Sánchez prepara su cuarta misión a China mientras regresa el embajador a Teherán y continúa vacante la plaza en Tel Aviv

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, saluda a Xi Jinping, presidente de la República Popular China, en su último viaje a Pekín, en abril de 2025.

Pedro Sánchez realiza su cuarta visita oficial a China en un lapso de tres años, reforzando los lazos bilaterales y distanciándose de la táctica europea de alejamiento respecto a Pekín.

El Gobierno español ha reabierto su embajada en Teherán tras el delicado alto el fuego, apostando por el diálogo con Irán mientras mantiene suspendida su representación diplomática en Israel.

España ha endurecido su postura crítica hacia el Ejecutivo de Netanyahu, reconociendo a Palestina y promoviendo un embargo de armas a Israel, lo que ha generado tensiones a nivel diplomático.

Sánchez implementa una política exterior independiente, alineándose con los BRICS y posicionándose como un líder occidental en contra de la guerra, en contraposición con la postura de Estados Unidos y la OTAN.

Pedro Sánchez comienza este lunes su cuarta visita oficial a China en tan solo tres años, habiendo situado todas sus piezas diplomáticas y de política exterior en posiciones que complacen a Pekín.

Por una parte, se presentará en su encuentro con Xi Jinping como representante del bloque occidental en confrontación con Donald Trump.

Por otra, llegará a la capital del país asiático con su fuerte «compromiso por la paz» en Teherán, desde donde ha recibido felicitaciones en este periodo de guerra, tras reabrir la embajada apenas 24 horas después del frágil alto el fuego.

Finalmente, llevará la crisis diplomática con Israel, que ha sido su tema más trabajado en estos años, a un punto álgido.

Este viaje se ha convertido en una especie de ceremonia anual con el presidente chino. Cada visita añade peso geopolítico a una relación que se aleja del prudente «derisking» europeo y se acerca al universo de los BRICS.

Esta nueva estancia llega en un momento en que España corrige su autoexclusión del bando democrático occidental tras la tregua pactada entre Washington y Teherán, pero manteniendo una postura abierta de confrontación con la guerra impulsada por Trump y Benjamin Netanyahu.

Sánchez se presenta ante Xi como el jefe de Gobierno occidental que lidera el rechazo a la guerra y se distancia de las posiciones más duras de sus socios atlánticos.

Tres ejes

El primer eje de este viaje es la serie de encuentros con China. Desde 2023, Sánchez ha visitado Pekín anualmente: primero en pleno debate europeo sobre la reducción de riesgos con China. En noviembre de 2024, mientras la Unión Europea preparaba aranceles para los coches eléctricos chinos, Sánchez invitaba a las marcas asiáticas a establecer fábricas en España.

En 2025, con Trump retomando la Casa Blanca, y acusando a España el primer día de mandato de ser parte de los BRICS, el mensaje de continuidad frente a Xi quedó claro: España no sólo busca inversiones, sino que rompe con la disciplina tradicional de la OTAN.

El segundo eje está ligado a Irán. Tras los elogios de la República Islámica al presidente español por su acusación a Trump y Netanyahu de estar en «una guerra ilegal», la reapertura rápida de la embajada se presenta como un aporte a la paz.

José Manuel Albares ordenó este jueves el «regreso inmediato» del embajador, justificando que, «dada la nueva situación» y el breve periodo de tregua, España debe estar presente «en todos los frentes posibles».

El tercer eje se refiere a Israel. Mientras se fortalece la comunicación con Teherán, Madrid retiró recientemente de forma definitiva a su embajadora en Tel Aviv, Ana Sálomon.

La relación con el Gobierno de Netanyahu permanece congelada al nivel de encargados de negocios, acompañada por un aumento de reproches públicos tanto en redes sociales como en declaraciones oficiales.

Uno, dos, tres, cuatro

La serie de cuatro viajes a China explica en gran medida este giro. El primero, en 2023, tuvo lugar cuando la Comisión Europea y varias capitales defendían la estrategia de derisking ante China, una versión comunitaria del ‘decoupling’ que promovía Joe Biden.

Sánchez optó por mostrarse disponible para Xi justo en el momento de máxima tensión entre Bruselas y Pekín. De hecho, la noticia se conoció durante un Consejo Europeo, y provocó malestar en Bruselas.

En la segunda visita, solo año y medio después, nadie sabía que Moncloa había decidido definitivamente «diversificar» sus focos estratégicos. Ningún presidente español había mirado a Pekín con tanta determinación, lo que sorprendió también a la UE.

En ese momento, la UE reaccionaba al colapso de su industria automovilística, afectada por las regulaciones medioambientales y el retraso en tecnologías híbridas y eléctricas frente a Pekín.

