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- Autor, Ankur Shah
- Título del autor, Editor de la Unidad de China Global de la BBC
- Fecha de publicación 19 mayo 2026Actualizado 6 horas
- Tiempo de lectura: 11 min
En septiembre pasado, mientras caminaban por la plaza de Tiananmén en Pekín, el presidente chino Xi Jinping y su homólogo ruso Vladimir Putin parecían contemplar la posibilidad de que los trasplantes de órganos prolongen sustancialmente la vida humana.
El intérprete de Putin comentó: "Los órganos humanos pueden ser trasplantados de manera continua. Cuanto más tiempo alguien viva, más joven se vuelve, incluso la inmortalidad podría lograrse".
A lo que el intérprete de Xi respondió: "Algunos pronostican que durante este siglo los humanos podrían alcanzar los 150 años".

Fuente de la imagen, Oficina de Prensa del Kremlin/Anadolu vía Getty Images)
Esta conversación resultó apropiada para dos líderes poderosos, considerados mejores amigos y que, tras acumular 39 años en el poder, no muestran intención de dejar sus cargos.
Fue una rara oportunidad para vislumbrar una relación poco comprendida.
Este fragmento improvisado brinda una de las pocas miradas al interior de una alianza de fuerte hermetismo.
El martes por la noche, Putin llegó a China para celebrar encuentros con Xi, coincidiendo con el 25º aniversario del Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa entre Rusia y China.
Mientras el presidente estadounidense Donald Trump fue recibido la semana pasada en Pekín con banquetes suntuosos y una visita a un templo histórico, la visita de Putin fue mucho más reservada, con escasa información divulgada previamente.
Al llegar, fue recibido por el ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, acompañado por una banda militar.

Fuente de la imagen, Reuters
Desde el Kremlin indicaron que esperan recibir detalles de primera mano sobre la reunión entre Trump y Xi.
Durante un paseo por Zhongnanhai —un área normalmente prohibida para visitantes extranjeros—, Xi supuestamente mencionó a su amigo Putin ante Trump, señalando en broma que el líder ruso ya había visitado ese enclave político antes.
Aunque en Washington algunos esperaban que Trump distanciara a Pekín de Moscú, tales esperanzas parecen poco más que deseos incumplidos.
En años recientes, China y Rusia han calificado sus vínculos como una "amistad sin límites". ¿Cuál es el fundamento de esta unión? ¿Podrá sostenerse?

Fuente de la imagen, EPA-EFE/REX/Shutterstock
China marca la pauta
Alexander Gabuev, director del centro Carnegie Russia Eurasia, señala que la relación es muy desigual, y cualquier acuerdo probablemente seguirá el modelo chino.
“Rusia está prácticamente en el bolsillo de China, y es esta última quien establece las reglas”, afirma.
Esto se evidencia en diversos ámbitos, sobre todo en la economía.
China es el principal socio comercial de Rusia, mientras que Rusia solo representa un 4% del comercio chino.
China exporta más que cualquier otro país a Rusia, y su economía supera notablemente a la rusa.
Las sanciones occidentales han inducido a Moscú a depender incrementamente de Pekín para sus intercambios comerciales.
Huawei, sancionada en EE.UU. y excluida de redes 5G en casi veinte países, ha aprovechado la ausencia de competidores occidentales para afianzarse como pilar en el sector ruso de telecomunicaciones.
El distanciamiento de Occidente ha convertido a China en el principal referente tecnológico, científico e industrial para Rusia.

Fuente de la imagen, EPA/Shutterstock
Desde la invasión masiva a Ucrania en 2022, Moscú depende más de componentes chinos para su armamento.
Un informe reciente de Bloomberg indica que más del 90% de la tecnología sancionada que importa Rusia proviene de China, un aumento del 10% en comparación con el año previo.
Rusia es consciente de los peligros que implica esta dependencia.
En un ensayo publicado recientemente titulado “No nos inclinamos ante nadie”, Dimitri Trenin, presidente del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales, enfatizó que Rusia no pretende convertirse en un estado subordinado.
“Será imprescindible para nosotros mantener una relación de igualdad y recordar que Rusia es una potencia que no puede ser un socio subordinado”, declaró refiriéndose a China.
Moscú tiene pocas opciones alternativas a Pekín, que representa un mercado y un nivel de demanda indispensables para su permanencia.
Cualquier reducción del comercio chino complicaría considerablemente los objetivos exteriores de Moscú, sobre todo en medio del aislamiento occidental.
No obstante, la mayor fortaleza de Rusia —y su barrera ante las presiones chinas— es su capacidad de resistencia.

