Algunos protagonistas de aquella revolución que nunca llegó a concretarse sostienen que el espíritu inicial del movimiento murió cuando Podemos se lo apropió.

«Entre 2010 y 2020, el planeta fue testigo de una oleada de protestas y movilizaciones masivas que anticipaban transformaciones profundas. Los participantes vivieron esos momentos con una gran euforia. Sin embargo, años después, estas revueltas precedieron o incluso generaron resultados muy distintos a los objetivos planteados por los movimientos. En ningún caso las cosas ocurrieron según lo planeado, y en muchas ocasiones la situación empeoró. Las manifestaciones derivaron en lo opuesto a lo que reivindicaban».
El periodista estadounidense Vincent Bevins narra en su obra Si ardemos el fiasco del último intento pendiente de revolución. La denominada revolución de los indignados, término acuñado por el fallecido pensador francés Stéphane Hessel. Fue una insurrección pacífica, como él la definió. Los indignados tomaron las calles alrededor del mundo: desde la plaza de Tahrir hasta Grecia, Brasil, Washington, Túnez y Madrid.
En España, todo comenzó con una manifestación masiva inesperada. En el día de San Isidro de 2011, decenas de miles de personas abarrotaron el centro de Madrid para protestar contra la corrupción política, los abusos bancarios y los desahucios. Surgió un mayo revolucionario que, aunque transversal en términos ideológicos, presentó mayor protagonismo de los movimientos de izquierda, y explotó al Gobierno de Zapatero en sus momentos finales.
El 15-M marcó un aviso ante un profundo descontento ciudadano hacia los dos principales partidos, PSOE y PP, quienes habían gobernado la estabilidad del sistema político español desde la Transición, alternándose en el poder. Las duras secuelas sociales de la gran recesión iniciada en 2008, producto del colapso de Lehman Brothers y la consiguiente caída financiera, llegaron a España años después y aún persisten.
Ese malestar continúa, aunque la frustración se ha desplazado de lado, quince años después. «¡Qué pasa, qué pasa, que no tenemos casa!»; «Casas sin gente, gente sin casa». Los lemas del 15-M no solo mantienen su vigencia sino que la problemática que denunciaban se ha agravado en calidad.
Desde entonces, el precio de la vivienda ha subido un 35%. El alquiler consume más del 50% del salario promedio. Una habitación en Madrid alcanza los 850 euros. Los manifestantes proclamaban que la vivienda es un derecho, no un producto comercial. Aunque fue un movimiento horizontal y sin líderes claros, los activistas por una vivienda digna y contra los desahucios se expandieron por todo el país en el marco del 15-M y lograron un fuerte eco político y mediático.
Fue allí, en la acampada en la Puerta del Sol que se extendió por semanas y en las posteriores manifestaciones que llegaron a reunir hasta un millón de personas en toda España, donde nacieron también plataformas cívicas con propuestas para la regeneración política. Surgieron politólogos como divulgadores en medios de comunicación, explotaron las tertulias televisivas y radiofónicas como reemplazo del Parlamento, y se consagraron las redes sociales como el nuevo Che Guevara del siglo XXI, según Alec Ross, responsable digital del Departamento de Estado durante la etapa de Hillary Clinton.
Los efectos políticos del 15-M no se hicieron evidentes hasta varios años después, cuando las consecuencias sociales azotaron a las familias españolas, la corrupción en el Gobierno del PP escandalizó al país y los recortes sociales fomentaron un clima de indignación. España despertó bruscamente del sueño de prosperidad transmitida generación tras generación. Algunos de los actores de aquella revolución fallida, como los que describe Bevins, aseguran que el espíritu del 15-M murió tras ser cooptado por Podemos.

Cuando el descontento con el sistema político y la democracia alcanzó un punto crítico, emergieron dos nuevas fuerzas políticas, Podemos y Ciudadanos, que obtuvieron cerca de diez millones de votos en las elecciones generales de diciembre de 2015. El 15-M había sido una advertencia que el bipartidismo imperfecto no quiso atender del todo. Lo ocurrido en los años posteriores fue intenso y llamativo, al igual que los liderazgos de Pablo Iglesias y Albert Rivera, pero podría resumirse en una palabra: fracaso.
Fue un fracaso total de esos nuevos partidos que prometían renovar la política y llegaron a gobernar en ayuntamientos y comunidades. Una década después de su nacimiento, Ciudadanos ha desaparecido y Podemos se ha reducido a lo esencial. En el caso de este último partido, la situación merece un análisis especial, ya que sus líderes se proclamaron herederos del 15-M. Activistas a favor de una vivienda digna y en contra de los desahucios llegaron a dirigir gobiernos municipales; Ada Colau ejerció como alcaldesa de Barcelona y, sin embargo, el problema de la vivienda solo se ha agravado. Desde el 15-M, España ha contado con gobiernos de diferente signo político, y ninguno ha logrado evitar que un porcentaje alarmante de jóvenes españoles no pueda independizarse, formar una familia ni tener hijos, debido a la imposibilidad de comprar o alquilar vivienda en las ciudades donde trabajan. Actualmente, en el Gobierno de coalición dirigido por Pedro Sánchez, hay ministros que participaron activamente en las manifestaciones del 15-M. Para Podemos, y luego para Sumar, haber accedido al Consejo de Ministros representa un logro. Sin embargo, la distancia entre las demandas del 15-M y sus resultados reales es enorme, y su base electoral no ha dejado de disminuir.
El vertiginoso ascenso y la igualmente rápida caída de Podemos y Ciudadanos dejaron tras de sí una sensación de desencanto y fracaso, tras los meses intensos y revolucionarios del 15-M. Bevins cita en su libro una reflexión sobre el fracaso de Mayo del 68: «El filósofo francés André Gorz se preguntó por qué el pueblo francés premiaría con su voto a los revolucionarios después de que demostraran ser incapaces de ejercer su poder para gobernar cuando tuvieron la oportunidad».
Quince años después de que aquel centinela hiciera visible las demandas para renovar una democracia que empezaba a perder credibilidad entre los españoles, especialmente entre los jóvenes, la realidad se refleja en que quienes ahora tienen entre 18 y 20 años eran bebés durante el 15-M. Los jóvenes que participaron entonces en las protestas superan ahora los treinta años, y sus lemas siguen siendo sorprendemente actuales. «Juventud sin futuro». «Lo llaman democracia y no lo es». «No tenemos pan para tanto chorizo». «Nietos en paro, abuelos trabajando». «Me sobra mes a final de sueldo». «Esto no es cuestión de izquierdas contra derechas, es una cuestión de los de abajo contra los de arriba». La corrupción ha regresado y los salarios están estancados.
El bipartidismo estuvo cerca de desmoronarse, pero resistió la fuerte sacudida. PSOE y PP sufrieron grandes pérdidas en ciertas elecciones, pero la incapacidad de los nuevos partidos les devolvió fuerza y la posibilidad de seguir administrando el sistema según sus criterios. Por ahora, optan por la lucha constante y agresiva. No obstante, las promesas de regeneración democrática han quedado sin cumplir. El tema ni siquiera figura ya como asunto de debate público. A pesar de ello, la indignación sigue presente en las calles. Los ciudadanos continúan buscando alternativas para votar en protesta. Si en 2015 Podemos fue el adversario más cercano al PSOE, ahora es Vox quien amenaza con desplazar al PP como hegemonía del centroderecha, tras la desaparición sin mayor dificultad de Ciudadanos.

