Fermín Lorda, carpintero, comenta la escasez de aprendices: “Ni el aprendiz quiere trabajar por ese salario ni la empresa contratar a quien no tiene experiencia”

La desaparición del modelo tradicional de aprendiz, los bajos salarios y la alta rotación juvenil dificultan el relevo generacional en la carpintería y frenan la formación de nuevos profesionales

Montaje del carpintero Fermín Lorda y un taller. (Imagen cedida / Canva)

La carencia de relevo generacional se ha consolidado en los últimos años como uno de los desafíos principales para la mayoría de los oficios tradicionales. Cada vez más profesionales señalan la falta de interés de los jóvenes hacia la industria manufacturera, mientras que las empresas reportan dificultades para hallar albañiles, mecánicos, electricistas o fontaneros que satisfagan la demanda. En el ámbito de la carpintería, la situación es análoga.

Fermín Lorda, carpintero autónomo con más de diez años de experiencia, considera que el problema afecta tanto a quienes desean aprender el oficio como a las compañías que requieren personal cualificado. “Ni el aprendiz quiera trabajar por ese salario, ni la empresa contratar a alguien sin conocimientos”, sintetiza, destacando un equilibrio cada vez más complejo entre formación, remuneración y productividad.

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Lorda, que actualmente combina la carpintería con actividades divulgativas en redes, un pódcast y la administración de un comercio online, explica que dominar la carpintería exige años de práctica, algo que se contrapone a las dinámicas laborales actuales. “No es compatible con aprender un oficio”, comenta al referirse a los jóvenes que alternan estudios, viajes y empleos temporales antes de acceder a un empleo estable. En su opinión, el problema radica no solo en la falta de interés, sino en la dificultad para sostener procesos prolongados de aprendizaje. “Como carpintero, no contarás con una base que permita ser contratado con experiencias laborales fragmentadas de meses”, detalla.

Como consecuencia, el oficio carece de continuidad. Las empresas requieren perfiles formados, pero cada vez hallan menos candidatos dispuestos a afrontar una etapa prolongada de aprendizaje.

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La desaparición de la figura del aprendiz

Entre los cambios más importantes observados en el sector destaca el declive del modelo tradicional de aprendizaje. Antes, un trabajador empezaba como aprendiz, aceptaba salarios bajos o incluso trabajar sin remuneración mientras se formaba, y permanecía años en la misma empresa hasta consolidarse. “En el pasado, entrabas de aprendiz y no cobrabas. Pasabas varios años aprendiendo”, explica. Actualmente, este modelo prácticamente ha desaparecido debido a una normativa laboral mucho más estricta respecto a los contratos no remunerados.

A ello se suma la poca actualización salarial al alza en el sector, lo que ha disminuido las expectativas de crecimiento económico para quienes se incorporan. “La diferencia salarial entre un peón y un oficial es mínima”, puntualiza, reduciendo así el incentivo para la formación.

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El carpintero navarro Fermín Lorda en su taller. (Imagen cedida)

Además, la inestabilidad laboral agrava la situación: muchos jóvenes abandonan el oficio tras pocos meses. “Las empresas usualmente contratan personal joven para formarlo y a los seis meses se van de viaje o cambian de empresa”, comenta. Esta rotación constante provoca que numerosas carpinterías pequeñas renuncien de plano a formar trabajadores nuevos. “Llega un momento en que las empresas deciden no invertir en ello”, concluye.

Empresas sin margen y jóvenes sin incentivos

El desenlace es un estancamiento en ambas caras del mercado laboral. Las empresas no pueden permitirse contratar a alguien sin experiencia porque requieren productividad inmediata. “En una carpintería de tamaño medio no puede haber alguien que no sepa”, explica. “No hay tarea para esa persona”, añade. Por otro lado, los jóvenes cuentan con escasas razones para decantarse por este oficio. “Ganas lo mismo que de reponedor”, menciona, comparando la carpintería con empleos no cualificados que no demandan años de formación.

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Este desequilibrio produce una paradoja compleja: existe trabajo, pero falta gente preparada o dispuesta a capacitarse. “No hay personal disponible constantemente”, insiste. Para Lorda, el origen del problema es multifactorial. No se debe solo a las empresas, ni exclusivamente a los trabajadores, ni únicamente a la legislación. “Es una combinación de todos esos aspectos”, afirma. Cambios en las expectativas laborales, dificultades económicas empresariales y transformaciones culturales en torno al trabajo manual convergen en un mismo punto.

Aprender un oficio, recalca, demanda una motivación genuina. “Si no se hace por pasión, resulta complicado”, destaca. Esa pasión, en un entorno con empleos más flexibles y carreras profesionales fragmentadas, es cada vez menos común. El resultado es un sector que precisa trabajadores, pero que encuentra crecientes obstáculos para encontrarlos y formarlos, mientras el modelo tradicional de aprendizaje se debilita sin que haya todavía una alternativa clara que lo reemplace.

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