Sánchez rompió el consenso europeo sobre sancionar la ayuda estatal china y le propuso a Xi un «acuerdo beneficioso para ambos»: fábricas en España, empleo para los españoles y la marca «made in Europe» para los productos chinos, esquivando así los aranceles.

La tercera visita, en 2025, se produjo con Trump ya de regreso en la Casa Blanca. El republicano acusó a Sánchez el primer día de actuar como un miembro de los BRICS, vinculándolo a su resistencia a aumentar el gasto en Defensa.

Trump enfadado, los ayatolás no

En 2026, el cuarto viaje se realiza con la crisis en Oriente Próximo como argumento frente a un presidente estadounidense que busca presionar a Xi, luego de haberle cortado el petróleo venezolano y ahora el iraní. El mensaje de «no a la guerra» sirve como un catalizador interno y coincide con el discurso habitual del presidente chino, aunque no con su política de rearme.

Además, Sánchez ha provocado una respuesta desde Washington: Trump ha intensificado su retórica.

Estudia sancionar a los aliados de la OTAN que considera «poco colaborativos» en la guerra contra Irán, incluyendo a España, y ha planteado la posibilidad de retirar sus tropas de bases como Rota y Morón.

Mientras tanto, el debilitado Gobierno iraní ha convertido a Sánchez en el líder occidental más elogiado desde el inicio del conflicto, con el asesinato del ayatolá Alí Jamenei el 28 de febrero.

En Teherán resaltan su negativa a respaldar ataques aéreos, su rechazo a que Trump utilice bases españolas o espacio aéreo soberano, traduciéndose estos gestos en comunicados y declaraciones que lo presentan como un líder «valiente» frente a Washington.

La reapertura rápida de la Embajada española en Teherán ha reforzado ese reconocimiento oficial. Las autoridades iraníes la muestran como prueba de que el «no a la guerra» genera efectos concretos.

Y de que existen gobiernos europeos dispuestos a restaurar canales políticos y económicos con Irán en el momento en que surge una oportunidad para la tregua.

Sánchez capitaliza esta coyuntura política, posicionándose como «coherente» con sus posturas ya definidas sobre Ucrania y Gaza.

Esto implica que España se opone a los excesos bélicos de sus aliados, defiende el Derecho Internacional humanitario frente a socios históricos y se acerca a la narrativa de aquellos países que cuestionan el orden global vigente.

Albares ya había defendido en foros internacionales la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, en línea con demandas de Brasil, India y Sudáfrica, y la diplomacia española ha insinuado su apoyo a la incorporación de potencias emergentes en la gobernanza global.

Conflicto con Netanyahu

Simultáneamente, la relación con Israel ha sufrido una degradación progresiva desde el ataque masivo de Hamás el 7 de octubre de 2023.

España ha reconocido a Palestina, impuesto un embargo de armas a Israel y endurecido su discurso sobre Gaza, alineándolo con la ofensiva en el sur del Líbano.

La embajadora israelí fue llamada a consultas, luego retirada, y más tarde Moncloa destituyó a su propia embajadora en Tel Aviv, dejando la representación al cargo de encargados de negocios.

El intercambio de mensajes se ha trasladado a las redes. Sánchez ha utilizado X para denunciar la «impunidad» de ataques israelíes y exigir que la paz abarque también a Líbano, mientras pedía a la UE suspender el acuerdo de cooperación con Israel por violar resoluciones de la ONU y atacar a la población civil.

Netanyahu y su entorno han respondido calificando a España como un socio «hostil» que ha superado los límites de la crítica legítima.

El ministro de Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, ha elevado el tono en semanas recientes. Ha acusado a Sánchez de «tomar partido» contra Israel, «incitar al odio» y alinearse con Irán, «de la mano» de un régimen que continúa ejecutando a manifestantes opositores.

La reapertura de la embajada fue calificada por él como una «vergüenza eterna» para España.

La crisis también llegó al terreno operativo: el Ejército israelí detuvo durante una hora a un casco azul español de la FINUL en un convoy en el sur del Líbano. Exteriores respondió convocando a la encargada de negocios israelí en Madrid para presentar una protesta formal.

Mientras tanto, los 650 militares españoles desplegados en la misión pasan gran parte del tiempo refugiados en búnkeres debido a la intensidad de los bombardeos.

Ante este contexto, Albares insiste en que España mantiene una política exterior «autónoma y con voz propia».

Y así es en efecto. El acercamiento constante a China responde a esa misma lógica: no seguir de manera automática la línea marcada por Washington o Bruselas.

Sánchez llega a Pekín con un relato incómodo para la OTAN y la UE, pero que concuerda con los intereses de Xi: un país miembro de la OTAN que ejerce disidencia frente a la disciplina atlántica, que confronta abiertamente a Trump, desafía a Netanyahu y busca nuevos equilibrios globales.

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