Ábalos y Koldo enfrentan juntos momentos decisivos con gestos de apoyo, confidencias y un emotivo discurso final

José Luis Ábalos y Koldo García Izaguirre minutos antes de que el juicio al 'caso Koldo' quedase visto para sentencia. Las claves

Durante la última sesión del juicio del caso Koldo, Ábalos y Koldo mostraron una actitud de mutuo respaldo, intercambiando gestos de camaradería y coordinando su defensa.

Los dos acusados, en sus intervenciones finales, insistieron en negar su implicación en los hechos centrales y en desacreditar la declaración de Víctor de Aldama, figura clave para la Fiscalía.

Koldo García presentó un alegato emotivo, describiéndose como un hombre social, laboral y mediáticamente destruido, solicitando clemencia al tribunal.

Por su parte, Ábalos se defendió señalando que es un chivo expiatorio y que los medios han distorsionado su imagen, restando importancia a los contratos y a las sumas económicas investigadas.

La jornada final del juicio, o del juicio decisivo del caso Koldo, recuerda a aquella escena de la película Rashomon, donde un asesino, una mujer víctima de violación, un leñador y un muerto que relata su testimonio a través de un médium ofrecen distintas perspectivas de un mismo crimen, lógicamente incompatibles.

Todos admiten su participación pero no el grado de implicación; la verdad existe, aunque cada testigo la distorsiona para justificarse, ennoblecer su imagen o eludir responsabilidades.

Tras una intensa jornada que inició con un vehemente alegato contra la corrupción política pronunciado por el fiscal Luzón, José Luis Ábalos, Koldo García Izaguirre y Víctor de Aldama, representados por sus abogados y luego, en sus últimas palabras, los dos primeros complicaron y fragmentaron los hechos hasta el punto que el juicio pareció una obra de Akira Kurosawa.

No lograron ponerse de acuerdo sobre el origen del dinero supuestamente recibido por mordidas en los contratos de mascarillas durante la pandemia; ni sobre los 10.000 € que Aldama afirma que pagaba a Koldo cada mes; tampoco sobre el contrato del domicilio en la Castellana; ni las ventajas dadas a Jésica—piso y puesto laboral—; no coincidieron ni respecto al origen de las chistorras, aunque Koldo admitió que era una jerga para referirse a billetes de 500 €.

El clímax se desarrolló a un ritmo tan pausado que en ocasiones la sesión recordaba a Satántángó y llegó a adormecer a jueces, abogados y acusados.

Fue precisamente durante uno de esos momentos que Ábalos y Koldo protagonizaron un inesperado episodio de camaradería que evidenció cómo estas tribulaciones compartidas han fortalecido su vínculo.

El exministro de Transportes, claramente agotado, adoptó la postura encorvada habitual en jornadas anteriores: puño apoyado en la mejilla derecha, ojos entrecerrados y algunos suspiros de hastío.

Koldo, quien habitualmente lanza miradas asesinas hacia Aldama al mirar a su derecha, en esta ocasión lo hizo para brindar ánimo a su antiguo superior, El Jefe.

Se acercó y susurró algo inaudible al oído de Ábalos, colocándole la mano en la espalda y acariciándola un par de veces, como si quisiera consolar y transmitir fuerza, a lo que Ábalos respondió con una sonrisa tímida y afectuosa.

Esta dinámica se ha repetido en jornadas recientes: ambos mantienen una estrategia conjunta para negar las múltiples pruebas recogidas en el informe de la UCO y atacar las «mentiras» de Aldama.

Esto quedó patenten luego de que la abogada de Koldo, Leticia de la Hoz, sostuviera en su alegato, que duró casi dos horas y media, que era «fundamental desacreditar al señor Aldama«.

Tras sus defensas y las de Marino Turiel y José Antonio Choclán, letrados de Ábalos y Aldama respectivamente, parecía que la sesión no tendría más aportes significativos.

No obstante, justo cuando los últimos rayos de sol atravesaban el acristalado techo del salón de plenos y el caso ya parecía visto para sentencia, apareció un nuevo giro no tanto por lo revelado sino por su fuerte carga emocional y carácter casi cinematográfico.

El presidente de la sala, Andrés Martínez Arrieta, preguntó si los acusados querían añadir una última palabra. Aldama rechazó, considerando que ya se había expresado suficientemente el miércoles.

Koldo y Ábalos, en cambio, sí quisieron hablar y extendieron el epílogo por más de una hora.

José Luis Ábalos y Koldo García, ayer por la tarde en la última sesión del juicio, detrás del abogado del primero, Marino Turiel./

El exasesor mostró la imagen de un hombre herido y derrotado. Con casi dos metros de estatura, barba descuidada y una cojera torpe, se sentó frente a los siete magistrados y, sin pedirlo directamente, imploró clemencia.

No usó expresiones directas, pero su discurso lacrimógeno apeló al corazón. Buscaba la compasión del tribunal ante la petición de 19 años de prisión por parte de la Fiscalía.

Según su abogada, García es un hombre «ignorado«, un «cooperador prescindible» o «partícipe innecesario» al que ahora se señala como «el malo malísimo de España«, aunque en realidad sería alguien que se podría calificar como un pringado.

