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- Autor, Darío Brooks
- Título del autor, BBC News Mundo
- 27 abril 2026
- Tiempo de lectura: 9 min
Desde hace varios años, México enfrenta un desafío en su sector energético, y las recientes tensiones relacionadas con el petróleo en Medio Oriente, junto con la intensa política internacional impulsada por Donald Trump, están generando alertas debido a la alta dependencia del gas procedente de Estados Unidos.
Más del 75% del consumo diario de gas en México proviene de su vecino del norte, principalmente desde el estado fronterizo de Texas. Casi la mitad de este gas importado se emplea para la generación de energía eléctrica.
En caso de un cierre en el suministro transfronterizo de gas por motivos políticos, económicos o incluso naturales (como ocurrió con la severa tormenta de 2021), México enfrentaría una situación crítica.
La pregunta de cómo evitar este riesgo fue planteada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, provocando un debate entre políticos, analistas y científicos vinculados al sector energético.
La mandataria ha promovido la idea de explorar una opción a la que el movimiento de izquierda del cual forma parte se ha opuesto: la extracción de gas no convencional mediante fracking, una técnica controvertida por sus impactos negativos en el medio ambiente.
«Durante muchos años dije personalmente ‘no al fracking’. Pero al observar las tecnologías emergentes y la situación del país respecto a su dependencia, lo peor que podemos hacer es limitarse a decir ‘no’; en lugar de investigar si existen nuevas tecnologías que reduzcan los impactos ambientales», afirmó recientemente.
Su declaración se produjo al presentar un panel integrado por científicos y expertos que evaluará si existen tecnologías que vuelvan al fracking una técnica menos dañina para el ambiente y las comunidades donde se aplica.
Mientras se obtiene esta evaluación, Sheinbaum enfatiza que la decisión afecta no solo la soberanía energética, sino también la «viabilidad y desarrollo» del país y las futuras generaciones mexicanas.

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La importancia del gas importado
Actualmente, México requiere cerca de 9.000 millones de pies cúbicos de gas natural diarios, mientras que su producción solo alcanza 2.300 millones. Los 6.800 millones restantes, que representan el 75%, se compran en Estados Unidos, principalmente en Texas (80%).
Más de la mitad de ese gas (56%) se utiliza para generar electricidad que el país demanda; el 19% es utilizado por la petrolera estatal Petróleos Mexicanos (Pemex) en sus procesos de extracción. La industria consume el 13% y los hogares el 11% restante.
Estos datos reflejan la vulnerabilidad frente a incidentes adversos.
El almacenamiento instalado permite resistir solo alrededor de tres días sin suministro, y otras fuentes no alcanzarían a cubrir la demanda energética de una población estimada en 130 millones.
En 2021, una intensa tormenta invernal en Texas y el norte de México provocó el cierre de gasoductos, causando apagones durante varios días en casi la mitad del país.

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«Con la construcción constante de plantas de ciclo combinado para la producción de electricidad, México ha incrementado su dependencia del gas. El pico de producción nacional se alcanzó en 2009, y desde entonces, con la caída en la producción local, la importación ha aumentado considerablemente», detalla el geólogo Luca Ferrari, investigador italiano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El escenario descrito es «crítico», señala Ferrari, pues si se excluye el gas que Pemex emplea para sus actividades petroleras, la dependencia del gas estadounidense en el resto de sectores casi llega al 90%.
Un problema concomitante es la constante disminución en la producción petrolera, que obliga a México a importar casi la mitad de la gasolina y diésel que consume, situación que empeorará en la próxima década debido al agotamiento de los pozos petroleros más productivos que tuvo el país en su apogeo.
«Nos encontramos en el fin de la era del petróleo», sostiene Ferrari, señalando que esta realidad no es exclusiva de México, sino global.

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El dilema que representa el fracking
Durante su primer año de gobierno, la presidenta Sheinbaum propuso un plan energético con el objetivo de aumentar la generación eléctrica a partir de energías renovables del 24% al 38% para el cierre de su administración en 2030.
Sin embargo, incluso considerando este aumento y otras fuentes nacionales, el incremento en la demanda energética no podría ser cubierto en el corto y mediano plazo.
Sheinbaum comentó: «Si no actuamos, seguirán creciendo nuestras importaciones. ¿Cuál es el problema de importar combustible? Vean lo que sufrieron muchos países por la crisis en Irán», refiriéndose al aumento global de los precios energéticos por la guerra en Medio Oriente.
Para Sheinbaum, quien desde su etapa académica ha realizado investigaciones en energía, una solución a mediano plazo es desarrollar la explotación del gas no convencional almacenado bajo suelo mexicano mediante la fracturación hidráulica o fracking.
Esta técnica consiste en extraer gas de esquisto, un hidrocarburo atrapado en capas de roca profundas. Tras perforar hasta alcanzar la roca, se inyectan grandes volúmenes de agua con aditivos químicos y arena a alta presión para fracturarla y liberar metano.
El gas fluye posteriormente mezclado con parte del fluido inyectado.

