Historia de la efectividad de los bloqueos navales: desde Japón hasta el bloqueo estadounidense a Irán

Dos personas de espaldas caminando por una playa bajo el sol. A lo lejos, en el mar, un buque de carga.

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    • Autor, Servicio Persa de la BBC
  • 23 minutos
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Irán informó este sábado sobre el bloqueo del estrecho de Ormuz y advirtió que atacará a los buques que intenten cruzarlo.

Esta declaración revierte la decisión tomada apenas un día antes de abrir este paso marítimo como parte del alto el fuego con EE.UU., Israel y Líbano, generando esperanzas de posibles progresos hacia la resolución del conflicto en el Golfo Pérsico.

El cierre nuevamente de Ormuz, según indicó Irán, responde a que Estados Unidos mantiene en la zona un bloqueo naval contra los buques relacionados con Irán.

Trump declaró que dicha restricción — vigente desde el 13 de abril — «permanecerá completamente activa» hasta que las negociaciones de paz con Teherán «se cierren al 100%».

La imposición por parte del presidente estadounidense de limitar el tráfico marítimo volvió a colocar en la agenda internacional una de las formas de presión más antiguas en situaciones de conflicto y tensiones militares: el cierre de vías marítimas para debilitar la economía, obstaculizar el comercio y forzar a la contraparte a modificar su conducta o rendirse.

El bloqueo naval no solo constituye una táctica militar, sino que también genera repercusiones legales, económicas, humanitarias y diplomáticas.

En episodios históricos como las dos guerras mundiales, esta estrategia tuvo un papel notable en la degradación de la capacidad bélica de las naciones afectadas.

No obstante, en otros contextos como Gaza y Yemen, los bloqueos han generado principalmente crisis humanitarias y disputas legales, sin provocar cambios políticos significativos.

El análisis histórico evidencia que esta medida suele ser efectiva para ejercer presión económica, aunque rara vez por sí sola consigue una solución política estable y duradera.

A continuación, algunos ejemplos históricos.

El bloqueo británico y aliado contra Alemania durante la Primera Guerra Mundial

Un grupo de mujeres con cubos y azadas agachadas sobre un montón de basura en una foto de época.

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El bloqueo marítimo impuesto a Alemania durante la Primera Guerra Mundial (1914‑1919) constituyó un claro ejemplo de lo que se denomina «bloqueo a distancia». En lugar de cerrar directamente los puertos alemanes, Reino Unido dominó las rutas comerciales controlando el mar del Norte y supervisando el tránsito marítimo.

A través de inspecciones a embarcaciones y presión sobre países neutrales, la Marina Real británica logró impedir de manera eficaz que Alemania accediera a mercados internacionales.

Londres, apoyado en su clara supremacía naval, aumentó gradualmente la lista de bienes prohibidos, abarcando no solo materias primas y suministros bélicos, sino también alimentos y fertilizantes.

En un principio, Alemania pudo mitigar la presión recurriendo al comercio con países neutrales, utilizando reservas, reciclando materiales y apoyándose en la industria nacional. Sin embargo, con el paso del tiempo, estas tácticas perdieron efectividad. Las importaciones alemanas descendieron drásticamente, y la escasez de insumos agrícolas e industriales provocó una caída en la producción interna.

Los efectos sociales del bloqueo fueron severos. Desde 1916, la carencia de alimentos se transformó en una crisis manifiesta, y el denominado «invierno del nabo» se convirtió en símbolo del desgaste social dentro de Alemania.

Aunque las estimaciones de víctimas por desnutrición y enfermedades varían, hay consenso en que el bloqueo contribuyó decisivamente al debilitamiento interno de Alemania y sus aliados.

Políticamente, el bloqueo no fue la única causa que condujo al colapso del Imperio alemán ni al fin del conflicto, pero sí representó un factor clave en la descomposición del Estado, el derrumbe de la moral interna y el aumento del descontento social que desencadenó la Revolución de 1918.

El bloqueo aliado a Japón durante la Segunda Guerra Mundial

Vista desde lo alto de embarcaciones militares estadounidenses fondeadas en la costa de la isla de Okinawa. En tierra, hay varios vehículos, hombres y bultos amontonados.

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Durante la Segunda Guerra Mundial, Japón, como país insular, dependía en gran medida del transporte marítimo para el abastecimiento de petróleo, materias primas y alimentos provenientes de sus territorios ocupados en el sudeste asiático, así como para el traslado de tropas y suministros hacia los frentes del Pacífico.

Por ello, la interrupción de las rutas marítimas afectó directamente su capacidad militar y económica y, en los últimos años de la guerra, ocasionó consecuencias especialmente graves.