«Quiero disculparme si alguien se ha sentido ofendido por cómo me he expresado», comenzó Koldo en su última intervención. «No pretendo molestar ni decirle a nadie, menos a este tribunal, lo que debe hacer. Solo intento actuar correctamente. Estoy destrozado«, confesó.

«Socialmente, laboralmente, mediáticamente me han destruido. Se ha dicho todo sobre mí. Tanto que, por culpa mía, han ocurrido muertes en accidentes. Me han destrozado por todos lados. No pueden hacerme más daño. No puedo planificar proyectos, ni nacionales ni internacionales. He perdido a mi familia y también a mis amigos. Lo entiendo. ¿Quién se acercaría a mí si quien se acerca termina destruido?».

En un acto de desgarrada emotividad muy meditada, agregó: «No podré pasear, ni llevar a mi hija al colegio. No podré iniciar nuevos trabajos. Nada, señorías. Reconozco que no soy brillante. Mis maneras son así. Tal vez cometí un error al hablar aquí… Pero creo que no he sido tan malo. Siempre he intentado ayudar a quien he podido«.

Koldo incluso relató una escena que, en su opinión, lo afectó psicológicamente.

«Hablé con un teniente coronel de la UCO y le expresé mi disposición a colaborar con Guardia Civil y Policía Nacional. Me ofrecí. Sin embargo, una Unidad de Intervención irrumpió en mi casa con escudos y dedo en el gatillo apuntando a mi hija de tres años, que corría».

Y concluyó: «Métanme en la cárcel, pero que me expliquen por qué. ¿Era necesario montar el circo? Un abogado del PP me ofreció colaborar, mentir y engañar a todos los españoles». Pero él, por lealtad a su partido y a su país, se negó.

Terminó su discurso insistiendo en que nunca recibió dádivas ni un solo euro del señor Aldama.

Incluso afirmó que tuvo que «dormir en el coche para ahorrar», que su suegra pagó los estudios de su hija, y que el poco dinero que tenía era el que prestaba a Ábalos, quien no se lo ha devuelto.

«Aldama optó por el camino fácil. Yo me he matado a trabajar. El Presidente, Ángel Víctor Torres, María Jesús Montero, Marlaska, Félix Bolaños: he hablado con todos ellos y cuando estuvieron en puestos relevantes, les ayudé en lo que pude. Pero ahora me apartan, como a Ábalos«.

Luego fue el turno del exministro. Convertido, según sus palabras, en «carne de meme«, intentó ser breve en la parte emocional para evitar burlas, aunque no pudo evitar su habitual dramatismo.

«Lamento abusar de su paciencia. Esta es mi última intervención […] Me juego la poca vida que me queda, que tampoco es mucha. Ante lo que plantea la acusación, debo superar el cansancio. Este mes ha sido duro: la cárcel, madrugar, llegar tarde al juicio, ir esposados… Es una tortura diaria. Pero no hablaré de sentimientos para no parecer víctima».

Ábalos podría ser el samurái que Tajomaru afirma haber matado en Rashomon, cuyo honor ha sido mancillado tras la exposición de sus debilidades.

Se describe como un chivo expiatorio, un alto cargo político ajeno a los detalles, que firmaba contratos sin saber si eran por cuatro u ocho millones, delegando en asesores y subsecretarios.

Ábalos, durante su turno de última palabra, el pasado miércoles, en el Supremo.

Reiteró que el caso estaba «predeterminado«, que era un juicio político y que los medios, y no sus acciones, han «viciado el proceso judicial y creado una realidad alternativa» sobre su persona.

Concluyó su discurso con un «solo nos queda defender el honor, que no es sino una melancolía pura«, y afirmó haber sido víctima de una campaña de acoso tan «inmoral» que la sociedad lo percibe como una «figura deshumanizada, abyecta y capaz de todo«.

Incluso comparó su situación con la del protagonista de El Extranjero de Camus, alguien «incapaz de llorar el entierro de su madre».

Reduciendo a bagatelas los contratos adjudicados a Jésica Rodríguez y Claudia Montes, argumentó que no se podía hablar de «colonización de la administración» dada la existencia de decenas de miles de empleados públicos.

Minimizó las sumas por las que, según la UCO, se cometió corrupción, y ratificó que los 94.800 € señalados por el informe de la Guardia Civil tienen justificación adecuada.

Finalmente, citó a Alonso Martínez y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, destacando dos apartados «a cada cual más nefasto«.

«Uno, que a medida que avanza la investigación, se va creando inadvertidamente una verdad artificial que se convierte en legal, pero que contraviene los hechos y subleva la conciencia del acusado. Dos, que cuando este intenta defenderse en el juicio oral, se enfrenta a un escenario ya vencido o desarmado».

Aldama, que habló solo mediante su abogado, reiteró su participación en la «organización criminal«, aunque intentando presentarse como un arrepentido.

Ubicó su papel dentro de un sistema que «todos conocían«, aunque afirmó que sólo era una pieza de un rompecabezas mayor: el «número cuatro» de una jerarquía encabezada, nada más y nada menos, que por «el uno«, el presidente del Gobierno, extremo que no se ha probado y que el fiscal Anticorrupción descartó.

Tras este extenso juicio, el tribunal enfrenta ahora la misma tarea que el juez medieval de Rashomon: tomar una decisión entre un kaleidoscopio de testimonios, algunos contradictorios, consciente de que ninguno de los involucrados tiene incentivo para revelar la verdad completa.

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