Testimonio impactante de una sobreviviente del club Jet Set tras el derrumbe que causó 236 fallecidos: «Un pedazo del techo me cayó encima y quedé completamente aplastada»

Ana María

    • Autor, Atahualpa Amerise
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • Fecha de publicación 16 junio 2026, 13:08 GMTActualizado 4 horas
  • Tiempo de lectura: 10 min

Ana María Ramírez se dio cuenta de que algo andaba mal cuando un trozo de concreto cayó junto con agua y arena cerca de su mesa en la discoteca Jet Set de Santo Domingo.

“Me voy de inmediato”, les comunicó a sus dos amigas mientras tomaba su cartera y el celular.

Instantes después, el techo de la discoteca más reconocida de República Dominicana se desplomó sobre más de 500 asistentes. Era la madrugada del 8 de abril de 2025.

Ana María, odontóloga de 40 años, permaneció casi cuatro horas atrapada entre los escombros, aferrada a la mano de su amiga Mena, que celebraba su cumpleaños. Pensaron que morirían allí. La tercera amiga, Pierima, falleció en la tragedia.

BBC Mundo conversó con Ana María en Santo Domingo, más de un año después del colapso del Jet Set, que ocasionó 236 muertos y más de 180 heridos durante un concierto del merenguero Rubby Pérez.

Este lunes 15 de junio, un juez dominicano formuló cargos a los dueños del local, los hermanos Antonio y Maribel Espaillat, por homicidio involuntario, delito por el cual se podría imponer una pena máxima de dos años de prisión.

Ana María lidera el movimiento Justicia Jet Set, que representa a las víctimas y demanda que la acusación se eleve a homicidio voluntario con dolo eventual, delito castigado con prisión de hasta 20 años.

“Estoy decepcionada. Creo que el juez ha mostrado parcialidad”, expresó a BBC Mundo tras conocer los cargos.

La odontóloga aún sufre secuelas físicas y emocionales de aquella noche, que considera la más larga de su vida.

Esta es su experiencia, narrada en primera persona.

Ana María

Fuente de la imagen, Ana María Ramírez

“Esto no es normal”

Una de mis amigas, Mena, cumplía años el lunes 7 de abril. Normalmente nos reuníamos los jueves, y yo quería salir esa semana al campo para compartir Semana Santa con la familia, así que propuse celebrar su cumpleaños el mismo lunes.

Antes de ir al Jet Set habíamos estado en un restaurante con música en vivo y la pasamos muy bien. Yo dije: “El lunes venimos aquí para festejar el cumpleaños de Mena”. Pero luego Mena y yo conversamos y decidimos hacer algo distinto. Éramos tres amigas; el resto se había ido a un festival en Los Ángeles y nos quedamos solas.

Entonces surgió la idea de ir al Jet Set. Al ver el flyer con Rubby Pérez, le pregunté a Mena: “¿Te gusta Rubby Pérez?”. Me dijo: “Sí”. En las fiestas de Venezuela, que era el país de Mena, Rubby Pérez sonaba mucho. Yo no era fan, para ser honesta, y no solíamos ir a discotecas.

El sábado me escribió la otra amiga que quedó, Pierima, y me dijo: “Vi que el lunes estará Rubby Pérez en el Jet Set. Vamos, a Mena le va a gustar”.

Parecía que todo conspiraba para que estuviéramos ahí esa noche.

Mena (que cumplía años), Pierima (que falleció) y Ana María en el Jet Set minutos antes del colapso.

Fuente de la imagen, Ana María Ramírez

El lunes transcurrió con normalidad. Yo estaba de vacaciones laborales, lo que me permitió asistir, ya que esas fiestas solían prolongarse y al día siguiente trabajaba. Llegué primero al Jet Set, sobre las 10:15. Ellas llegaron juntas después, en el carro de Mena.

Al llegar, el lugar estaba casi vacío. Nos sentamos, el ambiente parecía perfecto, y con el paso de las horas llegaron más personas.

Todo estaba bien hasta que, aproximadamente a las 11:30, cayó un primer fragmento del techo. Parecía un pequeño pedazo de plafón. Lo notamos, pero no parecía algo grave. Observamos que la gente se movía y cambiaba de sitio, y nada más.

Entonces Rubby Pérez comenzó a cantar y luego cayó un segundo pedazo más grande. Es el famoso segmento que aparece en todos los videos: la lona azul cae y comienza a caer agua y arena.

Al verlo, pensé: “Esto no es normal”. Miré a mi amiga de frente y le dije: “Me voy ahora mismo”. Me levanté, tomé mi cartera y celular y le respondí: “Me voy”.

Ella se levantó también y justo en ese instante todo se vino abajo.

Para ver este contenido, favor activar JavaScript, o intentar con otro navegadorPlay video, "Momento en el que cae el techo del Jet Set", Duración 0,1300:13

“Me voy a morir aquí”

Sentí un empujón hacia adelante. Caí de bruces sobre la mesa, una mesa plástica que parecía de cristal. La rompí con mi rostro y caí boca abajo al suelo.

Fue entonces que comencé a sentir que algo me presionaba.

Un fragmento del techo me cayó desde la cintura hacia abajo y quedé completamente atrapada. Esta mano quedó atrapada por algo parecido a una varilla, mientras que la otra estuvo libre. En ese momento entendí que no podía moverme.

Al principio se escuchaban muchos sonidos: gritos, llantos, pedidos de auxilio, llamados a las madres y padres… También había gente maldiciendo.

Incluso oí a mi amiga Pierima, quien falleció luego, pero por varios minutos tras el colapso aún se le escuchaba quejarse y pedir ayuda.

A los cinco minutos casi cesaron los sonidos.

Pensé: “Todos murieron”. Y me dije: “Yo también voy a morir aquí”.

