Las voces que marcaron la experiencia del Papa: desde Ayou de Senegal hasta Tito, salvador de más de 20,000 vidas

Un capitán con 20.000 personas rescatadas y una víctima de trata, entre los testimonios

El Papa, con Ayou, migrante nigeriana y víctima de una mafia.

Un viaje apostólico implica para un Papa enfrentar directamente las heridas del mundo. Cuando hablan quienes experimentan la vulnerabilidad —o quienes la observan cada día en primera línea—, esos relatos adquieren un valor profético al reflejarse como un espejo para toda la comunidad. León XIV comprendía que desplazarse a Gran Canaria suponía adentrarse en una de las fronteras más significativas de nuestro tiempo. Un lugar que para muchos se convierte en la puerta hacia una nueva oportunidad, pero que para un número considerable acaba siendo una tumba abierta en el Atlántico.

En Arguineguín, bajo un sol implacable que no logró quebrar la paciencia ni la esperanza de los que aguardaban al Pontífice, el Papa atendió las voces que integran la compleja realidad migratoria.

Tito Villarmea, de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, fue el primero en tomar la palabra en ese espacio austero, de espaldas al mar, que se ha cobrado tantas vidas en su historia. Durante sus 18 años de servicio, estima haber rescatado «a más de 20.000 personas» del mar. «Es una cifra que duele y permanece en la memoria», señaló, «todos conocemos la imagen diurna de Canarias, pero de noche cambia totalmente: mar peligroso, oscuridad completa y embarcaciones precarias llenas de vidas». Proveniente de una familia de marineros, recordó que conocía bien las exigencias del mar, el mismo que llevó la vida de su bisabuelo y casi de su padre y abuelo, pescadores que tuvieron que ser rescatados en faena. «Yo continúo su legado, pero dedicándome a salvar vidas», enfatizó.

León XIV reza junto a otro de los inmigrantes en el muelle de la Esperanza.

En ciertos momentos su voz tembló. Estar frente al Santo Padre representaba, explicó, un reconocimiento hacia todos sus colegas de Salvamento Marítimo. También recordó a los familiares de sus abuelos gallegos, quienes viajaron más de 12 horas para acercarse a Juan Pablo II en Fátima. «Jamás» olvidará a una madre que viajaba en una patera con su hijo, entre heridos y cuerpos sin vida. «Ya seguros a bordo, la mujer se acercó al niño, de aproximadamente 14 años, le retiró el gorro y la cazadora y sacó unos pendientes dorados para ponérselos. En realidad, era una niña. Ella lloró y yo lloré, pues soy padre de dos adolescentes. Podrían haber sido mis hijas». En esa escena se resumían el miedo, la esperanza y el costo que muchas familias enfrentan al intentar alcanzar un futuro mejor.

«La misericordia comienza con gestos pequeños», respondió el Papa, «no es cuestión de resolverlo todo, sino de entregar todo en manos de Dios y estar presentes donde el ser humano sufre, donde los recursos son insuficientes y no hay un idioma común, pero donde aún se comunican los gestos».

El Pontífice, con el capitán Tito Vilarmea, de Salvamento Marítimo.

La mayoría llega engañada. Aunque todos pagan un precio promedio que oscila entre 3.000 y 5.000 euros; en el caso de las mujeres, su cuerpo es una moneda extra para las organizaciones criminales, que cobran a su antojo. Eso le ocurrió a Blessing (en inglés, bendición). Senegalesa y víctima de trata, su testimonio no pudo ser contado por ella misma por razones de seguridad. «Con 14 años ya luchaba por sobrevivir», narraba Ayou, otra migrante encargada de darle voz. «A los 22 dejé a mis hijos de 2 y 4 años en Senegal para salir y buscar un mejor futuro para ellos». Sin embargo, lo que encontró fue que la mafia le reclamaba una deuda impagable de 25.000 euros.

Sabía que debía huir y se subió a una patera, a pesar de que el día anterior otra embarcación se había hundido. Durante el trayecto quedó embarazada de un hombre vinculado a la red criminal que los transportaba.

«En España me separaron de mi hijo de 11 meses». Frente a León XIV, las lágrimas surcaban el rostro de quien prestaba la voz. «Logré recuperarlo y espero que Dios bendiga a todas las personas que me ayudaron».

León XIV lamentó no haber podido conocer personalmente a aquella senegalesa, pero eso no le impidió transmitirle un mensaje. «Dios nunca ha dejado de mirarte como alguien invaluable», afirmó León XIV, «tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que nadie podrá quitarte, nosotros deseamos caminar contigo hasta que esa verdad sea más fuerte que el sufrimiento».

El mar, como él mismo señaló, desde épocas bíblicas ha sido escenario de «oscuridad, amenaza y caos», con su Leviatán devorador y su Rahab —«la soberbia de los poderes»— transformada hoy en esos «cantos de sirenas» que los migrantes deben evitar. Pero mientras existan mafias y migrantes engañados, León XIV, según sus palabras, no podrá «desentenderse de estos muelles».

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