Este bloqueo, especialmente entre 1943 y 1945, no solo incluyó la acción de buques de guerra; submarinos estadounidenses atacaron sistemáticamente a la flota mercante japonesa y, posteriormente, desplegaron minas durante la llamada Operación Inanición, bloqueando las principales rutas navales. Según análisis posteriores, la destrucción de esta flota mercante fue crucial en el colapso de la economía bélica japonesa.

Geográficamente, Japón presentaba gran vulnerabilidad y, a diferencia de Alemania, carecía de rutas terrestres efectivas para evadir el bloqueo, lo que hizo que sus efectos fueran aún más letales.

Este bloqueo es considerado uno de los más decisivos en la historia. Si bien la rendición japonesa fue motivada por múltiples factores —incluidos bombardeos masivos, la invasión soviética y, finalmente, los ataques atómicos—, el corte de las rutas marítimas y la destrucción de la flota mercante destruyeron la base de su economía bélica.

La «cuarentena naval» sobre Cuba durante la Crisis de los Misiles de 1962

Un avión de reconocimiento estadounidense vuela sobre un barco de carga soviético durante la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962.

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La crisis de los misiles en Cuba representa un caso peculiar, puesto que Washington evitó usar la palabra «bloqueo» y optó por denominarlo «cuarentena marítima».

La administración de John F. Kennedy, consciente de que el término bloqueo implicaba en el derecho internacional un acto de guerra que podía complicar la posición estadounidense, impuso un cerco naval para impedir la llegada de armamento soviético a la isla, con el respaldo de la Organización de Estados Americanos.

Esta medida no buscaba derrocar al gobierno de Fidel Castro ni paralizar la economía cubana, sino alcanzar un objetivo más limitado y concreto: impedir un mayor despliegue de misiles soviéticos y abrir espacio para la negociación con Moscú. Esa especificidad la diferenció de bloqueos clásicos de desgaste.

La cuarentena duró menos de un mes, pero representó el momento de máxima tensión nuclear durante la Guerra Fría.

Su naturaleza fue fundamentalmente política y disuasoria más que económica. Con la presencia de la flota estadounidense frente a Cuba, los barcos soviéticos enfrentaron la elección de detenerse o arriesgar un conflicto militar; varios optaron por cambiar su curso o abortar su misión.

Esta presión naval, combinada con intercambios secretos y amenazas militares, permitió alcanzar un acuerdo que condujo a la retirada de los misiles soviéticos y, en paralelo, al desmantelamiento confidencial de misiles estadounidenses en Turquía.

Desde el punto de vista de resultados, si el éxito se mide por el cumplimiento del objetivo declarado, el bloqueo cubano tuvo alta eficacia: Estados Unidos frenó el despliegue armamentístico soviético sin desencadenar una guerra mayor y mantuvo abierta la vía negociadora.

Sanciones y restricciones marítimas impuestas a Irak

Un grupo de adultos y niños se bañan en el puerto de Basora junto a un barco abandonado y oxidado.

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Tras la invasión de Kuwait por Irak en 1990, el Consejo de Seguridad de la ONU aplicó sanciones extensas mediante la Resolución 661 y, poco después, estableció a través de la Resolución 665 que los estados debían aplicar esas sanciones también en el ámbito marítimo, vigilando y limitando el tránsito de buques.

Estas restricciones marítimas (1990‑2003) pasaron a ser un mecanismo de presión económica y un complemento clave del régimen de sanciones, con la intención de forzar la retirada iraquí de Kuwait.

Aunque el acceso al mar de Irak era muy restringido, el control de las rutas marítimas fue vital para bloquear las exportaciones petroleras y aislar económicamente al país tras 1990.

Sin embargo, la capacidad de eludir parte de esta presión atravesando fronteras terrestres redujo su impacto individual, siendo más efectivo en combinación con sanciones y presión militar.

Restricciones y controles navales en la antigua Yugoslavia

Barcos de la Fuerza Naval Multinacional de la OTAN el 30 de abril de 1992 en Nápoles, Italia.

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En el transcurso de las guerras balcánicas en la década de 1990, el Consejo de Seguridad de la ONU impuso sanciones a la República Federal de Yugoslavia y prohibiciones sobre transferencia de armas en la región, ejecutadas en el ámbito marítimo mediante operaciones conjuntas de la OTAN y de la Unión Europea Occidental.

La operación en el mar Adriático (1992‑1996) tuvo como propósito controlar, inspeccionar y, cuando fuera pertinente, detener embarcaciones para impedir violaciones a las sanciones.

Los datos oficiales indican que miles de barcos fueron inspeccionados y cientos retenidos o desviados, reflejando una aplicación relativamente uniforme y multilateral de dichas restricciones. Las resoluciones del Consejo de Seguridad otorgaron mayor legitimidad política a estas medidas.

Además, la geografía del Adriático y el acceso limitado por mar facilitaron las tareas de vigilancia. No obstante, al igual que ocurrió con otros regímenes sancionatorios, estas limitaciones navales por sí solas no lograron detener el conflicto.

