El PNV genera una inesperada reacción hacia Sánchez durante el evento principal de Ábalos: «Presidente, ¿desea acompañamiento?»

Pedro Sánchez, en el Congreso, durante la sesión de control al Gobierno. Las claves

Pedro Sánchez protagoniza un enfrentamiento parlamentario tenso el día en que Ábalos enfrenta el juicio en el Supremo.

El PNV lanza una indirecta a Sánchez, cuestionando si desea apoyo, en un momento crucial para el presidente.

Sánchez defiende la necesidad de prolongar ocho años más el mandato socialista y critica a las comunidades autónomas por las listas de espera.

La diputada del PNV, Vaquero, reprocha a Sánchez eludir su responsabilidad sobre los problemas sanitarios de las comunidades autónomas.

La mala fortuna es notoria, ya que esto ocurre ocasionalmente. Sin embargo, no es igual que suceda cualquier día a que ocurra justo cuando su mano derecha enfrenta una posible condena. Esta mañana, como en otras ocasiones, y en particular hoy, cuando se celebra el juicio en el Supremo, Sánchez se levantó y concurrió al Parlamento con las muñecas apretadas y cruzadas detrás.

Como si estuviera esposado.

Los asesores suelen susurrar en tiempo real. Las pantallas de los móviles de los diputados se iluminan al unísono, como si Hades dictara desde el infierno. No obstante, a Sánchez nadie le advirtió que esa postura, tan enfadada, con piernas firmes y manos entrelazadas tras la espalda, no era apropiada.

El presidente no se encontraba en el lugar correcto. Era evidente que sus manos indicaban otro sitio. Atacó a Alberto Catalán, representante de UPN, sobre pactos de la «prioridad nacional», tema que no le compete. Un murmullo de sorpresa resonó en el hemiciclo: «¡Pero si ese es de UPN!».

Sánchez introdujo una frase repetitiva: «Reflexiono y reflexiono». Después sumó más repeticiones… «Reflexiono, reflexiono y reflexiono». No estaba claro qué intentaba expresar, pero con cada repetición, la tensión aumentaba como un globo que se infla o la presión de la patata caliente en un juego.

Finalmente, el presidente declaró: «Reflexiono y pienso que España necesita ocho años más de gobierno socialista».

No cuatro, sino ¡ocho! Y tiene razón. Si logra mantenerse tras las próximas elecciones, merecerá ocho años más en lugar de solo cuatro.

Sánchez invocó la Constitución para criticar a Unión del Pueblo Navarro por los pactos en Extremadura —a gran distancia en coche desde Pamplona— argumentando que quebrantan el principio de igualdad entre españoles. A lo que el diputado de UPN, respondiendo con rapidez, replicó: «Para eso sí sirve la Constitución, pero parece que no sirve para traer los Presupuestos a esta Cámara».

La otra metáfora destacada del día involucra a Sánchez, pero el mérito corresponde al PNV. A veces, los goles llegan sin quererlo, después de un disparo inesperado. La diputada Vaquero, del Partido Nacionalista Vasco, le dijo: «Usted sabrá si quiere compañía o no, presidente».

Una pregunta aguda en el día señalado para Ábalos en el Supremo. Y Sánchez respondió afirmativamente, que sí desea compañía. Pobre Arzalluz. Con él no se habrían atrevido. Lo hubieran retratado en una imagen alterada, con expresión ridícula, vestido y lanzándose a una piscina, como Aitor Esteban, recorriendo el grupo socialista repartiendo golpes de sacerdote franquista a cada diputado.

Arzalluz, un verdadero filósofo. Reflexionaba una y otra vez… qué enredo con la prioridad nacional cuando se cuestionaba si era preferible un blanco que no hablara euskera o un negro que sí lo hiciera.

El PNV actual solo pudo llegar a un «debemos respetarnos, hay que mantener las formas».

Quizás sin preverlo —no por desconocimiento, sino porque ignoraba la respuesta que le daría Sánchez a Feijóo justo antes— la diputada Vaquero asestó otro golpe a Sánchez. Feijóo había intentado modificar la estrategia presidencial, cuestionándolo más sobre la huelga médica que sobre la corrupción.

Y Sánchez, como un boxeador desorientado que confunde a un diputado de UPN con uno de Vox, afirmó que la responsabilidad recae en las Comunidades autónomas, que supuestamente «engordan las listas de espera» con el fin de «hacer negocio con las privadas».

Esto implica, literalmente, acusar a un enemigo político de arriesgar la vida de sus ciudadanos para enriquecer las clínicas privadas.

Lo mismo sucede con la Vivienda, en Adamuz, en el apagón, en los retrasos ferroviarios o en fallos de infraestructuras. Es el Gobierno con menos competencias en la historia reciente. El Ejecutivo nunca se responsabiliza. Esta tesis resulta difícil de sostener en la tribuna de prensa, donde se ve un ejército de ministros. Aunque hoy no fue así, pues la mayoría no asistió.

Entonces, Vaquero le dijo a Sánchez, con tono suave pero firme: «No eche el balón a las Comunidades autónomas». El socio desmontando el argumento que apuntaba contra la oposición.

Así está Sánchez, en el córner, resistiendo la presión, usando el cuerpo para proteger el balón, observando el avance del tiempo y sin poder reaccionar. Ese es el estado actual de España. España atrapada en el córner.

De repente, llegó Mónica García, tarde, con una chaqueta blanca, amplia como una bata, tratando de superar al presidente al culpar de todo a los recortes del PP, bajo el mandato de Rajoy.

Analicemos: si la responsabilidad recae en los años de recortes de Mariano, este Gobierno no ha podido actuar en ocho años; y Sánchez, tras meditar, sostiene que requiere otros ocho para lograr un cambio… lo que se necesita no es Democracia, sino una Democracia orgánica.

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