Más tarde empecé a escuchar a Mena, mi amiga frente a mí. Le preguntaba: “Mena, ¿estás ahí? ¿Me escuchas?”. Finalmente respondió.

Con la mano libre comencé a quitar cristales y escombros para tratar de alcanzarla. Nos tomamos de la mano y comenzamos a orar.

Ella repetía mucho: “Me voy a morir aquí”. Y yo pensaba: “Qué terrible morir así”, pues uno reflexiona sobre todo: los hijos, la familia, el esposo. Fue muy duro.

El jet set desde arriba

Fuente de la imagen, Getty Images

Con la mano libre empecé a tocarme para evaluar mis heridas. Todo estaba empapado porque el techo cayó con mucha agua. Sentía que no tenía lesiones profundas que me pudieran matar.

Pensé: “Si mantengo la paciencia, tal vez puedan salvarme”.

Practiqué ejercicios de respiración para controlar el ritmo cardíaco muy acelerado. Al calmar a mi amiga, también lograba tranquilizarme. Ella tenía un golpe severo en la cabeza y mucha sangre en la cara y boca.

Mi celular se dañó en la caída. Lo tenía en la mano, pero solo mostraba el logo de Apple. Intentamos hacer llamadas con el reloj, pero tampoco funcionó.

Encendí la linterna del reloj para iluminar el lugar. Pude notar que estaba completamente cubierta por escombros. Sobre mí había una parte del techo con una distancia suficiente para que pudiera levantar la mano sin tocarla, pero de la cintura hacia abajo estaba totalmente atrapada.

Al pasar la mano por el suelo, sentí mucha agua y también sangre, mucha sangre.

Sabía que esa sangre no era solo mía.

Pensaba: “Esa sangre pertenece a todos los que están muertos aquí”.

“Estoy aquí, estamos vivas”

Cerca de media hora después escuché ambulancias y rescatistas llegando. Jamás olvidaré cuando oí que decían: “Miren al suelo y empiecen a buscar manos, pies y cabezas”.

Fue devastador, pues sabía que de mí no se veía ni un cabello.

Cerca de mí estaba un joven atrapado cuya familia intentaba liberarlo. Mi amiga y yo nos turnábamos para gritar, para evitar agotarnos.

Ana María Ramírez

En uno de esos momentos escuché que mencionaban a un comandante e intenté llamarlo.

Gritaba: “Soy Ana María, estoy aquí, estoy viva, estoy con mi amiga”.

Quería que supieran que seguíamos vivas, porque algo dentro de mí me decía que solo estaban sacando cadáveres.

Él me respondió: “Vamos en camino, aguanta un poco”.

En un momento, uno de ellos pasó sobre mí y pisó justo la zona que me aplastaba.

Le dije: “Me pisaste, estoy justo debajo de ti”.

Entonces me enfocó con una linterna y me preguntó: “¿Ves esta luz?”. Le respondí que sí.

Él gritó: “Aquí están”.

Comenzaron a levantar lo que tenía encima de la cintura y, al levantarlo, vi por primera vez la luz.

El trozo de concreto que me aplastaba las piernas era muy pesado. Comenzaron a romperlo encima de mí. Me decían: “Cúbrete la cabeza”, porque caían escombros constantes.

Primero liberaron la pierna derecha, y al descubrirme pude mirar a quienes me auxiliaban por primera vez.

Siempre digo que alguien me grababa, y al notar que los observé, bajó el teléfono.

Mi pierna izquierda fue más difícil de liberar, estaba muy atrapada. Finalmente dijeron: “Tendremos que halarla”.

Pensé: “Esa pierna se quedará aquí”.

Contaron: “Uno, dos, tres” y tiraron.

Toda la piel salió. Fue terrible. Pero finalmente me sacaron.

A mi amiga le costó más salir porque tenía cadáveres cerca. Mientras me llevaban a la ambulancia solo repetía: “Mi amiga está ahí, sáquenla”.

Cuando me liberaron, sentí el dolor más intenso de mi vida. Allí abajo casi no sentía dolor, pero al soltarme lo sentí todo de golpe. De la cintura hacia abajo no tenía sensación.

“Nacimos otra vez”

Ana María en el hospital

Fuente de la imagen, Ana María Ramírez

Padecí parálisis facial debido a la caída de cara. Un ojo no cerraba, y bajo los escombros lo tapaba con la mano para evitar que entrara polvo.

Pasé meses así, usando parches para dormir.

Luego desarrollé síndrome de aplastamiento. Mis riñones colapsaron. Retuve líquidos, las piernas se hincharon mucho y me dializaron cinco veces.

Los pulmones también resultaron afectados por la inhalación del polvo. Tenía laceraciones por todo el cuerpo, como si me hubieran arañado un gato.

Hasta ahora tengo secuelas. La pierna izquierda aún no recupera sensibilidad. Si me pellizcan, no siento nada superficialmente.

Mena y yo quedamos enlazadas para siempre. Ella dice que yo la salvé porque mantuve el ánimo bajo tierra, pero en realidad ella me ayudó a mí.

Saber que no estaba sola fue un alivio enorme. Esas oraciones, tomarnos de la mano, sostenernos, eso no tiene precio.

Siempre digo que ese día las dos nacimos de nuevo.

Ana María hablando en público

Fuente de la imagen, Ana María Ramírez

La otra amiga que nos acompañaba, Pierima, falleció. Era una venezolana alegre y carismática. Ese año había traído a su hijo desde Venezuela para que estudiara arquitectura aquí.

Ese ha sido mi dolor más profundo.

Vi su autopsia y supe que tuvo unos minutos de vida, unos minutos de conciencia. Nadie debería morir de esa manera.

Siempre digo que hubiera sido perfecto que las tres hubiéramos salido vivas.

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