El chileno se ha consolidado como un entrenador exitoso, con numerosos trofeos y experiencia en clubes de renombre mundial como el Real Madrid y el Manchester City.
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Manuel Pellegrini creció en un ambiente lleno de libros y con una fuerte tradición académica, dividido entre la exigencia del estudio y la atracción irresistible por el balón, elementos que definieron su camino.
En el barrio santiaguino donde vivió su infancia, mientras sus hermanos aspiraban a carreras más convencionales, él ya jugaba con un balón amarillento en la calle, con un claro enfoque en el fútbol. Esto ocurría a pesar de la afección que tenía en el empeine de su pie derecho.
Su padre, Emilio Pellegrini, era un hombre pragmático, que evitaba riesgos inciertos. Para él, el fútbol era una afición, pero no una carrera sólida. A menudo le lanzaba miradas que transmitían tanto reproche como preocupación.
Cuando Manuel le confesó sus planes, su padre reaccionó con escepticismo: «Manuel, ¿cómo vas a ser entrenador de fútbol? No ganarás dinero y te vas a morir de hambre. ¿Por qué no trabajas en lo tuyo, siendo ingeniero civil?», comentó un familiar a El Mercurio.
Fueron palabras duras, aunque motivadas por el temor a que su hijo careciera de estabilidad económica en un entorno poco tolerante con el fracaso.
El respaldo de su madre
Su madre, Silvia Ripamonti, siempre rememoraba que el primer acto relacionado con el deporte de Manuel fue casi encantador. «Su primera palabra fue gol», solía afirmar, esbozando una sonrisa que disipaba cualquier pronóstico negativo.
Aunque no comprendía del todo por qué su hijo prefería el balón al estudio, nunca se negó a apoyarlo. Según la memoria familiar, esa palabra simboliza el origen de todo: para él, el fútbol no fue solo un juego en la infancia, sino un lenguaje propio.
Con el paso del tiempo, Silvia admitió que aceptar que su hijo quería dedicarse exclusivamente al fútbol no fue sencillo. «Al principio no entendíamos su dedicación obsesiva al fútbol como profesión, pero tampoco intentamos detenerlo», recordó en una entrevista. Esta postura de no interponerse, permitiéndole avanzar entre la incertidumbre y el balón, se convirtió en una forma discreta pero crucial de apoyo.
De la niñez al banquillo
Esa infancia santiaguina moldeó un carácter detallista y trabajador. Estudió Ingeniería Civil en la Universidad Católica mientras seguía ligado al fútbol, logrando combinar ambas formaciones que su padre valoraba.
Pero cuando tuvo que decidir, el balompié volvió a imponerse. Primero como jugador y, luego, como entrenador, forjó una trayectoria que desmintió las advertencias de Emilio.
Su palmarés como entrenador es amplio y sólido: campeonatos en Chile, Ecuador y Argentina, incluyendo logros como la Copa Interamericana con Universidad Católica y un récord de puntos en el Clausura 2001 con San Lorenzo.
Después llegó América, el Real Madrid, Villarreal, Málaga, Manchester City, West Ham y, en años recientes, el Real Betis, posicionándolo como uno de los técnicos extranjeros con más partidos disputados en la historia de La Liga.
Actualmente, cuando el ‘Ingeniero’ toma asiento en el banquillo, saber que su padre una vez le dijo que moriría de hambre con el fútbol y que su madre recordó su primera palabra fue «gol», convierte su vida en una especie de parábola: un hijo que apostó por un sueño, desafió la lógica familiar y, con paciencia, logró consolidar un nombre exitoso a nivel mundial.

