Cuanto más político se vuelve el dólar, más espacio abre para que otra moneda gane función
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Tribuna de Diego Balverde, especialista en Finanzas Climáticas y Economista del Banco Central Europeo
Durante muchos años, el dólar no solo fue la divisa más empleada a nivel global. Representó la vía obligatoria. Energía, deuda, seguros, reservas, logística, contratos y comercio internacional utilizaban esa misma ruta. Este dominio brindó a Estados Unidos una ventaja notable: pudo financiarse con mayor facilidad, organizar el sistema con efectividad y también imponer sanciones con mayor contundencia.
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Sin embargo, todo instrumento de poder alcanza un límite. Cuando una moneda pasa de ser únicamente un activo confiable a convertirse en un instrumento demasiado político, el resto del mundo comienza a buscar alternativas. Eso es precisamente lo que está sucediendo ahora. Trump intentó endurecer la política comercial para fortalecer a Estados Unidos. La consecuencia secundaria podría ser diferente: abrir una oportunidad inédita para el euro en las últimas décadas.
El propio Banco Central Europeo lo expresó claramente: Europa atraviesa un “global euro moment”. Esta declaración no quedó aislada. En su informe anual sobre el rol internacional del euro, el BCE señaló que las tarifas impuestas por la administración estadounidense generaron relaciones financieras atípicas, lo que podría potenciar el papel global de esta moneda.
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Muchos siguen viendo la guerra comercial solo como un tema de aduanas. Pero no lo es. Se trata de un problema de estructura monetaria. Cada vez que Washington eleva el costo político de operar en su órbita, impulsa a empresas, bancos y gobiernos a replantear cómo venden, cómo reciben pagos, cómo financian y en qué moneda protegen su valor. En ese escenario surge el euro. No como una idea académica o una aspiración burocrática de Bruselas, sino como una divisa con peso real, mercado, instituciones y una oportunidad histórica producto del propio exceso estadounidense. Christine Lagarde fue directa: el euro no ganará influencia por inercia, deberá conquistarla; sin embargo, este momento abre una ventana concreta para ampliar su protagonismo global. Europa no creó esta oportunidad, se la abrió la política de poder estadounidense.

Lo importante no es solo quién lidera
Los datos demuestran por qué esta vez la discusión es tangible. En el cuarto trimestre de 2025, el dólar concentraba el 56,77% de las reservas oficiales globales, mientras que el euro alcanzaba el 20,25%, según el FMI.
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El dólar continúa dominante, claro. Pero lo relevante no es solo quién encabeza la lista. Lo crucial es que el euro permanece, con amplia diferencia, como la segunda moneda más importante del sistema y que esta posición ya no se sostiene únicamente en la historia europea, sino en la realidad económica que respalda su uso. El BCE recordó que el euro representa aproximadamente un 20% de las reservas mundiales y sigue siendo la segunda moneda más empleada a nivel global. Cuando una divisa de ese calibre recibe, además, un impacto externo que reduce el confort del dólar, deja de ser una mera secundaria del sistema y comienza a mostrarse como la alternativa más viable.
Este avance no se produce en el vacío. Se apoya en una base comercial concreta. Eurostat informó que en 2024 el euro fue la divisa en la que se facturó el 51,7% de las exportaciones fuera de la UE, muy por encima del dólar, que quedó en 31,4%. En importaciones, el dólar mantuvo el primer lugar con 51,1%, pero el euro alcanzó un 39,7%. Esto resulta mucho más significativo de lo que aparenta. Significa que el euro ya no compite desde cero en el comercio europeo. Ya está consolidado. Es la moneda predominante en las exportaciones europeas hacia el resto del mundo. El desafío actual consiste en cuánto de ese peso comercial puede traducirse en mayor demanda de activos en euros, mayor profundidad financiera, mejor capacidad de cobro y más soberanía monetaria para Europa. En definitiva, el euro ya no necesita presentarse como promesa, sino como una infraestructura comercial consolidada.
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China, el gran vendedor
Y en ese escenario entra China. No como un actor idealista ni como un salvador de Europa, sino como el principal vendedor de este período. En 2025, la Unión Europea exportó a China 199.600 millones de euros e importó 559.400 millones, generando un déficit de 359.800 millones. China fue nuevamente la fuente principal de importaciones de bienes para la UE. Esto indica que la relación entre Europa y China tiene ya una magnitud suficientemente grande para influir no solo en el movimiento de mercancías, sino también en decisiones monetarias. Cuando un flujo comercial de semejante escala se reorganiza, la moneda en la que se factura, liquida o financia deja de ser un detalle menor. Se convierte en una disputa silenciosa por el valor, y ahora esa disputa favorece más al euro que hace algunos años.
Además, China no vende a Europa cualquier producto. Suministra buena parte de lo que Europa requiere para mantener su nueva infraestructura económica. Eurostat reportó que la UE importó en 2024 bienes vinculados a la energía verde por 14.600 millones de euros. Solo en paneles solares, las importaciones alcanzaron los 10.900 millones. Lo más revelador es que China representó el 98% de esas importaciones de paneles. Expresado crudamente, Europa habla de autonomía estratégica mientras continúa adquiriendo de China la tecnología crucial para electrificar, abaratar la energía y sostener su agenda industrial y climática. Si una parte creciente de ese intercambio se realiza con contratos, financiamiento o pagos en euros, entonces el euro no solo logra prestigio, sino también funcionalidad. Comienza a consolidarse como la moneda natural de una porción significativa del futuro industrial europeo.
