El especialista subraya la importancia de diferenciar entre lo dañino y lo que simplemente resulta incómodo

Existen relaciones que se desgastan no por grandes confrontaciones, sino debido a pequeños conflictos cotidianos. Un gesto reiterado, una costumbre irritante o una forma de reaccionar ante situaciones puede pasar a ser el motivo de discusiones repetidas. Frecuentemente, detrás de estas tensiones surge la creencia de que el otro debería modificar su comportamiento: ya sea su manera de expresarse, de organizar el hogar, de manejar las emociones o de interpretar la vida.
No obstante, el cambio personal casi nunca proviene de la presión externa. Psicólogos y especialistas en comportamiento coinciden en que las transformaciones profundas ocurren cuando la persona misma identifica una necesidad, encuentra razones suficientemente convincentes y posee las herramientas para alterar sus hábitos. Forzar el cambio desde afuera no siempre tiene efectos positivos; en ocasiones, causa lo contrario: mayor resistencia y una mayor distancia emocional.
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En este marco, el psicólogo Juan Gabriel Rescalvo (@juanrescalvopsicologo en TikTok) ha compartido una reflexión sobre uno de los errores más comunes en las relaciones personales: intentar modificar a quienes nos rodean. “No vas a cambiar a nadie que no quiera cambiar”, afirma. Para el especialista, el problema se inicia cuando se asume que el cambio depende exclusivamente de la insistencia externa. “Las personas que no desean cambiar carecen de suficientes motivos para hacerlo”, añade.
Tres errores habituales
Partiendo de esta idea, Rescalvo señala tres errores comunes que cometen muchas personas al relacionarse con otros. El primero, explica, consiste en interpretar todo comportamiento ajeno como negativo y que debe ser corregido. “Creer que lo que hace el otro está mal y que está obligado a modificarlo”, señala. El psicólogo propone entonces una distinción crucial: no todo lo que resulta molesto es necesariamente perjudicial.
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“Es necesario distinguir si lo que hace la otra persona es objetivamente dañino o simplemente desagradable para ti”, explica. Para ejemplificar, brinda situaciones comunes: “Dejar la ropa tirada es molesto, no dañino. Falta de respeto sí es dañino”. Esta diferencia, aclara, es fundamental para evitar conflictos innecesarios y para saber cuáles situaciones requieren establecer límites claros.
El segundo error está vinculado con la falta de comprensión sobre el origen de ciertas conductas. Según Rescalvo, muchas personas juzgan comportamientos sin cuestionar el motivo detrás de ellos. “No entender por qué el otro actúa así”, sintetiza. Desde la psicología, recuerda que gran parte de nuestros comportamientos son aprendidos y responden a vivencias anteriores.
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“Nadie actúa así sin motivo”, sostiene. “En algún momento intentaron resolver una situación mediante una forma determinada de actuar y, si esa manera funcionó, aprendieron que debían comportarse así”. Aunque estas actitudes puedan resultar incómodas para quienes las rodean, el experto resalta que suelen tener una lógica interna. “Y tiene sentido, aunque no apruebes lo que hagan”, añade.
El tercer error, quizás el más profundo, sucede cuando alguien piensa que tiene la autoridad para decidir cómo deben ser los demás. “Pretender decidir cómo debe ser la otra persona”, explica Rescalvo y luego plantea una pregunta directa: “¿Quién eres tú para determinar que el otro debe cambiar?”. Más adelante, reformula el cuestionamiento desde la perspectiva opuesta: “¿Quiénes son los demás para decidir que tú debes cambiar?”.
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Algunas actitudes que se manifiestan, podrían ser indicios de nuestra personalidad según los psicólogos
Para el especialista, esta reflexión no implica renunciar a mejorar o aceptar cualquier conducta sin límites. En realidad, aclara que el cambio puede ser beneficioso en múltiples situaciones. Lo trascendental es quién asume la decisión y el momento en que se produce.
“Siempre es uno mismo quien elige si cambia o no”, concluye. Una idea que, según Rescalvo, invita a reevaluar numerosas dinámicas personales basadas en la frustración y el control. Porque, al fin y al cabo, “cada persona es protagonista de su propia vida, no de la de los demás”.
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