El fracking se emplea globalmente desde mediados del siglo XX, pero ha sido cuestionado por su elevado consumo de agua, contaminación de líquidos por químicos, riesgos de filtración a acuíferos, sismos inducidos y afectaciones a comunidades cercanas.
Sheinbaum admite estos impactos, destacando que semejante actividad humana no es la solución definitiva. Sin embargo, desde que planteó el debate sobre su uso, ha posicionado el fracking como una alternativa para la soberanía energética.
«Tras años dedicados al cambio climático, no diré que ‘el petróleo es la solución’. Pero necesitamos una fase intermedia mientras desarrollamos otras posibilidades. Es necesario usarlo mientras reducimos el consumo energético», señaló.
La clave para ella reside en aplicar tecnologías que reduzcan el uso masivo de agua y química nociva, así como en negociar con las comunidades afectadas.
¿Representa una solución viable?
México dispone de varias cuencas con presencia de gas de esquisto susceptibles de explotación, especialmente en el noreste (parte de la región geológica que abarca Texas) y en zonas próximas al Golfo de México.
Según Víctor Rodríguez Padilla, director de Pemex, los «abundantes recursos de gas natural» no explotados podrían generar unos 8.000 millones de pies cúbicos para 2035, cifra cercana al consumo actual, lo que permitiría cierta autosuficiencia.
Pemex ya ha realizado decenas de perforaciones por fracking en años recientes, aunque el presidente Andrés Manuel López Obrador las limitó al mínimo durante su mandato (2018-2024).
Sheinbaum, aunque respalda algunas posiciones de su predecesor, insiste en que su gobierno detectó «innovaciones significativas en este ámbito que evitan el uso de químicos contaminantes, emplean biodegradables y reciclan agua».
«Esto nos lleva a reconsiderar el gas no convencional desde la óptica de la soberanía y la reducción máxima del impacto ambiental. No hablo de ‘cero impacto’, pues ninguna actividad humana lo tiene; sino de minimizar y mitigar riesgos», enfatizó.
Convocó a un grupo de investigadores de instituciones públicas relevantes para evaluar en dos meses la viabilidad de las nuevas técnicas.

Fuente de la imagen, Pemex
No obstante, Ferrari señala problemas importantes acerca del fracking a gran escala como propone el gobierno mexicano.
Por un lado, comenta que no existe una industria consolidada ni estudios científicos concluyentes que prueben la existencia de tecnología más «verde» para esta técnica.
«Busqué literatura científica al respecto, ya que siempre hay propaganda de empresas con promesas milagrosas. Pero los artículos científicos son pocos, son experimentos a pequeña escala que no modifican significativamente el impacto ambiental», afirma.
«Además, no son prácticas estándar en la industria porque resultan más costosas y no existe producción industrial de químicos biodegradables; son intentos ‘boutique’ para mejorar la imagen, debido a la fuerte oposición», añade.

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Además, según las investigaciones de Ferrari con un equipo de la UNAM, el fracking solo podría sostener la oferta de gas nacional por algunos pocos años, y será cada vez más complicado debido al crecimiento y tipo de desarrollo económico basado en manufactura y turismo.
«Estados Unidos inició en 2005 y ya alcanzó su pico. Si no aumentan notablemente las perforaciones, también caerá en 10 años. Pero ellos cuentan con mucho más gas no convencional que México, que posee probablemente entre un 10% y 15% de los recursos de EE.UU., por lo tanto para México este periodo será más corto», explica.
Según su perspectiva, México enfrenta una fuerte presión estadounidense para abrir su territorio al fracking y permitir la exportación de gas a mercados más lucrativos en Europa y Asia.
«A EE.UU. le conviene más enviar gas licuado a Europa o Asia, donde los precios son mayores, que exportarlo a México a un precio pactado relativamente bajo», señala Ferrari.

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Pero, si el fracking no constituye la respuesta, ¿qué otras alternativas existen?
No hay una solución sencilla y requiere ir más allá de lo que ofrece el subsuelo.
México, al igual que el resto del mundo, enfrentará una menor disponibilidad de hidrocarburos, un aumento en los costos de extracción y una demanda energética creciente.
Ferrari explica que hay varias opciones para el desarrollo en las próximas décadas, pero aboga por ajustar casi todos los aspectos de la vida para equilibrar el consumo de energía.
«El tema es complejo, aunque la conclusión científica, respaldada por numerosos artículos en revistas de prestigio, indica que debemos producir con menos energía; es decir, vivir con un consumo menor de energía y materias primas, también por razones ambientales», concluye Ferrari.

