Cuatro estudios científicos considerados improbables que lograron hallazgos sorprendentes

Abeja digital.

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Hace un cuarto de siglo ocurrió algo insospechado: un grupo extremista poco conocido hasta entonces transformó aviones civiles, con pasajeros inocentes, en armas dirigidas contra objetivos en Estados Unidos.

Fue el 11 de septiembre de 2001. El mundo, atónito, recurrió tanto a medios tradicionales como a internet, un recurso relativamente reciente y personalizado, que incluso permitía realizar consultas pese a la escasez de respuestas disponibles.

Sin embargo, en ese momento, la web no estaba preparada para soportar un volumen tan elevado de tráfico: la demanda ese día fue tan intensa que la red prácticamente colapsó.

Sunil Nakrani, entre muchos otros, se preguntaba por qué internet fallaba.

Siendo un ingeniero eléctrico realizando su doctorado en la Universidad de Oxford, Reino Unido, contaba con los conocimientos para comprender el problema y el interés en encontrar una solución.

En términos generales, el inconveniente se basaba en que todas las páginas web dependían de un servidor centralizado, ubicado a su vez en grandes centros de datos.

Los dueños de estos sitios estimaban la cantidad de visitantes que podrían recibir y ajustaban su gasto según esas previsiones.

Cuando un usuario hacía clic para acceder a un contenido, el servidor recibía la petición y entregaba la información solicitada.

El sistema funcionaba correctamente si la demanda correspondía a lo previsto, pero un incremento súbito en solicitudes para el mismo recurso saturaba el servidor, haciendo que muchos usuarios debieran esperar mucho más tiempo, aunque existieran otros servidores disponibles sin ocupación.

¿No sería más eficiente que los servidores inactivos pudieran descargar la presión de los saturados?

Si la respuesta era afirmativa, faltaba definir la manera más eficiente y económica de redistribuir el tráfico entre servidores informáticos, teniendo en cuenta que la demanda en internet cambia continuamente.

Abejas llegando a una flor amarilla

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Nakrani, que viajaba con frecuencia a Atlanta debido al trabajo de su esposa, decidió consultar a expertos del Instituto de Tecnología de Georgia, donde uno de ellos lo invitó a dialogar: Craig Tovey, experto en ingeniería industrial y de sistemas.

Ese encuentro resultó clave para revolucionar internet, utilizando un proyecto impulsado por la curiosidad que algunos habrían considerado sin aplicación práctica hasta ese momento.

De las abejas a los gansos

Al escuchar a Nakrani unos minutos, Tovey comprendió que la solución podía encontrarse en las abejas melíferas, insectos que han evolucionado para prosperar en entornos inciertos.

Para la colmena, es esencial recolectar toda la miel necesaria para sobrevivir al invierno, lo que implica extraer néctar de cientos de millones de flores.

Sin embargo, en la naturaleza, las flores no están distribuidas uniformemente; no todas florecen simultáneamente durante el año o el día, y otras especies compiten por el mismo néctar.

Por ese motivo, las abejas deben actuar con eficiencia, y efectivamente lo hacen, sin que ninguna ejerza liderazgo directo.

Esto es lo que Tom Seeley, biólogo de la Universidad de Cornell y especialista en abejas, denomina "la sabiduría de la colmena".

Años atrás, Tovey y sus colegas ingenieros de Georgia Tech, John J. Bartholdi III y John Hagood Vande Vate, se unieron a Seeley para estudiar cómo las abejas resolvían un problema tan complejo.

Su investigación alcanzó logros como trasladar 4.000 abejas, cada una identificada con números y colores distintos, a una estación biológica dotada de fuentes artificiales de néctar para observarlas y verificar que el modelo teórico coincidía con el comportamiento real.

(Si se preguntó cómo se marcan miles de abejas, el método consiste en reducir su temperatura corporal para inmovilizarlas, con ayuda de numerosos estudiantes).

El estudio fue un éxito en términos de ampliar el conocimiento y nuestra comprensión del entorno, pero hasta que Nakrani conoció a Tovey, esta investigación habría sido tachada por críticos de las políticas de financiación como "inútil".

La colaboración entre Nakrani y Tovey logró aplicar el algoritmo de la abeja melífera al ámbito digital, facilitando la gestión de demandas repentinas y evitando la aparición en pantalla del frustrante símbolo de carga interminable.

Señal de que se está cargando un contenido, con una de las barras transformada en un anciano con bastón.

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En 2016, esta particular investigación fue galardonada con el Golden Goose Award (Premio Ganso de Oro), creado para reconocer "estudios aparentemente poco conocidos que han generado avances significativos y han tenido un impacto social relevante".

El premio fue impulsado por el congresista demócrata Jim Cooper para contrarrestar el legado del senador William Proxmire, quien desde 1975 hasta 1988 otorgaba mensualmente los Golden Fleece Awards (Premios del Vellocino de Oro), que solían ridiculizar investigaciones científicas financiadas con fondos públicos.

Estos reconocimientos "reflejaban una profunda falta de comprensión sobre el funcionamiento de la ciencia y la importancia que pueden tener investigaciones que a simple vista parecerían irrelevantes (…) El impacto de la ciencia básica es difícil de anticipar", explica la página oficial del Golden Goose Award.

La ciencia es un proceso para aprender y comprender el mundo en que vivimos, y si algo hemos aprendido tras décadas de inversión es que no se sabe de dónde surgirán los avances, pero tenemos la certeza de que en algún momento llegarán", declaró Joanne Padrón Carney, directora de Relaciones Gubernamentales de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS) y miembro del Comité Directivo del Premio Golden Goose, a BBC News Mundo.

