El ciclo persistente de la mutilación genital en Colombia: la historia de una mujer cuyo hija fue sometida a ablación a los seis meses sin su consentimiento

Ilustración de una mujer embera con su hija y su abuela.

Fuente de la imagen, Equipo de Periodismo Visual de BBC Américas

    • Autor, José Carlos Cueto*
    • Título del autor, Corresponsal de BBC News Mundo en Colombia
  • 1 hora
  • Tiempo de lectura: 9 min

Ninguna niña debería experimentar el sufrimiento de la mutilación corporal.

Cuando mi hija tenía seis meses, mi abuela le practicó la ablación. Me enteré demasiado tarde.

La encontré con fiebre alta, la zona inflamada y sangrando.

Cuestioné a mi abuela, quien me dijo que era algo habitual y que no debía contarle a nadie, aunque mi expareja se enteró.

Al verla en ese estado, él creyó que yo había consentido la ablación y me agredió físicamente.

Mi hija lloraba desconsoladamente. Intentamos llevarla a un centro médico, pero la distancia y la lluvia lo impedían.

Mi madre, que es partera y opuesta a esta práctica, trató de aliviarla con plantas y también confrontó a mi abuela.

Mi abuela no le hizo caso y argumentó que los hombres se burlan de las mujeres que conservan el clítoris.

La ablación en Colombia

Según Carla Quiñonez*, su hija de cuatro años actualmente sufre episodios dolorosos e infecciones urinarias repetidas, síntomas habituales en sobrevivientes de la mutilación genital femenina.

Quiñonez, de 30 años, pertenece a la comunidad indígena emberá y se dedica a combatir la práctica de la ablación en Colombia, único país en América Latina donde se ha confirmado su persistencia.

Esta mujer emberá recorre zonas remotas, ofrece talleres, enfrenta autoridades indígenas tradicionales y recibe amenazas debido a su trabajo.

Con un equipo de colegas y congresistas, su labor ha sido fundamental para que una ley contra la ablación tenga posibilidades de aprobarse en Colombia próximamente.

La ablación consiste en la extirpación parcial o total de los genitales externos femeninos y daños afines causados sin motivos médicos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que más de 300 millones de niñas y mujeres vivas han sido víctimas de esta práctica.

La mayoría de los países donde se realiza se encuentran en el occidente, oriente y noreste de África, así como en algunos lugares de Medio Oriente y Asia.

Una mujer en Gambia protesta contra la mutilación genital femenina en 2024.

Fuente de la imagen, MUHAMADOU BITTAYE/AFP via Getty Images

Las consecuencias de la ablación incluyen hemorragias, dificultades urinarias y menstruales, complicaciones en el parto, presencia de quistes, infecciones, mayor mortalidad neonatal y problemas para el disfrute sexual.

El origen de esta práctica en Colombia, detectada en comunidades indígenas emberá y afrocolombianas, está rodeado de diversas hipótesis que carecen de evidencia definitiva.

Se sabe que ocurre en comunidades empobrecidas, marginadas y aisladas, cuyos poblados suelen estar a varias horas caminando de hospitales, escuelas y vías principales.

Según cifras del Congreso colombiano, hasta octubre de 2025 se documentaron 26 casos, mientras que en 2024 se reportaron 54 y en 2023 un total de 91.

El departamento de Risaralda, ubicado al noroccidente del país y hogar de la comunidad de Quiñonez, concentra el mayor número de casos.

Especialistas, autoridades y emberás contrarios a la práctica sostienen que los registros oficiales no reflejan la verdadera cantidad de casos.

«Las niñas mueren más que los niños»

En determinadas zonas, casi todas las niñas nacen con esta práctica.

A menudo no es posible trasladar a una persona enferma al hospital debido al aislamiento de los territorios indígenas.

Una niña con ablación que sufre una hemorragia no logra llegar al centro médico. Siempre me llamó la atención que las niñas fallecieran más que los niños al nacer.

No comprendí las razones hasta años después, cuando empecé a sensibilizarme y a entender que esta práctica es dañina.

Fui testigo del fallecimiento de seis niñas sin causa aparente.

Recuerdo una prima mía, quien nació bien y fue atendida por mi madre, pero a los tres días falleció.

Pregunté a mi madre y me dijo que murió de “jai”, un mal ancestral, sin ofrecer mayor explicación.

Ahora creo que todas esas muertes atribuidas al “jai” en realidad fueron por complicaciones relacionadas con la ablación.

Actualmente, el clítoris se quema en lugar de cortarlo con cuchillo como antes. Mi abuela también le practicó la ablación a mi hermana, quien casi pierde la vida.