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La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, critica con dureza en la Asamblea la relación del gobierno de Pedro Sánchez con China, enumerando los abusos contra los derechos humanos del régimen asiático.
Una relación que ya no es una conjetura
Por ello, el título no exagera al afirmar que China ya cobra en euros. No porque China haya descartado completamente el dólar, ni porque el euro haya sustituido al sistema previo de forma repentina, sino porque la estructura oficial entre China y Europa ya está diseñada para ampliar el uso de monedas locales, incluido el euro, en el comercio y la inversión bilateral. En septiembre de 2025, el BCE y el Banco Popular de China renovaron por tres años más su swap bilateral euro-renminbi por un máximo de 350.000 millones de yuanes y 45.000 millones de euros.
El BCE explicó que esta herramienta funciona como respaldo para posibles faltantes de liquidez en renminbi para bancos del área del euro. Por su parte, el PBOC fue aún más explícito: la extensión de este acuerdo busca fomentar el uso de monedas locales en las relaciones comerciales y inversiones bilaterales entre China y Europa. Por lo tanto, la relación monetaria euro-China ya no es una simple hipótesis, está institucionalizada.
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Este dato es más relevante de lo que parece. Porque cuando los bancos centrales crean respaldos de liquidez, no lo hacen para añadir formalismos a sus comunicados. Lo hacen sabiendo que hay comercio, pagos, financiamiento y riesgos reales detrás.
Y Europa no se limita al swap con China. En febrero de 2026, el BCE fortaleció su facilidad repo EUREP para que bancos centrales fuera de la eurozona puedan acceder de forma más estable y amplia a liquidez en euros. La señal es contundente: en un mundo más fragmentado, el BCE está construyendo un perímetro global de liquidez en euros. Esto reduce fricciones, mejora la operativa del euro fuera de su zona y hace más creíble su uso internacional. No es teoría, es infraestructura monetaria.
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El euro gana valor
China asimismo cumple su rol. Su sistema CIPS, la red de pagos transfronterizos, ya cuenta con 194 participantes directos y 1.597 indirectos alrededor del mundo. Dentro de esa red, Europa tiene 33 participantes directos y 266 indirectos. Esto no significa que CIPS sea una red del euro. No lo es. Pero evidencia un punto clave para este debate: China no espera que el antiguo sistema sea nuevamente cómodo. Está diversificando canales. Está ampliando la arquitectura. Está creando alternativas para comerciar, liquidar y financiar sin depender exclusivamente de una sola órbita monetaria. En este contexto, el euro gana valor no porque compita directamente con China, sino porque le ofrece algo concreto: una gran zona económica, una divisa sólida y una vía de cobro más útil en su relación con su principal cliente industrial alternativo a Estados Unidos.
La ironía histórica es esta: Trump buscó reforzar la posición estadounidense mediante tarifas, conflictos comerciales y presión política. Pero al hacerlo, hizo más racional para el resto del mundo comenzar a operar de otra forma. La Casa Blanca documentó durante 2025 y 2026 nuevas rondas de recargos, tarifas y medidas vinculadas a acero, aluminio, cobre, productos farmacéuticos y desequilibrios en la balanza de pagos. Mientras Washington endurece, el BCE responde con claridad: este podría ser el momento global del euro. Y mientras Europa construye infraestructura para incrementar la circulación del euro, China ya posee incentivos concretos para usarlo más en su relación comercial con Europa, porque ahí vende, ahí suministra tecnología y ahí encuentra una moneda con suficiente escala para cobrar sin depender totalmente del dólar.
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Esto es lo que debe entenderse. El cambio no está por iniciarse. El cambio ya comenzó. El euro domina las exportaciones extracomunitarias, representa cerca de una quinta parte de las reservas oficiales globales, cuenta con una estrategia explícita del BCE para expandir su papel internacional y forma parte de una arquitectura monetaria formal con China diseñada para fomentar el uso de monedas locales en comercio e inversión. Al mismo tiempo, China continúa suministrando a Europa tecnología fundamental para su transición económica. En ese cruce de intereses, el euro deja de ser una moneda regional elegante y empieza a considerarse algo mucho mayor: la moneda capaz de captar parte del desplazamiento global provocado por el propio exceso estadounidense.

“Global euro moment”
Trump intentó proteger al dólar endureciendo el sistema. Pero cuanto más político se vuelve el dólar, mayor espacio se abre para que otra moneda adquiera función. Y hoy la única divisa con tamaño, respaldo institucional, escala comercial y estrategia oficial para captar parte de ese desplazamiento es el euro.
Por eso, la frase de Lagarde ya no suena académica, sino descriptiva. Europa vive un “global euro moment”. Y si China ya puede venderle a Europa, financiar parte de ese vínculo y cobrar más gracias a una arquitectura que fomenta el uso de monedas locales, entonces la conclusión se vuelve incómoda para Washington y potente para Frankfurt: Trump está contribuyendo al euro sin saberlo.
¿Y si el mayor aliado del euro no fuera Europa, sino el propio Trump?