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Marcin Kaczmarski, profesor de estudios de seguridad en la Universidad de Glasgow, comenta que China reconoce esta desigualdad y evita provocar reacciones adversas en Rusia o en sus élites.
“A mi parecer, la política china hacia Rusia se basa en la moderación”, señala. “China no está ejerciendo presión sobre Rusia”, sostiene.
Esto se debe en parte a que sería poco inteligente: Rusia, aunque menor en la relación, es un socio orgulloso.
Gabuev observa que, aun si China intentase imponer condiciones, “no es un país que las aceptaría sin resistencia”.
Como ejemplo menciona la visita de Xi a Moscú en 2023, cuando supuestamente le pidió a Putin no emplear armas nucleares en Ucrania.
Días después, Rusia anunció el despliegue de armas nucleares en Bielorrusia, lo que algunos interpretaron como una señal de rechazo a presiones externas y un recordatorio de su independencia.
La guerra de desgaste en Ucrania puede representar un lastre, pero también un activo para Pekín en la evaluación de una posible invasión de Taiwán.
“Rusia aporta en términos de tecnología militar, vendiendo equipos especializados y sirviendo además para probar tecnología china”, explica Gabuev.
Además, Rusia posee enormes recursos energéticos que resultan estratégicos para China.
En una conferencia de prensa en mayo, Putin afirmó que ambos países están próximos a dar “un paso importante en la cooperación en petróleo y gas”.

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Probablemente aludía al gasoducto Poder de Siberia 2, para el cual Gazprom y la Corporación Nacional de Petróleo de China supuestamente firmaron un acuerdo preliminar después de años de negociaciones estancadas.
La construcción de ese gasoducto implicaría un gran cambio, pues permitiría transportar 50.000 millones de metros cúbicos de gas ruso hacia China a través de Mongolia.
Mientras continúa la crisis en el estrecho de Ormuz, el aumento en la dependencia energética a Rusia parece estar beneficiando a China.
La cuestión no es únicamente económica, sino también garantizar la seguridad energética en un contexto global cada vez más volátil.
Socios más que aliados
Cada vez que China y Rusia aparentan tener diferencias, emerge una verdad sencilla en su relación: ninguna de las partes está subordinada a la otra, ya que no existe una alianza formal.
Bobo Lo, exsubjefe de misión en la embajada australiana en Moscú, indica que esta flexibilidad estratégica, en lugar de un pacto militar rígido, es lo que fortalece la vinculación.
“No es una alianza, sino una asociación estratégica adaptable”, explica, una relación que ha perdurado a pesar de reiteradas predicciones acerca de su disolución.
Occidente tiende a describir este vínculo de dos maneras: como un “eje autoritario” unido por el deseo mutuo de desafiar a Occidente, o como una fraternidad frágil que está al borde del colapso constante.
Sin embargo, ninguna de estas visiones refleja plenamente cómo esta relación ha evolucionado hasta ser vital e indispensable para ambos países vecinos, que a pesar de sus diferencias y desequilibrios, comparten intereses cruciales.
Bobo Lo argumenta que, incluso si ambos países mejoraran su relación con Occidente, seguirán manteniendo una cooperación estrecha.

