«Mujeres estadounidenses que se trasladan a México para reunirse con sus esposos deportados: el fenómeno del ‘sueño mexicano'»

La familia Pérez sentada en una plaza. Madre, padre, y las dos niñas.

Fuente de la imagen, Gentileza Janie Pérez

    • Autor, Cecilia Barría
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • 2 horas
  • Tiempo de lectura: 9 min

Le resultó extraño que su esposo la llamara por teléfono pocos minutos después de salir de su casa rumbo al trabajo.

Mientras mantenía la llamada, pudo escuchar cómo agentes de la policía migratoria lo estaban arrestando.

Fue entonces cuando comprendió que su vida cambiaría para siempre. Sin embargo, nunca imaginó que terminaría residiendo en México con su esposo y sus dos hijas pequeñas.

"No hay nada más valioso que estar juntos", comenta la estadounidense Janie Hughes, quien no habla español, a pesar de lo complicado que resultó comenzar desde cero en un país desconocido.

Esta clase de decisiones enfrentan las familias con estatus migratorio mixto (un cónyuge estadounidense y otro indocumentado), tras el aumento de detenciones y deportaciones de extranjeros en situación irregular en EE.UU. implementado por Donald Trump desde enero de 2025, al inicio de su segundo mandato.

Algunas parejas, como Raegan Klein y Alfredo Linares, optaron por mudarse voluntariamente al otro lado de la frontera para evitar la amenaza de deportación.

"Si algo le sucediera, nunca podría perdonarme a mí misma", asegura Klein desde Puerto Vallarta, México.

En BBC Mundo se relata la historia de estas dos estadounidenses quienes, junto a sus esposos, iniciaron una nueva etapa en México.

Janie y Alejandro Pérez el día de su boda en Misuri, Estados Unidos.

Fuente de la imagen, Gentileza Janie Hughes.

"Tenía lágrimas de alegría cuando lo volví a ver"

El 23 de octubre del año pasado, salió de su casa a las 6:30 de la mañana con destino al trabajo.

Alejandro Pérez se despidió de su esposa Janie y de sus dos hijas pequeñas, Luna y Lexie, antes de salir por la puerta.

En ese momento desconocía que esa sería la última vez que estaría en su hogar en St. Louis, Misuri, Estados Unidos.

Unos 15 minutos después, Janie recibió una llamada de su esposo advirtiéndole "creo que ICE está aquí", refiriéndose al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.

La familia Pérez en Misuri, EE.UU., con una de sus hijas recién nacida.

Fuente de la imagen, Gentileza Janie Pérez

"Empezamos a orar", relata Janie, hasta el momento en que Alejandro fue obligado a bajar del auto.

En ese instante escuchó a un agente decir: "Alejandro Pérez, tenemos una orden de arresto en su contra". Luego, la llamada fue interrumpida.

"Caí de rodillas, llorando sin parar", narra la estadounidense de 29 años.

Alejandro, que trabajaba como cocinero, tenía planeado esa noche preparar tacos al pastor en la iglesia presbiteriana a la que pertenecen desde hace años.

La cena fue suspendida tras conocerse la noticia de su detención.

Al ser indocumentado, ambos sabían que lo más probable era su deportación a México, lo que finalmente ocurrió.

La idea de separarse, menciona Janie Pérez, era "simplemente impensable", incluso si ello implicaba dejar su vida en Misuri y comenzar desde cero en un país totalmente desconocido para ella.

"Estar juntos es lo más importante", destaca en conversación con BBC Mundo.

Para los Pérez, la fe ha sido un pilar fundamental en su relación desde que se conocieron en 2019, cuando ambos trabajaban en el mismo café: él en la cocina y ella como mesera.

"Él también es una persona creyente, y eso fue clave para mí", relata Janie.

Con el tiempo decidieron casarse y, dado que Alejandro no tenía documentos, consultaron con un abogado para intentar legalizar su situación.

Los trámites no prosperaron y, aunque eran conscientes del riesgo de que él fuera arrestado, trataron de mantener una vida lo más normal posible.

Hasta que todo cambió con su detención por parte de ICE.

La familia Pérez en un aeropuerto de Ciudad de México.

Fuente de la imagen, Gentileza Janie Pérez

A partir de ese momento, narra Janie, quedó claro que el destino siguiente de Alejandro sería México. Pero quedaba la duda: ¿cuánto tiempo permanecería detenido mientras esperaba la deportación?

Mientras aguardaban la resolución del juez, ella se presentó un domingo en el centro de detención para visitarlo. "Como no podíamos tocarnos, colocamos nuestras manos frente a frente, separados por un vidrio", recuerda ella. "Y llorábamos juntos".

Ella también presenció desde la distancia cada una de las audiencias judiciales, donde él estaba esposado y con cadenas en cintura. "Fue desgarrador verlo en ese estado", afirma.

Sin embargo, la ley es la ley. Pérez entró a Estados Unidos sin documentos, lo que constituye un delito.

Ante la pregunta de por qué debería permitírsele permanecer en el país, explica:

Su esposo nació en Michoacán, uno de los estados donde operan organizaciones criminales que reclutan a niños y jóvenes bajo amenazas para que trabajen para ellas.

Alejandro cruzó la frontera por primera vez junto a su padre cuando tenía aproximadamente 7 años.

Aunque regresaron a México, un tiempo después decidió viajar en dos ocasiones sin autorización a Estados Unidos para buscar mejores oportunidades.

En total, vivió cerca de 16 años como migrante indocumentado.

"A pesar de haber ingresado sin permiso, considero que tomó una decisión moralmente correcta al venir a EE.UU.", argumenta Janie, pues buscaba una vida alejada de la influencia de las organizaciones criminales.

"Durante todos estos años, se ha dedicado a trabajar y jamás ha tenido antecedentes penales", añade.

Sin embargo, las decisiones judiciales no suelen contemplar esas distinciones morales, señala.

"Desafortunadamente no", confirma. Pero con las deportaciones masivas recientes, explica, no hacen distinción entre personas con cargos por crímenes violentos y quienes no han lastimado a nadie.

"Eso me hace pensar que algunos quieren que este sea un país solamente para blancos. Yo soy blanca, pero eso no me convierte en mejor persona".

Esta entrevista se realizó a principios de marzo, cuando la expulsión de Alejandro era inminente. Y así fue: el 11 de marzo fue deportado a México.

Días después, Janie viajó a México junto a sus dos hijas.

"Lloraba de felicidad cuando lo volví a ver en el aeropuerto", relata desde Querétaro vía videollamada junto a su esposo.

Alejandro sintió igual. Al ver cómo Luna, su hija de 3 años, se acercaba para abrazarlo, experimentó una emoción profunda. "Es indescriptible", admite.

Sin embargo, esa alegría ha ido acompañada de momentos difíciles. A veces se siente perdido, confiesa Pérez. Se despierta en mitad de la noche, mira a su alrededor y se pregunta: ¿es esto real?

Aún no sabe cómo logrará adaptarse a un país que le resulta en ocasiones extraño. "Por ahora siento que todo esto es un sueño, pero confío en Dios y sé que tiene un propósito".

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