El galardón, añadió, "pone en evidencia que algunos descubrimientos requieren tiempo, y la aplicación de investigaciones científicas que pudieron parecer disparatadas o inespecíficas han generado un impacto profundo y relevante en la sociedad años después".

«Somos curiosos»

Detrás de esas investigaciones "inesperadas o poco convencionales" suele estar el simple deseo de conocer cosas sin una finalidad puntual.

«La naturaleza humana básica es la curiosidad, el interés por explorar, comprender, descubrir cosas inéditas y hacer hallazgos nuevos», afirma Joanne.

«Es una de las razones por las que invertimos en ciencia».

No obstante, cuando los recursos son limitados, como suele ocurrir en muchos ámbitos, la tendencia es dirigirlos hacia lo que se conoce como «investigación orientada a misión».

«Se invierte en agricultura para generar aplicaciones y beneficios claros en ese ámbito, en seguridad nacional, defensa o salud pública… con objetivos definidos a alcanzar.»

«Sin embargo, ello suele complementarse también con inversiones en ciencia básica, para extender los límites del conocimiento sin una aplicación específica en mente, reconociendo que no siempre sabemos de dónde surgirán los resultados».

Justamente esa inversión en ciencia básica está disminuyendo, no solo en EE.UU., sino también en otros países, en ocasiones de manera marcada.

Como ejemplos para contrarrestar esa tendencia, Joanne cuenta con varios a mano.

Ilustración colorida de un circuito de neuronas.

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«Actualmente el mundo está muy enfocado en la inteligencia artificial. Sin embargo, los fundamentos de esta disciplina no provienen de los expertos en informática, sino de la neurociencia.

«En los años 70, científicos desarrollaron métodos para medir redes neuronales. A partir de ese marco, posteriores investigadores mejoraron el modelado de la cognición y comprensión, lo que constituyó la base de la inteligencia artificial actual.

«De hecho, uno de los galardonados con el Premio Golden Goose (Geoffrey Hinton) recibió un Premio Nobel en 2024. Pasaron décadas hasta que se reconoció plenamente el valor de su trabajo».

Hinton, junto con James L. McClelland y David E. Rumelhart, partieron de la simple curiosidad por encontrar un marco alternativo que explicara las funciones cognitivas humanas en el cerebro.

Esa investigación básica fundamentó la revolución en aprendizaje automático e inteligencia artificial.

Salvando vidas

«Uno de mis ejemplos preferidos es la industria biotecnológica, que surgió porque apoyamos a dos científicos que querían comprender por qué ciertas bacterias sobrevivían en aguas termales», comenta Joanne con entusiasmo.

En la década de 1960, el microbiólogo Thomas Brock y su asistente Hudson Freeze visitaron el Parque Nacional de Yellowstone con un propósito que podría parecer curioso: estudiar el lodo verdoso en aguas termales.

Descubrieron la bacteria Thermus aquaticus, capaz no solo de resistir las altas temperaturas, sino de prosperar en ellas.

¿Cómo podía ese organismo vivir en agua tan caliente? Brock luego reconocería que «no pensaba en aplicaciones industriales» cuando la estudió; era pura curiosidad.

Décadas después, el bioquímico Kary Mullis comprendió que una enzima de esa bacteria –la Taq polimerasa– resistía el calor necesario para un procedimiento llamado PCR (reacción en cadena de la polimerasa), que permite amplificar y analizar fragmentos de ADN rápida y masivamente.

Puede que no recuerdes el nombre, pero sí la aplicación: las pruebas PCR fueron esenciales para la detección global del Covid-19, y, anteriormente, eran imprescindibles para medicina, genética y criminología forense, identificando culpables o absolviendo inocentes con muestras diminutas.

Todo eso surgió del estudio del lodo en Yellowstone, con una inversión inicial de US$80.000. El retorno de esa inversión, en vidas salvadas e industria generada, es incalculable. Mullis obtuvo el Nobel por la técnica; Brock y Freeze recibieron el Golden Goose por descubrir el componente clave.

Los hermosos colores en el borde de la Gran Fuente Prismática en el Parque Nacional de Yellowstone.

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El siguiente ejemplo es, si cabe, todavía más fortuito.

A mediados de los 60, el biofísico Barnett Rosenberg y sus colegas Loretta Van Camp y Thomas Krigas llevaban a cabo un experimento para analizar cómo los campos eléctricos afectaban a bacterias E. coli.

¿El motivo? Rosenberg había notado que las células en división formaban un patrón similar al de limaduras de hierro rodeando un imán, esa imagen clásica de los textos de física.

Pero algo inesperado sucedió: las bacterias dejaron de dividirse y adoptaron formas elongadas y anómalas. El equipo atribuyó el cambio al campo eléctrico. Sin embargo, estaban equivocados.

En realidad, los electrodos de platino usados liberaban pequeñas cantidades de compuestos de ese metal, que inhibían la reproducción celular.

Esa observación, inicialmente pasada por alto, permitió desarrollar el cisplatino, uno de los fármacos quimioterapéuticos más significativos de la historia, aprobado en 1978.

Antes de él, la supervivencia al cáncer testicular, que afecta principalmente a jóvenes, rondaba el 10%. Tras su introducción, la cifra superó el 90%.

En 2025, los tres investigadores recibieron el Premio Ganso de Oro, de manera póstuma en caso de Rosenberg y Krigas.

No buscaban curar el cáncer, sino comprender fenómenos naturales. A menudo, eso resulta suficiente.

«No es momento para reducir la curiosidad, ni la investigación o la inversión en los científicos que plantean estas preguntas y desean explorar», concluye Joanne.

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Fuentes consultadas: Sitio web de The Golden Goose Awards y Radiolab Podcast episodio "Time is honey"

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