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Por encima de todo está su extensa frontera, de 4.300 kilómetros, que en tiempos pasados fue fuente de inseguridad.
También sustentan esta relación sus economías complementarias: Rusia como exportador de petróleo, gas y materias primas, y China con su sector industrial que provee un mercado amplio para estos productos.
Adicionalmente, ambos países comparten la oposición a un orden mundial dominado por Estados Unidos.
A diferencia de los países occidentales, que condicionan sanciones basadas en valores como los derechos humanos, Rusia y China no se juzgan mutuamente por sus acciones.
Las constantes acusaciones de abusos en Xinjiang —que China niega— y la muerte del opositor ruso Alexei Navalny han generado precaución en algunos países occidentales al tratar con estas naciones, pero Moscú y Pekín no incorporan tales cuestiones en su relación.
“No se reprochan temas como Xinjiang o el envenenamiento de Navalny”, señala Gabuev. “Y coinciden en varios asuntos en la ONU, lo que genera una relación simbiótica y orgánica”.

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Gabuev añade que la relación pragmática entre ambos países tiene raíces profundas y se ha refinado con el tiempo.
“Esta tendencia a una relación práctica (…) viene desde Andropov, Chernenko, Gorbachov, Yeltsin”, explica, “y parece que los chinos han adoptado la misma postura”.
Sobre la durabilidad de esta relación, un analista chino anónimo señala que la exhibición pública de la alianza como inseparable es en parte una actuación destinada a mostrar unidad y estabilidad.
En realidad, sirve como herramienta política para superponer eventuales diferencias de interés.
Aunque ambos gobiernos rechazan la “hegemonía occidental”, sus métodos y prioridades pueden divergir.
Rusia tiene como objetivo construir un orden que excluya completamente a EE.UU., mientras China se mantiene más cautelosa y centrada en resultados a largo plazo.
Pekín suele evitar decisiones apresuradas, priorizando la paciencia y avances graduales.
El analista apunta a la reacción china ante acciones estadounidenses en Irán, resaltando que Pekín fue moderado y no canceló planes para la visita de Trump.
“Esto indica la intención de Pekín de no cerrar puertas ni provocar conflictos innecesarios”, comenta.
China, afirma, busca mantener canales abiertos con Washington, a diferencia del enfoque enérgico de Rusia.
El factor humano
La asociación suele enfocarse desde una perspectiva geopolítica y de seguridad, pero la profundidad de los vínculos entre las poblaciones es otro factor clave.
Desde las cúpulas del poder, Putin y Xi han tratado de mostrar una amistad destacada entre ambos.
Este es el 25º viaje de Putin a China, lo que sugiere que los funcionarios rusos probablemente interactúan más con sus contrapartes chinas que con otros países.
Sin embargo, Charles Parton —exdiplomático británico en China— expresa dudas sobre la afinidad cultural espontánea entre los ciudadanos comunes de ambos países.
“¿Realmente desean los chinos estudiar en Moscú, establecerse y comprar propiedades en la capital rusa? No”, afirma.
También cree que los rusos, de tener preferencia, optarían por invertir en Occidente —adquiriendo inmuebles en París, Londres o Chipre— en lugar de en Pekín.

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No obstante, otros no comparten esta opinión.
Gabuev sostiene que el contacto directo entre personas se ha incrementado rápidamente, impulsado en parte por las sanciones occidentales y las restricciones europeas en visados, que han desviado el flujo ruso hacia China.
Viajar a China para los rusos se ha hecho considerablemente más sencillo.
Existe un régimen bilateral de exención de visados, y múltiples vuelos diarios conectan Moscú con principales ciudades chinas en solo pocas horas.
El uso de teléfonos y autos chinos ha crecido entre los rusos, tendencia potenciada por las sanciones occidentales.
“La interconectividad, los viajes sin visado y la facilidad para pagos y movilidad hacen que China se perciba más cercana de lo que antes”, señala Gabuev.
“Asimismo, programas de intercambio, becas y proyectos conjuntos en investigación fortalecen los lazos entre las sociedades”, añade.

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Aunque el desequilibrio creciente en la relación entre Moscú y Pekín representa un posible punto débil en el largo plazo, las predicciones de ruptura parecen alejadas, al menos por ahora.
Pese a sus diferencias, Lo resalta: “La asociación sino-rusa sigue siendo sólida. Ambas partes entienden que es demasiado valiosa para fracasar, especialmente dada la falta de opciones viables para reemplazarla”.

