Los investigadores proponen incentivos en el aula vinculados al progreso individual como estrategia para disminuir las disparidades

El nivel socioeconómico de los progenitores influye en el esfuerzo académico que ponen sus hijos. Según una investigación publicada recientemente en la revista American Sociological Review, los estudiantes provenientes de familias acomodadas demuestran un mayor compromiso cognitivo que aquellos de entornos desfavorecidos, especialmente cuando no reciben recompensa. Sin embargo, esta brecha puede nivelarse mediante incentivos: al ofrecer pequeños premios, como un reconocimiento social, los niños de hogares con menos recursos muestran un grado de implicación semejante al de sus compañeros más favorecidos.
El estudio señala que la motivación está determinada por el contexto social porque «los recursos familiares y la sensación de seguridad que experimentan los niños en su vida cotidiana tienen un papel clave». Por el contrario, crecer en carencias, como la escasez económica o la falta de tiempo de atención parental, «complica mantener la concentración en una tarea durante un periodo prolongado». De acuerdo con los autores, «las diferencias no se explican por rasgos de personalidad ni por la inteligencia».
Ya existía evidencia científica que mostraba cómo el origen social afecta el éxito académico, dado que los niños de entornos privilegiados cuentan con acceso a más libros, viajes, actividades culturales o clases particulares que contribuyen a mejorar sus resultados, pero desde la perspectiva sociológica el esfuerzo no había sido abordado en profundidad.
La meritocracia
Este estudio, liderado por la Universidad Carlos III de Madrid y con la participación del Centro de Investigación en Ciencias Sociales de Berlín, aporta una visión novedosa al debate sobre la meritocracia. Frente a la interpretación que atribuye el esfuerzo a una cuestión individual, basada en la fuerza de voluntad, el trabajo destaca «la profunda influencia del contexto social incluso en algo aparentemente tan personal como el esfuerzo», señalando «los factores sistémicos que modelan el comportamiento individual».
«No se busca reforzar una visión simplista de la meritocracia, que sostiene que basta con que todos se esfuercen. Este estudio revela que una de las razones por las que los niños menos favorecidos no se esfuerzan igual es la falta de recursos con que crecen. No se trata de pereza, sino de causas estructurales que limitan la voluntad», explica Jonas Radl, profesor de Sociología en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III y líder de la investigación.
El trabajo indica que «la pura percepción de escasez» en los niños «impacta negativamente en la activación de funciones ejecutivas cerebrales, incluso manteniendo constantes las condiciones materiales». «La percepción de falta genera preocupación y estrés, provocando una sobrecarga: el aumento del cortisol menoscaba el esfuerzo», advierten.
Riesgos ambientales
Entre otras causas que justifican el coste del esfuerzo, los autores mencionan estilos de crianza: las familias con mayor nivel económico tienden a promover la autonomía e independencia de sus hijos, según la investigación; asimismo, destaca la influencia social de los compañeros y los riesgos ambientales: a mayor pobreza, existen más amenazas para la salud, autoestima y seguridad física.
Radl y su equipo realizaron un experimento con 1.360 alumnos de 5º de Primaria de 35 colegios en Madrid y Berlín, quienes resolvieron tareas cognitivas sencillas diseñadas para medir concentración, atención y autocontrol. Se recopilaron 10 conjuntos de datos con 13.600 observaciones cada uno.
Estas y otras tareas similares se plantearon y ejecutaron en tres contextos: uno sin recompensas, otro con incentivos en forma de pequeños juguetes, y un tercero donde, además de los juguetes, los tres mejores participantes recibían un reconocimiento social.
Las recompensas
Primero, se analizaron las diferencias socioeconómicas en la decisión de iniciar una tarea que demanda esfuerzo. Los resultados mostraron que, sin incentivos, los alumnos optaban por realizar la tarea en solo el 45% de los casos; con incentivos, este porcentaje casi alcanzó el 100%, sin que se observaran diferencias según el nivel socioeconómico.
Luego, se evaluó la intensidad del esfuerzo. En esta fase, sin incentivos, se observó que los niños de familias acomodas ejercían una intensidad de esfuerzo un 34% de una desviación típica superior a la de sus pares de entornos menos favorecidos.
No obstante, al introducir incentivos esta brecha se redujo «de manera considerable». La diferencia del 34% entre ambos grupos bajó al 22% en la situación con recompensas y a un 19% cuando se sumó un reconocimiento social.
Los investigadores sugieren aplicar estos hallazgos en políticas educativas, bajo el argumento de que «los incentivos en el aula pueden disminuir las desigualdades socioeconómicas». Plantean que, además de centrarse en el rendimiento académico, se valore y premie el progreso individual dentro del aula.
«Las recompensas, el aprendizaje lúdico y el reconocimiento social pueden ayudar a reducir las diferencias en el esfuerzo entre niños de diferentes clases sociales», afirma Radl, quien destaca el beneficio de la gamificación: «Los incentivos, aunque simbólicos, aportan motivación, sobre todo para aquellos niños que presentan dificultades para concentrarse o que han desarrollado una actitud negativa hacia la escuela». Propone implementar esta idea en la lucha contra el abandono escolar, otorgando incentivos simbólicos básicos a alumnos rezagados durante las clases de refuerzo.