El enfrentamiento en Bosnia y las crisis posteriores requirieron una combinación de presión terrestre, aérea y diplomática para avanzar hacia un acuerdo político y el fin de las hostilidades.

Las restricciones navales contra la antigua Yugoslavia pueden considerarse un éxito parcial, aunque no alcanzaron la escala ni el impacto de los bloqueos que enfrentaron Alemania y Japón en las guerras mundiales.

Estas medidas fortalecieron la efectividad del régimen sancionatorio y elevaron el costo de incumplirlo. La experiencia evidenció que, con un consenso internacional, un objetivo definido y una geografía manejable, esta herramienta puede ser útil, aunque rara vez decisiva por sí sola en la resolución de un conflicto bélico.

El bloqueo israelí sobre Gaza

Pequeños barcos de pesca con banderas palestinas en agua del mar.

Fuente de la imagen, Majdi Fathi/NurPhoto via Getty Images

El bloqueo sobre Gaza, vigente desde 2007, difiere de muchos casos previos en que no es solo una medida naval, sino que forma parte de un sistema más amplio que incluye el cierre de pasos fronterizos, el control de bienes y personas, restricción de la pesca, regulación del suministro de combustible y electricidad, y limitaciones en las exportaciones.

No obstante, la dimensión marítima, especialmente desde 2009, ha sido un pilar fundamental, destacando el control del litoral y la negación de un acceso libre al mar para Gaza.

Israel justifica el bloqueo por motivos de seguridad y para impedir el ingreso de armas, aunque organismos humanitarios internacionales han advertido durante años que el efecto real ha sido paralizar la economía y agravar la situación de la población civil.

Desde el punto de vista legal, el bloqueo de Gaza es uno de los casos más controvertidos en la actualidad. En una opinión consultiva de 2024, la Corte Internacional de Justicia reafirmó la continuidad de la ocupación y la integridad territorial palestina, intensificando el debate sobre la legitimidad de estas restricciones.

Se han producido varios intentos simbólicos por romper el bloqueo naval, como la Flotilla de la Libertad en 2010, pero Israel interceptó y evitó que esas embarcaciones llegaran a Gaza.

En la práctica, el bloqueo no ha impedido los enfrentamientos frecuentes entre Israel y grupos armados palestinos. En otras palabras, esta política no ha resuelto los problemas de seguridad, sino que ha consolidado una economía destruida, un sistema dañado y una dependencia generalizada de la ayuda humanitaria en Gaza.

Si el éxito se mide solo en términos de «mantener el control», el bloqueo de Gaza ha persistido, aunque ha ofrecido pocos resultados en seguridad duradera, prevención de violencia o estabilidad política.

En definitiva, esta política ha logrado sostener la presión, pero ha fallado en resolver la crisis, lo que quizá constituye la lección más importante del caso Gaza para el debate sobre los bloqueos navales, incluido el relacionado con Irán.

El bloqueo a Yemen liderado por Arabia Saudita

Una multitud se agolpa y estira sus brazos sujetando papeles en Yemen.

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En el conflicto yemení, la coalición encabezada por Arabia Saudita ha intentado limitar el suministro de armas a los hutíes mediante el control marítimo y del espacio aéreo. Los principales puertos del país, como Hodeida y Salif, están sometidos a estricta vigilancia con inspecciones y restricciones regulares.

Aunque la intención declarada del bloqueo desde 2015 era impedir la entrada de armamento, Yemen depende en gran medida de las importaciones de alimentos, combustible y medicamentos, lo que hizo que estas limitaciones afectaran desde temprano la vida cotidiana de la población.

Organismos internacionales han alertado de forma reiterada sobre el empeoramiento de la hambruna, la escasez de combustible y la interrupción de los servicios de salud que enfrenta el país.

Los mecanismos de la ONU buscaban equilibrar las preocupaciones de seguridad con las necesidades humanitarias y facilitar el tránsito de mercancías tras inspección, pero estos procesos suelen estar acompañados de demoras prolongadas.

El problema principal es que Yemen tiene muy poca capacidad para compensar la escasez, por lo que cualquier retraso en la llegada de combustible o trigo puede provocar el cierre de hospitales, cortes en el agua y grandes aumentos de precios.

Por ello, la efectividad militar del bloqueo va estrechamente ligada a sus consecuencias humanitarias.

La coalición liderada por Arabia Saudita logró encarecer la logística y la entrada de armas a los hutíes, ejerciendo una presión continua, aunque no consiguió una victoria definitiva ni el colapso de su rival.

En cambio, el bloqueo empeoró una crisis humanitaria de gran magnitud, que despertó la atención internacional y generó una creciente presión diplomática sobre la coalición.

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