Ella sigue con secuelas en su cuerpo, pero guarda silencio y no relata lo ocurrido.

Por normalización, vergüenza o temor, es difícil para nosotras expresarnos.

Una pediatra al frente del combate contra la ablación

La OMS clasifica en cuatro categorías la mutilación genital femenina.

El primer tipo implica la remoción parcial o total del glande del clítoris, la parte externa y sensible. También se retira el prepucio o capuchón, el pliegue que lo cubre.

El segundo tipo abarca la extirpación de los labios menores, con o sin la eliminación de los mayores.

El tercero, conocido como infibulación, involucra la reducción del orificio vaginal.

El cuarto consiste en cualquier otro daño generado a los genitales femeninos.

Los 4 tipos de mutilación genital femenina, según la OMS.

Fuente de la imagen, Equipo de periodismo visual de BBC Mundo

En el hospital San Jorge de Pereira, Risaralda, la pediatra Diana Ramos Mosquera atiende diariamente a un número de casos que supera los reportados oficialmente.

Este departamento es el epicentro donde se concentran los registros oficiales, aunque Ramos señala que estas cifras representan sólo «la punta del iceberg».

No considera que la ablación haya aumentado, pero sí que ahora hay más profesionales que examinan a las niñas en consultas por otros motivos.

«Al detectar mutilaciones, notamos señales cicatriciales. En ocasiones, es complejo precisar el tipo exacto de mutilación», explica Ramos a BBC Mundo.

Añade que, según testimonios emberás, la ablación ocurre tras nacer, con un cuchillo caliente, lo que les lleva a observar quemaduras y mutilaciones de tipo 1 y 2.

Recuerda el caso de una niña que presentaba el introito vaginal cerrado, impidiendo probablemente la menstruación y las relaciones sexuales en la adultez.

«Fue necesaria una reconstrucción», relata Ramos.

La pediatra Diana Ramos Mosquera en un retrato profesional.

Fuente de la imagen, Cortesía de Diana Ramos / Foto de David Jiménez

Desde que esta especialista identificó un caso hace cuatro años, ha trabajado para visibilizar y sensibilizar a colegas sobre este problema. Señala que la formación médica sobre detección y manejo de la ablación es insuficiente.

Considera que se trata de una forma de violencia sexual y de género con secuelas permanentes, que debe enfrentarse mediante la educación.

«Hay madres que desconocen que a sus hijas les practicaron la mutilación. No se puede justificar, pero tampoco ignorar la dimensión cultural, pues algunos miembros creen que no hace daño», reflexiona.

«La cultura no mata»

Con cerca de 300.000 integrantes, la Gran Nación Emberá se posiciona como una de las comunidades indígenas más pobladas de Colombia, con presencia en Ecuador y Panamá.

Dentro de los grupos donde se observa la ablación, detectada en emberás chamí, katío y dobidá, muchos la interpretan como parte de su identidad cultural ancestral y la denominan «curación».

Las abuelas y parteras, por ejemplo, temen que el clítoris pueda desarrollarse en un pene si no se realiza el corte.

En una sociedad patriarcal, otros sostienen que una mujer con un órgano que le brinda placer puede volverse promiscua y mala esposa.

Es un ciclo generacional y continuo que muchas mujeres desean romper.

Juliana Domico, consejera de la Confederación Nacional de los Pueblos de la Gran Nación Emberá de Colombia, opina que la ablación surge por desconocimiento anatómico y machismo, no por cultura.

Juliana Domico, fotografiada en el centro de Bogotá.

Fuente de la imagen, José Carlos Cueto / BBC Mundo

Una hipótesis sobre la llegada de la ablación a Colombia plantea que esta práctica fue traída durante la época colonial por esclavos provenientes de países africanos donde se realizaba.

Esto podría explicar su presencia en Risaralda, Chocó y Valle del Cauca, zonas con comunidades afrocolombianas.

Domico también menciona una tradición oral embera que sugiere que hace siglos nació una niña intersexual —condición que puede presentar genitales masculinos y femeninos— y desde entonces surgió la aversión al clítoris.

La líder viaja a diferentes departamentos para identificar casos y evaluar la profundidad de la práctica.

Afirma que la ablación no es parte de la cultura: «Somos nuestra vestimenta, artesanías, danzas y lengua, no una práctica que mata. La cultura no mata».

Amenazas y rechazos

Ilustración de una mujer embera con la hija a cuestas mientras es juzgada y mirada por otros sectores de la sociedad.

Fuente de la imagen, Equipo de Periodismo Visual de BBC Américas.

