Agapito y su familia buscan apoyo tras quedar parapléjico por administración de Nolotil a pesar de su alergia, ahora enfrentan la negativa a su rehabilitación

El hijo de un hombre de Pontevedra de 48 años, víctima de un error médico en un hospital público, ha iniciado una campaña para solicitar ayuda debido a la falta de atención hacia su padre, quien recibió nolotil intravenoso por error y casi no recibe cuidados.

Agapito Dorado y su hijo Daniel, antes del error médico que dejó al padre parapléjico, en una foto del álbum familiar.

La última vez que Daniel Dorado, con 33 años, tuvo contacto con su padre, Agapito, de 48, este se encontraba «molesto». No solo por la pancreatitis aguda con la que ingresó en el Hospital Montecelo de Pontevedra, sino también porque permanecía en la sala de urgencias, sin televisión y se perdía la final de la Eurocopa, que España ganó a Inglaterra en julio de 2024.

«Me dijo: ‘Por favor, trae mañana el cargador del móvil’. Él ya había tenido pancreatitis anteriormente, así que estaba tranquilo, y yo también», relata Daniel. «No pasé la noche en el hospital con él porque debía cuidar a mi hija, y mi esposa estaba embarazada».

A la mañana siguiente, Daniel estaba «tomando rápidamente un café» en el bar de su tía, «a las 9.30, con calma antes de ir al hospital», cuando recibió una llamada del médico. «Me dijo: ‘Ven rápido, tu padre está en parada cardiorrespiratoria, la situación es grave, venid ya'».

El susto fue enorme y, según cuenta, «le pedí al médico que me diera medio segundo para respirar y asimilarlo, pero me dijo que no podía porque debía atender otras cosas». Cuando llegó y vio a su padre en la UCI, «rojizo y con los ojos muy hinchados», Daniel preguntó: «¿Qué ha ocurrido?».

«El médico de la UCI me respondió: ‘No me haré responsable de algo que no ocasioné: a tu padre, en planta, le administraron un nolotil'». La voz de Daniel se quiebra al otro lado del teléfono. «Justo lo que indicaba en rojo en su historial clínico que estaba prohibido: darle nolotil, pues es alérgico al metamizol y era imposible no verlo en los documentos». Agapito sufrió un shock anafiláctico y, como consecuencia, estuvo 15 minutos en parada cardiorrespiratoria.

En otras dos ocasiones, en hospitales públicos, Agapito había recibido metamizol. «La primera vez fue en 2020, cuando estuvo 24 horas intubado, aunque se recuperó sin problemas. La segunda ocurrió en 2022, y solo tuvo un leve enrojecimiento. La diferencia radica en que esas dos veces se lo dieron por vía oral, mientras que en el Hospital Montecelo fue administrado intravenosamente».

Hoy, 20 meses después, Agapito sonríe apenas, casi solo con los ojos, cuando Daniel entra a su habitación, postrado en la cama. Se encuentra tetrapléjico y con un daño cerebral severo, con un 100% de discapacidad. Sin embargo, la Sanidad Pública, responsable del error definitivo confesado en los informes médicos, no le proporciona ninguna rehabilitación. «Es como si lo hubieran dado por muerto», afirma Daniel.

Mientras que la demanda legal para indemnizar a la familia comienza – Daniel, mediante las abogadas Isabel Bonilla y Clara Lozano del bufete Bley Abogados, reclama una compensación cercana a 1,5 millones de euros para cuidados permanentes y secuelas, pero la aseguradora del Servicio Gallego de Salud valora el daño en solo 200,000 por considerar que Agapito fallecerá aproximadamente en cinco años –, Daniel ha dejado su trabajo como entrenador de fútbol para dedicarse por completo a su padre.

Comparte vídeos en Instagram (perfil @luchandopormilsonrisasdemipapa), en Facebook, escribe en todas partes posibles, vende pulseras solidarias e inició un crowdfunding para recaudar fondos con el objetivo de otorgar a Agapito la mejor calidad de vida posible, cuya pensión cubre la residencia donde se encuentra. «Lo han dado por imposible. Sin estímulos no podrá recuperar nada, y la Sanidad pública no le proporciona ninguno».

Desde el primer momento que su padre quedó en la UCI con «daño cerebral grave», Daniel observó esta situación lamentable: «A los dos o tres días, los médicos ya me comentaron: ‘Quizás lo más adecuado sería desconectarlo, porque probablemente no pueda respirar solo’. Pero me informé y supe que en casos de hipoxia se debe tener paciencia para valorar el daño. Les dije que esperáramos».

Comenzaron así nueve meses de pesadilla que Agapito pasó en el hospital. «Algunos médicos y enfermeras actuaron bien, pero… Le dejaban sin atención, le administraban lo que fuera y ni siquiera le hablaban, sin mostrar humanidad ni estimularlo lo suficiente. Llegaba, tomaba su temperatura, tenía 42 grados y no le daban nada. Llamaba al timbre y no respondían. Fui a buscarlos y estaban concentrados en sus móviles».

Uno de los profesionales encargado de estimular a Agapito para intentar reavivar alguna señal vital se dirigió a su hijo un día «en la escalera»: «Me dijo: ‘¿Qué pasa con tu padre? Me dicen que ni siquiera me permiten subir a verle'». Daniel no quiere exagerar, pero admite que «es como si esperaran a que muriera».

Varios médicos se lo expresaron claramente. «Uno me advirtió: ‘Cuidado con aferrarte a algo improbable, porque puedes salir lastimado'».

En otra ocasión, tras varias semanas hospitalizado, Agapito se le realizó una resonancia magnética «clave» que inicialmente ofreció resultados favorables. Una médica le informó: ‘Su padre podrá vivir’. Pero al día siguiente, otro médico dijo lo contrario. Daniel respondió: ‘Pero ayer dijeron que sí, gracias a la resonancia’. Y el médico respondió: ‘¿Ya le hicieron la resonancia?’. La buscó y dijo: ‘Cada médico la interpreta a su manera’. El desorden era casi total».

La terapia de logopedia, por ejemplo, «solo la recibió en la UCI. Durante los meses que permaneció en planta no acudió nadie, ni una sola vez». Tampoco la situación de alta fue favorable: «Justo el día que íbamos a salir tuvo algo de fiebre, y le mantuvieron ingresado. Perdimos una plaza en una unidad de neurorehabilitación de Quirón y no pudimos recuperarla».

«En más de año y medio», continúa Daniel, «nunca pude hablar directamente con un neurólogo sobre la evolución de mi padre; la desatención fue total».

La disputa legal sobre la indemnización gira en torno a si el padre fallecerá en cinco años o no, según relata Daniel. «En realidad, la aseguradora del Sergas emitió un informe sin valorar al paciente, afirmando que el pronóstico es malo a corto plazo debido a complicaciones habituales, aunque desde hace un año no ha presentado ninguna». Ahora será el tribunal de Instancia 82 de Madrid quien decida.

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