo partido, eliminada prematuramente.
Durante esa etapa, el entrenador Raymond Domenech expulsó a Nicolas Anelka tras recibir insultos en el descanso de un encuentro, el vestuario respondió negándose colectivamente a entrenar, el capitán Patrice Evra tuvo que ser separado a la fuerza del preparador físico, y la propia FFF registró la dimisión en directo de uno de sus directivos.
Anelka, en el centro, durante un entrenamiento de Francia en el Mundial de Sudáfrica 2010. Reuters
El comunicado de huelga leído por Domenech ante millones de espectadores se convirtió en uno de los episodios más tristes del fútbol contemporáneo. Lo que empezó como un conflicto entre delantero y técnico terminó destruyendo a toda una generación.
Quince años después, Netflix realizó un documental completo para explicar cómo pudo suceder aquello.
Boicots africanos en Brasil 2014
Brasil 2014 presentó sus propias escenas vergonzosas. Ghana llegó al Mundial con un vestuario dividido y el Gobierno tuvo que enviar un avión cargado con tres millones de dólares en efectivo para evitar una huelga de sus jugadores.
Aun así, no fue suficiente: Kevin-Prince Boateng fue expulsado por enfrentarse con el seleccionador Kwesi Appiah, Sulley Muntari fue suspendido disciplinariamente antes del partido decisivo, y las Black Stars regresaron a casa hundidas y sin honor.
Camerún en ese mismo torneo también se negó a embarcar hacia Brasil hasta que el Gobierno reuniera el dinero de las primas que exigía el equipo, liderado por Samuel Eto’o, quien ya arrastraba años de conflictos con la federación. Los Leones Indomables perdieron los tres encuentros.
Mientras tanto, Nigeria amenazó con actuar de forma similar si no se les pagaban los bonos antes del partido de octavos. Fue, en definitiva, el Mundial más decepcionante para África.
El desplome de la mejor España
España en Brasil 2014 quizá sea el caso que más debería preocupar a las grandes potencias que confunden el éxito acumulado con un derecho a la inmortalidad.
La Selección acudió al torneo como campeona del mundo y bicampeona de Europa, con un estilo de juego que había transformado el fútbol moderno y una generación que parecía destinada a dominar la década. Sin embargo, se fue en la fase de grupos, vapuleada por Holanda en su estreno e eliminada por Chile, sin ganar un solo partido realmente relevante.
Vicente del Bosque e Iker Casillas en un entrenamiento de España en el Mundial de Brasil 2014. EFE
Más allá del evidente desgaste de un bloque sometido a seis años de exigencia máxima, el torneo sacó a la luz las fracturas internas de un vestuario que Vicente del Bosque jamás consiguió cerrar.
Varios futbolistas estaban muy molestos por la gestión de sus minutos, el técnico sacrificó a Xavi —el cerebro del sistema— sin atreverse a modificar un modelo que ya no funcionaba, y la tensión entre quienes apostaban por la renovación y quienes se aferraban a la gloria pasada quedó sin resolver.
Lo más significativo de aquel fracaso no fue la derrota en sí, sino el silencio. Del Bosque expresó la situación con una frase cargada de significado: «Yo pienso en todos y los jugadores en ellos mismos». No hizo falta añadir más.
España cayó por su propio peso, aplastada por la carga de su historia y la incapacidad para aceptar que aquel ciclo había llegado a su fin.
Otra campeona rota en 2018
Rusia 2018 tuvo un contexto distinto, pero con la misma toxicidad. La polémica fotografía de Mesut Özil y Ilkay Gündogan con Erdogan, tomada semanas antes del Mundial, envenenó el ambiente interno de Alemania, entonces vigente campeona del mundo.
Özil optó por el silencio absoluto durante el torneo —sin ruedas de prensa, sin aclaraciones—, fue abucheado por parte de la afición alemana y acabado señalado como chivo expiatorio tras la sorpresiva eliminación en fase de grupos del defensor del título.
El director deportivo Oliver Bierhoff admitió posteriormente que la decisión correcta habría sido prescindir de él antes del torneo. Que esto no ocurriera y que el debate identitario se infiltrara en el núcleo del equipo explica en gran medida por qué Die Mannschaft nunca funcionó como conjunto en Rusia.
La primera crisis de ‘Bob’ Martínez
Luego está Bélgica en Qatar 2022. La ‘generación dorada’ que mostró tanto durante una década llegó al Mundial con Kevin De Bruyne advirtiendo públicamente que eran «demasiado mayores para ganar».
Tras la caída ante Marruecos, el vestuario explotó: De Bruyne y Hazard discutieron en voz alta con Vertonghen, con Lukaku ejerciendo de mediador improvisado. Algunos jugadores ni se dirigían la palabra fuera del campo.
Eliminados en fase de grupos, Roberto Martínez —el mismo que ahora dirige a Portugal— renunció al día siguiente. Ahora enfrenta un nuevo desafío para manejar una bomba de relojería con apellido de estrella.
La Bélgica de Roberto Martínez fue eliminada en fase de grupos del Mundial de Qatar 2022 Europa Press
Porque el patrón común en todas estas crisis es idéntico: una figura desproporcionada cuya sola presencia genera más tensión que cohesión, un cuerpo técnico incapaz de manejar el peso del nombre propio, y una chispa —una frase, una imagen, un insulto— que estalla en un vestuario ya cargado de electricidad.
En Portugal, la chispa la encendió Neves sin intención. La mecha la aportó la familia Ronaldo desde las redes sociales, con Kátia Aveiro señalando a compañeros sin que se lo pidieran.
Y la dinamita la lleva Cristiano desde que decidió presentarse, con 41 años, a su sexto Mundial como líder indiscutible. Que lo sea en el terreno de juego es lo que Portugal debe demostrar en Houston.
Martínez ha insistido en protegerle: «Su influencia dentro del campo y en el vestuario es fundamental». Cristiano ha respondido con una foto abrazado a sus compañeros y tres palabras en Instagram: «Siempre unidos».
El problema es que esta misma ceremonia de unidad forzada la repitieron los franceses en 2010, los alemanes en 2018 y los belgas en 2022. Y todos terminan marchándose antes de lo esperado. La diferencia reside en si el vestuario realmente cree en ese abrazo o solo posa para la foto.
Este martes se descubrirá. Uzbekistán espera. Y la historia, con su memoria inflexible, también.