Tras la agresión de mi expareja al enterarse de la ablación de mi hija, nuestra relación terminó.

Se supone que el tema debe quedar entre mujeres y que los hombres no deben saber, pero algunas autoridades indígenas masculinas bloquean toda conversación al respecto.

He recibido amenazas por divulgar y crear conciencia de la necesidad de erradicar esta práctica.

Con ciertas mujeres, parteras y personas mayores, la resistencia al diálogo persiste. Ha habido confrontaciones, pero no se puede renunciar a la comunicación.

Es complicado porque muchas emberás no dominan el español y las conversaciones a veces solo se pueden mantener con los hombres.

Esto limita nuestra participación comunitaria y la interacción con el personal médico.

En años recientes, cientos de emberás desplazados por la violencia han quedado en albergues en Bogotá, donde también se han documentado casos de ablación, incrementando el estigma y la discriminación hacia nosotros.

Albergue con emberas en Bogotá en una fotografía tomada en 2022.

Fuente de la imagen, Juancho Torres/Anadolu Agency via Getty Images

He vivido malas experiencias en hospitales de la capital. Al llevar a mi hija por complicaciones derivadas de la ablación, sentido que muchas veces desconocen lo que es. Otras mujeres han sufrido lo mismo.

En una ocasión la enfermera me dijo que merecía que mi hija estuviera enferma por «salvaje», sin conocer mi historia.

Algunos asumen que no hablamos español ni conocemos nuestros derechos.

Incluso me amenazaron con quitarme a mi hija y entregarla a Bienestar Familiar.

Desde entonces prefiero no llevarla al hospital, y la cuido con plantas y medicinas naturales sin separarme de ella.

Una ley contra la ablación

La ablación genital en Colombia no ganó atención pública hasta 2007, cuando murió una bebé a causa de esta mutilación.

Este suceso impulsó un incipiente movimiento dentro de la comunidad emberá y de parte de autoridades colombianas y agencias internacionales para erradicar la práctica.

No fue sino hasta 19 años y numerosas campañas educativas entre las comunidades, que un proyecto para prevenir, atender y eliminar esta práctica fue aprobado en 2025 por la Cámara de Representantes, aunque aún debe ser ratificado por el Senado.

El proceso ha enfrentado múltiples desafíos.

«La concentración de casos en ciertas comunidades, especialmente en Risaralda, ha dificultado tener una respuesta institucional unificada», dice a BBC Mundo Carolina Giraldo, congresista del departamento que promueve la ley.

La congresista Carolina Giraldo, fotografiada en diciembre de 2025.

Fuente de la imagen, José Carlos Cueto / BBC News Mundo

Giraldo añade que el debate se intensificó tras reportarse mutilaciones en el Parque Nacional de Bogotá, cuando cientos de emberás desplazados buscaron refugio allí durante meses.

La congresista también señala que el subregistro es un obstáculo importante en el tema.

«Debido al aislamiento, no se conoce cuántas niñas nacen, cuántas mueren y cuántas fallecen a causa de la ablación. Solo se documentan los casos que llegan a hospitales o instituciones».

Finalmente, legisladores y políticos discuten si la ley debería ser punitiva o preventiva.

Giraldo apuesta por la prevención: «El objetivo prioritario es salvar vidas. Penalizar a abuelas y parteras reduce las posibilidades de que lleven a las niñas a centros médicos, lo que aumenta la mortalidad».

«Cuando le revele la verdad a mi hija»

Cada vez más mujeres desean transformar esta realidad y reconocen que la mutilación es perjudicial.

Algunas, aunque no recibieron educación formal o no dominan el español, comprenden su importancia.

Conversan entre ellas para expresar que la ablación no debería existir.

Fue conmovedor presenciar cómo una abuela reflexionó sobre la “curación” después de haberla aplicado a sus nietas, lamentando que lo hizo sin malicia y solo para evitar las críticas de los hombres.

Hablar de una vida distinta es complicado. Mujeres sin clítoris no conciben otro cuerpo ni recuerdan uno diferente.

Al preguntarles cómo sería su vida sin la mutilación, responden con indiferencia que sería “normal”.

Será igual de difícil cuando tenga que abordar este tema con mi hija, pero es una conversación inevitable.

Todas merecen conocer y hablar libremente sobre sus cuerpos sin sentir vergüenza.

*Carla Quiñonez es un pseudónimo empleado para proteger la identidad de la testigo, quien podría enfrentar revictimización y amenazas.

*Ilustraciones por Daniel Arce, del Equipo de Periodismo Visual de BBC Mundo.

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