
Hace menos de diez años, la idea de que personas tuvieran un chip implantado en el cerebro parecía sacada de una película de ciencia ficción; sin embargo, ya es una realidad: hay decenas de individuos en todo el mundo con este tipo de implantes.
En realidad, estos dispositivos no buscan otorgar superpoderes ni conexión a internet, sino que están diseñados para tratar y solucionar problemas de salud y psicomotores. La empresa más conocida en este ámbito es Neuralink, propiedad de Elon Musk, aunque no es la única ni actualmente la más avanzada.
Esto se debe a que China ha superado una vez más al magnate y a Estados Unidos (un fenómeno cada vez más frecuente), al lanzar el chip cerebral NEO, el primero en el mundo en ser comercializado. Tras su aprobación, el chip NEO estará disponible para la compra, aunque inicialmente solo para hospitales dentro de China.
En esta fase inicial, este dispositivo se empleará para tratar lesiones medulares y parálisis, al mejorar y restaurar el sistema nervioso de los pacientes, con planes futuros para asistir a personas con depresión, epilepsia, ictus y Parkinson.
Actualmente, todos los desarrollos se centran en aplicaciones médicas; incluso en España, se ha conseguido recuperar parcialmente la visión de dos pacientes ciegos. Sin embargo, en el futuro, estos chips cerebrales darán un paso adicional.
Se prevé que, una vez que estos chips sean más seguros, incluso individuos sanos los implanten para obtener una ventaja competitiva. Los expertos indican que esto podría generar un efecto dominó, donde cada vez más personas decidirán convertirse en cyborgs, adquiriendo capacidades superhumanas gracias a estos implantes.
Una memoria superior a la humana, la capacidad para concentrarse sin distracciones o incluso la telepatía podrían ser algunas de las habilidades que se podrían desarrollar, y en el futuro podrían aparecer otras aún más sorprendentes.
Los peligros de esta tecnología
No obstante, estos avances conllevan también preocupaciones significativas para los expertos. A pesar de los beneficios que aporta esta tecnología, existe un aspecto negativo, como señala Anil Seth, catedrático de Neurociencia en la Universidad de Sussex: «el principal desafío es la privacidad, ya que al permitir el acceso a nuestra actividad cerebral, se autoriza no sólo el conocimiento de lo que hacemos, sino potencialmente también aquello que pensamos, creemos y sentimos».
Yendo aún más lejos, existe el riesgo de que hackers puedan conectarse a estos chips y acceder a toda la información contenida en ellos, o incluso, de alguna manera, al cerebro mismo. Por ello, aunque estos chips prometen mucho, aún es necesario resolver numerosos aspectos antes de que puedan ser usados más allá de las aplicaciones médicas.

