Beijing acusa a Sánchez de respaldar de manera encubierta la integración de Taiwán

La nota oficial afirma que «España se adhiere firmemente al principio de una sola China»

Sánchez durante la firma de 19 acuerdos por parte de la secretaria general de Comercio, Amparo López, y el ministro José Manuel Albares con sus homólogos chinos.

En el Gran Salón del Pueblo, bajo el estricto protocolo de la diplomacia china, Pedro Sánchez y Xi Jinping demostraron ayer una notable coincidencia. Al inicio del encuentro, abierto a la prensa española acreditada, se percibió una imagen de acuerdo sin fisuras y un discurso común: defensa del multilateralismo y rechazo al «retorno a la ley de la selva». Esta frase no es casual ni improvisada. Forma parte del arsenal retórico chino, perfeccionado con los años, que Pekín utiliza para criticar el desorden global exacerbado por Donald Trump tras su regreso a la Casa Blanca.

Sin embargo, como suele suceder en reuniones de esta índole dentro del gran marco institucional del régimen, lo que se exhibe en público es solamente una parte del relato. La otra mitad —más compleja, de mayor carga política— se construye posteriormente, en los comunicados oficiales que China emplea no solo para informar, sino también para fijar posturas e incluso reinterpretar las palabras de sus interlocutores.

Frente a las cámaras, Xi concluyó con una de sus fórmulas usuales: ambos líderes, afirmó, están «dispuestos a situarse del lado correcto de la historia». Es una expresión frecuente en su diplomacia, dirigida a socios considerados pragmáticos o receptivos. Todo ello fue reflejado en la cobertura española. No obstante, como casi siempre en este tipo de encuentros, faltaba la otra parte del relato: la versión oficial china sobre una reunión que duró alrededor de una hora.

El comunicado publicado por Pekín horas después replica parte de ese guion, pero incorpora matices —y omisiones— que revelan más sobre los intereses chinos que sobre lo verificable del encuentro. Xi repite elogios: «China y España son países con principios y moralmente íntegros», señala el texto, antes de abogar por «fortalecer la comunicación» y «oponerse a la regresión del mundo hacia la ley de la selva». Hasta ese punto, continuidad.

Lo destacable aparece cuando el documento incluye citas atribuidas a Sánchez que no fueron pronunciadas durante la parte abierta a la prensa, pero que, diplomáticamente, poseen un mayor peso. Según Pekín, el presidente español afirmó que España «valora enormemente la posición de China como gran potencia y está comprometida con el desarrollo de una sólida alianza estratégica». Más delicado, sobre todo para Moncloa, es el siguiente punto: el comunicado en mandarín asegura que Sánchez expresó que «España se adhiere firmemente al principio de una sola China». La traducción al español comienza con «España está comprometida con…».

Aquí la semántica es fundamental. España, como la mayoría de países occidentales, ha sostenido históricamente la «política de una sola China»: una fórmula ambigua que reconoce a la República Popular como gobierno legítimo, pero evita pronunciarse de manera directa sobre la soberanía de Taiwan. En cambio, el «principio de una sola China» es la expresión oficial de Pekín, que afirma sin concesiones que Taipei forma parte inseparable de China. No se trata de un detalle menor, sino de una línea roja diplomática. Por ejemplo, en la visita de Sánchez a Pekín en 2024, la parte china registró que el presidente español «se adhiere firmemente a la política de una sola China», no al «principio».

Para Taiwan, una isla que funciona de facto como Estado independiente, con su propia Constitución, ejército y líderes elegidos democráticamente, estos matices representan la diferencia entre el respeto a su statu quo actual y una postura más favorable a China. Para Xi, quien ha reiterado en diversas ocasiones su objetivo de «reunificación» —incluyendo la posibilidad del uso de la fuerza si fuera necesario— que un líder europeo apoye su «principio» constituyen un respaldo significativo.

La respuesta de Moncloa ante el comunicado de Pekín es remitir a la ficha sobre Taiwan publicada en la web del Ministerio de Exteriores: «España está comprometida con la política de ‘una sola China’ y por eso no mantiene relaciones diplomáticas con Taiwan. No obstante, existe una cooperación económica y cultural gestionada a través de la Cámara de Comercio de España en Taiwan, único organismo de contacto entre las respectivas autoridades». Esta versión sobre la postura oficial de España contradice el comunicado divulgado por el Gobierno de Xi.

El texto chino va aún más lejos. También atribuye a Sánchez una oposición a una «nueva Guerra Fría» y el respaldo a una «cooperación reforzada» entre Europa y China, dos ejes habituales del discurso oficial del gigante asiático. Además, añade una frase especialmente relevante que no se divulgó en la parte pública del encuentro: «España apoya activamente cuatro iniciativas globales propuestas por Xi Jinping».

Este conjunto de proyectos (entre ellos la Iniciativa de Gobernanza Global) representa el intento de Pekín por redefinir las reglas del sistema internacional. Las propuestas, presentadas en foros como la Organización de Cooperación de Shanghai ante aliados de China, incluyendo al ruso Vladimir Putin, forman parte de una estrategia para consolidar un bloque alternativo al liderado por Washington.

En ese contexto, China busca capitalizar el desgaste de Estados Unidos y extender su red de aliados en Europa y en el llamado Sur Global. Al atribuir a Sánchez determinadas declaraciones, Pekín proyecta una imagen de alineamiento que favorece sus propios intereses estratégicos en el continente europeo. Es precisamente en este punto donde conviene detenerse. Porque estas «interpretaciones chinas» —comunes tras cada reunión bilateral— no siempre se corresponden con las versiones de la contraparte. Y es en esa asimetría, en lo que se dice y en lo que se sugiere, donde se dirime buena parte de la batalla narrativa.

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