El especialista en adolescentes y familias Alfonso Navarro señala que estas conductas suelen surgir a partir de heridas emocionales o dificultades para asumir el crecimiento del hijo

En numerosas familias, los conflictos no brotan de forma repentina ni siempre responden a problemas graves. Frecuentemente, se originan en pequeños detalles cotidianos: discusiones reiteradas, reproches permanentes o la impresión de que la convivencia se vuelve cada vez más tensa. En la adolescencia, cuando los hijos comienzan a demandar independencia y a formar su propia identidad, estas dinámicas suelen hacerse más evidentes.
No siempre se trata de conductas intencionales ni de un deseo de causar daño. Muchas maneras de relacionarse se aprenden con el tiempo, basadas en experiencias previas, modelos familiares o inseguridades personales que terminan repercutiendo en la crianza. Padres y madres intentan proteger, acompañar o educar, pero en ciertas ocasiones algunas actitudes provocan distanciamiento emocional en el hogar.
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El psicólogo especializado en adolescentes y familia Alfonso Navarro (@alfonsopsicologia en TikTok) examina cuatro comportamientos frecuentes en madres y padres que, según detalla, “habitualmente se originan en sus propias carencias emocionales”. El experto subraya que detrás de estas conductas no suele haber malicia, sino heridas emocionales y complicaciones para gestionar el crecimiento de los hijos.
De la necesidad de control al victimismo
Uno de los comportamientos más habituales es el exceso de control. Navarro describe el caso de “madres que requieren conocerlo todo constantemente: con quién está, qué hace, qué piensa, qué siente”. Esta necesidad de supervisión continua se intensifica cuando el adolescente comienza a demandar mayor espacio personal. “Y cuando el adolescente busca independencia, la madre se angustia y aprieta aún más”, señala.
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Este control, aunque a menudo se interpreta como preocupación o protección, puede acabar produciendo el efecto contrario. La vigilancia constante provoca sensación de desconfianza y limita que el adolescente desarrolle autonomía emocional. El conflicto surge entonces como una respuesta a la necesidad natural de distanciarse gradualmente del núcleo familiar.
Otro patrón que destaca el psicólogo es la generación de culpa dentro de las relaciones familiares. Se trata de frases comunes en muchas discusiones diarias: “Pero con todo lo que hago por ti” o “Después de todos los sacrificios que hago”. Estas expresiones no siempre nacen de una manipulación consciente, explica Navarro. “No hay malicia, sino una necesidad constante de sentirse querido o valorado”.
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La búsqueda de reconocimiento afectivo puede convertir ciertas charlas en un intercambio de reproches emocionales. El hijo deja de percibir el apoyo como algo gratuito y comienza a sentir que debe compensar continuamente el esfuerzo de sus padres. Esta dinámica puede provocar frustración y desgaste emocional en ambos lados.
El tercer comportamiento que resalta el experto es el victimismo. Navarro menciona “la sensación de ser siempre la persona que más sufre, la incomprendida o la que se entrega por completo a los demás”. El problema se presenta cuando esta actitud traslada el peso emocional hacia los hijos. “Sin darse cuenta, se coloca al hijo en la posición de estar pendiente o cuidar emocionalmente del adulto”.
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Algunas actitudes que se manifiestan pueden reflejar quiénes somos según los psicólogos
En estas situaciones, muchos adolescentes terminan asumiendo responsabilidades emocionales que no son suyas. La relación familiar se invierte parcialmente y el hijo acaba desempeñando el papel de sostén emocional del adulto, lo cual puede causar ansiedad, culpa o dificultad para establecer límites.
La crítica constante completa los cuatro comportamientos analizados por el especialista. “Nada es suficiente, siempre hay algo que corregir o que se podría hacer mejor”, aclara Navarro. Detrás de esta exigencia permanente, suele existir un modo de relacionarse aprendido durante años. “Con frecuencia, eso proviene de alguien que aprendió a interaccionar a través de la exigencia y no mediante la validación emocional”.
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El psicólogo enfatiza que comprender el origen de estas conductas es clave para poder transformarlas. “Que alguien se comporte así no significa que sea mal padre o mal madre”, precisa. Según explica, detrás de muchas de estas actitudes “se encuentran heridas emocionales, miedo al abandono, necesidad de sentirse importante o dificultad para aceptar que el hijo crece y se vuelve independiente”.
Navarro también recuerda que la adolescencia no solo altera a los hijos, sino también afecta profundamente a los padres. “La adolescencia impacta mucho en los padres”, afirma. “Comprender la raíz de estos comportamientos facilita muchísimo iniciar su cambio”.
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